(viene de la edición anterior)
-¿Qué hacen acá? -nos recibió con cara de pocos amigos tía Etelia.
-¿Y vos? -Nunca supe si se dirigió a papá o a tío Horacio que desapareció vaya a saber a dónde. Nos quedamos con papá y los primos Juan Carlitos, que luego habría sido jefe de la SIDE, me habían dicho en el velorio de mamá y Claudio tendría un sex shop. Aunque cuando vi la peli “Querido maestro” siempre lo imaginé así al que solo quería entrar en el club de deportes y la única manera era aprender a tocar ese instrumento. Y que habría muerto en la guerra de Vietnam. O pasado a la clandestinidad como grupo de tareas. Porque en la peli “Garage Olimpo” aparecían junto a uno muy similar al July y como supuse serían los primos que hacía añares no volví a ver. Desde la marcha a Ezeiza a esperar la llegada de Perón.
Fueron horas donde solo papá hablaba algo, de los “infiltrados” en el movimiento. Frente a la tele donde no había una sola mención a la masacre.

Que pude recomponer, luego, con “La novela de Perón” del autor de “Santa Evita”. Y “No habrá más penas ni olvido”, la novela de Osvaldo Soriano y la peli. Jamás encontré el libro de Verbitski sobre el tema.
Mostraban cómo Perón había ido a otro lado. Y absolutamente nada de los muertos que caían como moscas de los árboles frente a los balazos del mismo palco. Sólo esa imagen de la Historia de Felipe Pigna hecha por alumnos del Carlos Pellegrini, cuando agarran de los pelos a un joven desde el mismo palco.
Recordé las palabras de las compañeras del FAS, que impulsaban la candidatura de Agustín Tosco. Yo estaba callada. Solamente puteaba interiormente por esa ratonera, fríamente planificada.
Yo que entonces no sabía si militar con la Juventud Peronista o la izquierda, esa larga noche del regreso me decidí.
Habíamos ido en un auto que llamara Etelia, porque me parece que no lo vi a tío Juan Carlos en ningún momento. Nos dejó cuando en las sombras asomaban cada vez más grupos pidiendo los llevara.
-Es mi vehículo de trabajo, entiende, jefe. Lloviznaba pertinazmente. El cielo está llorando, sentía. Las mujeres con muchos pibes, los nenes llorosos envueltos en las banderas argentinas mojadas.
-¿Dónde está mi colectivo? Somos de…Un pueblo perdido de Formosa o Catamarca…
-Siga la avenida, al final estarán los colectivos esperándolos. O sino, vaya al tren, que hay pasaje gratis, porque así viajé yo- les explicaba.
Papá apuraba. Vamos hija…Le preocupaba su auto. Que estaba en el mismo lugar. No sabíamos nada de Rodrigo que seguro había ido con los pibes de la UES. Porque habían cortado el teléfono de ENTEL de la casa de los tíos.
Nos encontramos con la abuela internada en estado de coma. Todos sus hijos estaban en Concordia. Hasta la atroz amenaza de tío Horacio, segundo jefe de gendarmería entonces, luego destinado a Córdoba, de donde llegaron las salvajadas de la Penitenciaría. Dejaron morir en un cepo a un joven médico o estudiante de medicina. Para escarmiento. A la vista de todos los presos y presas políticas.
-Ustedes dicen cinco por uno…Te aseguro, sobrina, que cinco por uno, diez por uno, cien por uno, mil por uno. DE USTEDES, NO VA A QUEDAR NINGUNO.
Se cumplió nomás. Miremos el estado miserable de la salud y educación pública… Del 25% del presupuesto que solo tuvimos en la época de Illía al misérrimo actual… Los salarios docentes dan lástima, los horarios extenuantes de los médicos y enfermeros, con guardias infames porque se congeló la planta de personal. Y los gremialistas sólo marchas y cortes por éste o aquel sectorcito. Para ver quién la tiene más larga, nomás. Nunca pudieron estudiar lo que decían los anarquistas del siglo XIX, que únicamente la huelga general, de todos los trabajadores, era realmente efectiva; las demás, parciales, eran al dope.
No quería contar que había estado con la compañera de Víctor porque sólo ella faltaba. Ya habían detenido a Alejandro Susbielles y su novia, los compañeros de nuestro grupito de estudio. Ella pudo decirme, luego, en Devoto que me había cantado. No le creí, entonces, a la psiquiatra que me dijera, luego, “Todos cantaron. O se murieron. Era muy simple, entonces”
Cambié los días. El cana federal del interrogatorio mira el almanaque que estaba atrás. Saca la cuenta mentalmente y dice:
-Sobran cinco días.
Y a un agente le indica:
“Llévenla”.
Del calabozo mugriento recuerdo sólo el frío. Estaba con minifalda roja, las medias tres cuartos que no abrigaban.
-¿Con qué me puedo tapar? – pregunté al cana.
-Aquí hay una alfombra.
Con la grela de una alfombra amarilla oscura de mugre, con unas manchas más negras. Vómitos, pensé con asco. Cerraron la puerta y no se veía nada. Al rato me envolví con la alfombra. Sabía que era sólo cosa de esperar. No hubo otro interrogatorio. Los canas cambiaban de turno, de guardia y mis nervios eran un teléfono. Al menor ruido saltaba. Uno de los canas me dijo: “Vos tenés que hacer como los otros que cantaron hasta el apellido, ella no paraba de hablar”. Una y mil veces me daba bronca lo de las fechas. ¿Cómo podía haber sido tan gil? ¿Y si hubiera sólo mirado el almanaque?
Un día, cuando ya había pasado una semana de mi detención me llaman. “Tiene visita”. Voy y están mis tres hermanos.
-Nadie sabía dónde estabas. No aparecías por ningún lado-
-¿Cómo estás?
Recuerdo el abrazo de Luis Horacio y la tristeza de Rodrigo. Ricardo me miraba serio.
-A mí me avisó un amigo tuyo del barrio. Pero aquí me dijeron que vos no estabas, en ningún lugar estabas.
-¿Cómo está mamá? ¿Y papá? ¿La Tehia, que es el cumpleaños? ¿Pablito?
-Terminó la visita- dice el tipo que estuvo parado a unos dos metros todo el tiempo.
Esa noche, muy tarde, me llevan. Me sacan del calabozo oscuro. Abren la puerta. Unos tipos me ponen de espalda, me atan algo demasiado fuerte en los ojos y me dan vueltas y vueltas. Siento el aire frío. Me llevan a un lugar grande. Uno con algo como una bocina empieza:
-Vamos directamente. ¿Dónde está…? -Preguntaban por la novia del compañero chileno cuyo nombre aún no puedo recordar.
-No sé.
-Otra vez por las buenas. ¿Dónde está?
-No sé.
-¡Sáquenle la ropa!
Cuando me empiezan a desnudar me siento como en el intento de violación. ¿Fue eso o mi propia flojera, que no iba a bancarme no decir nada de los demás? Hasta ahora me pregunto todos los porqués y la traición que me venció internamente.
-Sí, le voy a decir. Está en…
Después me preguntaron por otros nombres. Sabían los del grupo de la Universidad. Porque me preguntaron por ellos. No dije más. Pero traicioné a mi mejor amiga. La compañera de un compañero asesinado. Ahí me vencí.
Después pensé que si hubieran seguido habrían caído los compañeros de Viedma y Patagones donde había ido a visitar con don Caveri a Darío. Vivían con la Flaca y Carola en una piecita chiquita que era un triangulito mini donde solo entraba la cama. Akí tendrán trabajo, nos aseguró Darío. Don Caveri. Y si traés el analítico de la Universidad, seguro que podés trabajar como docente en alguna escuela de campo. Y me pasó su libreta universitaria para que pidiera su analítico, también. Y que no sé, cómo se la pude pasar al pibe vecino de la casa 17 cuando lo buscaron de testigo de mi detención y a quién le repetí a los gritos, varias veces, la dirección de mi hermano Ricardo para que le avisaran de mi detención y el N° de teléfono de papá y mamá. Mientras el cana aseguraba que ellos informarían, como corresponde, a los familiares. Una semana entera nadie supo nada dónde estaba. Hasta que tía Etelia consiguió el teléfono de un siniestro primo de la SIDE que fueron a ver mis hermanos y así fueron a verme esos minutitos del día que luego me llevaron a torturarme.

Quedó el viejito allí. Darío lo había encontrado borracho perdido tirado en las calles. Se había separado y quedó en banda. La familia era dueña de la librería donde compraba mis libros de la Universidad. Me pareció reconocer a la sra. en la librería “Libros Pampa”, de Santa Rosa, cuando estaba un hijo psiquiatra que había ido a Israel y me recordara a mi hermano Rodrigo en esa ensalada de la bruma de la desmemoria donde todo es confuso. Porque esa señora era de esas librerías de antes, que me explicó por qué los libros de Mario Benedetti no se podían conseguir, solo algunos, porque las grandes cadenas compraron toda la producción y editaban solo las obras que quisieran en una sutil censura.
Prendemos la radio y hace nuevamente ese zumbido infernal que no deja escuchar nada, se capta y muy bien, la radio local. Ni siquiera la de las ciudades cercanas.
-Otra vez los siervos- dice Julio.
-A ver un mensaje- digo con voz de locutora y me acerco a la radio y le hablo más fuerte: “ Controlen la evasión fiscal del pueblo. No puede ser que ningún comerciante entregue las boletas como corresponde. Se enriquecen a expensas de los consumidores, es decir nosotros.”
-Dejate de hacer líos. Yo quiero vivir en paz, no que me miren con odio.
-July, vos sabés que todos laburan en negro. ¿Qué hacen los funcionarios, los concejales?
-Vivir y dejar vivir. A mi, lo que me jode son estos siervos que no me dejan escuchar los noticieros.-Mueve la radio para un lado, para otro- Aquí está la interferencia, a esta altura.
-¿Te acordás cómo nos dimos cuenta? Cuando esa amiguita de Guada trajo una radio a pilas y de acuerdo al lugar donde la ponía hacía más o menos ruido.
-Yo creo que la antena está en la capillita de Don Bosco. Por eso el cura la puso frente a casa.
-Doña Celia Centelles que le lavó la ropa mucho tiempo, me dijo que no sólo era capellán de la Policía federal sino de los servicios de inteligencia del Estado.
-¿Qué querés que te diga? Que Dios lo acompañe, lo único que me da bronca es que no me dejen escuchar las noticias.- Y mueve la radio para ubicarla donde menos zumba.
Las compañeras
Este infernal dolor de muelas me recuerda a las compañeras. En mis tiempos de estudiante, cuando hablaban de proletarización, no lo entendía. Era una intelectual hecha y derecha, sumamente versada en un materialismo histórico. Julio diría que sigo siendo una intelectual. Es posible porque recuerdo lo que definía la conciencia de clase:
*Origen de clase
*Ubicación en el proceso de producción
*Conciencia de clase
Entiendo el tema de la proletarización, ahora cuando estoy en un medio lejos de las posibilidades de atención sanitaria. Tendría que irme a dedo, bajo el sol de la siesta, con las nenas, al dentista. Que me dé la receta del antibiótico. Y luego, con el dolor, la boca inflamada, volver a hacer largas horas de dedo.
Yo puedo luchar por los salarios de hambre de los docentes, porque mi sueldo no alcanza para paliar el hambre. Pero nunca voy a tener la conciencia del que fue engendrado con hambre, con hambre nació y con hambre se crió. Y tiene tantas horas de trabajo para sólo volver, comer y dormir. No le alcanza el tiempo para escribir. Y es probable que tampoco quiera hacer otra cosa que ver televisión para distraerse y olvidar una vida de mierda.
El gobierno está proletarizando la clase media cada vez más. Pero tenemos pretensiones de status, hemos vivido otra vida.
Recuerdo cómo admiraba a esos compañeros que dejaron su carrera y su vida cómoda de estudiante para ir a trabajar a una fábrica. Pelando pescado, por ejemplo, como me había contado Carmen Ortiz, Carmona, compañera de Historia algo después que yo, con quien estudiamos juntas alguna materia. Se proletarizó cuando formó pareja con su compañero, desaparecido luego, que tenía el aire de un duende, Pajarito Borobia, de Viedma, tal vez su apodo fuera por su parecido a Pajarito Zaguri, el músico rockero. Y fueron a vivir a un barrio feo, pobre. Antes de terminar presa política al igual que otras dos hermanas, Liliana y Graciela, añares presas. Únicamente quedó libre otra, que pudo exiliarse en Francia.
A las compañeras las recuerdo en la cárcel de Olmos. Llegué sancionada a un calabozo mugriento donde tenía que gritar mucho para que me dieran agua. Ese calabozo sucio, lleno de bichos, cucarachas, insectos varios. Ahí empezó a picarme el cuerpo. Varios meses luego con una picazón que me la trataron como alergia de tipo nerviosa. Recuerdo que mamá me llevaba talco de no sé qué para calmar esa insoportable urticaria. Hasta que luego, en Devoto, unos meses después, el médico, que no tuvimos en Olmos, me dijo: “Eso es sarnilla”. Al momento entendí: vulgar sarna. “Póngase esta pomada”. Era Detebencil que entonces no sabía que era DDT. Dos días bañada con esa pomada de olor imbancable.
-No se bañe ni se cambie la ropa interior.
A la semana, otra vez, y desapareció todo. Por completo.
En Olmos conocí a las compañeras. Como decía la canción que cantábamos:
“La muchacha de mirada clara, cabellos cortos, la que salió en los diarios. LA QUE NO DIJO NADA. No sé su nombre,
no sé su nombre.
Pero te nombro
“compañera”.
Pero te digo
“mujer entera”.
Eran las de mirada clara, transparente, firme, pero con mucho amor. No recuerdo ni sus nombres porque cuando me estaba enloqueciendo, cuando tomé conciencia que me iba, que ya no era dueña de mí, poco antes de la amnesia, recuerdo haberme pedido a mí misma: no recordar absolutamente un solo nombre. Sólo el de la viejecita de tantos años, que ni siquiera ahora recuerdo. Sí, María Margarita Fernández Otero de Pera Martínez, viuda de un senador conservador. Ese fue el único nombre que quise no olvidar. Porque su sola presencia en la cárcel era una injusticia absoluta. La habían detenido para que dijera dónde estaba su hijo. No lo dijo. “Vas a estar presa hasta que te mueras, vieja bruja”, la habían amenazado. Estando presa mataron a su hijo. Era viuda y nunca tenía visitas. No tenía parientes. Era como si fuera una madrecita para nosotras. Era una anciana aristocrática por esencia. Pero con qué amor hacia las compañeras.
-Porque me recuerdan a mi hijo- comentaba. Era “Cachita”, la Mamirula de todas las presas políticas.
Una uruguaya me decía: “la que menos sabe, menos canta”. Era un código interno, una nunca sabía las causas de la detención. Pero conocía el compañerismo, la solidaridad, la alegría. Las compañeras eran fuertes y por eso alegres. Porque estaban en paz con sus conciencias.
En Olmos estábamos las de la provincia de Buenos Aires y las uruguayas. Cuando recién llegué le conté a una compañera que en Villa Floresta me habían dado como castigo el trabajo más pesado: ayudante de cocina, a lavar platos y cacerolas, pelar bolsas de papas, lavar inmensos atados de acelga llenos de gusanos.
-Nosotras queremos cocinar lo que comemos. Y fue una conquista que nos dejen lavar lo que ensuciamos. No queremos tener sirvientes. El trabajo dignifica. Ennoblece lavar todo lo que uno ensucia me enseñó La Senti, una compañera yoruba.
Nos habíamos dividido por “fajinas” para limpiar lo común: los pasillos, los platos y cacerolas, preparar desayuno y merienda. En Olmos los familiares podían traer alimentos porque había compañeras de muy lejos. Recuerdo una familia entera tucumana: madre, hijas, abuela. También unas paraguayas que organizaron un curso de guaraní al que fui, por abuela correntina que hablaba el guaraní, como papá que lo entiende.
Todo lo que traían las visitas iba a un pozo común que luego se repartía equitativamente a todas, sin excepción.
Yo venía de Villa Floresta, Bahía Blanca, donde estaban las presas ricas con mucha comida y las pobres (como en mi caso, con los padres en Buenos Aires, lejos).

Nosotras, las pobres, comunes y políticas, nos uníamos con el mate amargo, pelar los huesos de la comida del día anterior y comer el pan que nos daba el penal. Ni mirábamos las galletitas, dulces, tortas de las presas ricas porque había un grupo de comunes ricas y otro de políticas ricas. “Nosotras somos las presas políticas”, decían las compañeras del Partido Comunista- Ustedes son “las subversivas”. Y las inmensas bolsas de comida rica, seguro colecta solidaria, era solamente para ellas, recuerdo rencorosa aún. Era porque la dictadura de Videla había llegado a un acuerdo comercial con la URSS para la venta de trigo. Y el PC consideraba que era mejor Videla que Pinochet. Como el PCR que había apoyado a Isabelita y López Rega, razón por la cual no hubo casi presas políticas del partido Comunista Revolucionario, maoísta. La mayoría fuimos siempre las “primas”, relacionadas con Montoneros o el PRT-ERP, en cantidades parejas.
En Villa Floresta, Bahía, nos uníamos en común presas políticas comunes y pobres. Entonces comprendí por qué los presos comunes en los motines gritaban:
Políticos, sociales,
todos somos iguales.
(continuará)

Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.










