Hace más de cincuenta años el maestro Jerzy Grotowski advirtió sobre el peligro en el uso de los “efectos especiales” en el teatro; lo que hoy llamaríamos tecnología. Huelga decir que con medio siglo de por medio, es necesario rever las condiciones materiales en que el teatro se realiza en nuestros días y la validez y alcance de las afirmaciones del teatrista polaco. Porque ningún teatro actual, incluso independiente, carece de un equipo de luces led, consola con memoria, retroproyector, etc. Atrás han quedado los tiempos en que hacíamos tachos con focos dentro de latas vacías de leche Nido. También la tecnología del sonido ha evolucionado hasta volver obsoletos los incómodos y artificiosos micrófonos que se llevaban pegados en la cara.
Es necesario admitir la incorporación innegable y a pleno título de la tecnología en el mundo del teatro, de un modo no peyorativo sino como producto de una evolución natural que compete no sólo al teatro, sino a todos los ámbitos de la vida cotidiana.
La cuestión se problematiza cuando se tiene la neta sensación de que no es la tecnología la que se ha incorporado como elemento de apoyo al arte teatral, sino que algo de teatro ha sido injertado en el innumerable aparato tecnológico.

Se podrá objetar: lo teatral es teatral sin más, y no un agregado, y la tecnología de por sí no puede reemplazarlo, ya que la tecnología por sí sola no puede hacer un espectáculo. En la época actual la tecnología puede perfectamente hacer un espectáculo: basta ir al cine o mirar televisión, con la conciencia de que los personajes pueden ser digitales, o pueden haber sido modificados digitalmente hasta lograr la perfección y los efectos deseados por el director. Claro, se argumentará entonces que el teatro es otra cosa, y que en el recinto sagrado vemos personas de carne y hueso (los actores) frente a otras personas de carne y hueso (los espectadores) (en el fondo, los únicos elementos indispensables para que se verifique el hecho teatral, siempre recordando a Grotowski). Sucede que en los últimos tiempos lo que estamos viendo en el recinto sagrado (teatro) es verdaderamente otra cosa, que si bien podría definirse teatro por el lugar en que se hace, porque utiliza actores, escenografías, etc., y tiene un público de cuerpo presente, muy poco tiene que ver con el teatro. No me refiero a lo performático, que necesita otro capítulo aparte, y que es una manifestación, a veces de índole teatral, propia de la posmodernidad. Me refiero a pretendidas obras de teatro en un escenario donde bastaría un mínimo desperfecto eléctrico para impedir todo el espectáculo, o al menos para desnudar su verdadera esencia: la tecnología. No hablo de hacer teatro a la luz de las velas -aunque no estaría nada mal probarlo, para verificar el arte actoral (como hay que probar al menos una vez leer los cuentos de Edgar Allan Poe a la luz de una vela o de un farol de kerosén)-, sino los numerosísimos, cada vez más numerosos casos, en que los recursos tecnológicos han barrido de modo tan absoluto toda teatralidad, que sin ellos los actores se quedarían inmovilizados en poses desarticuladas como marionetas sin marionetista.
¿Se trata de un nuevo tipo de teatro o de un agónico recurso, celada o abiertamente inspirado en la televisión, que aprovecha la presencia en carne y hueso de actores y espectadores en un aquí y un ahora para llevar al paroxismo de la histeria los manidos trucos que provocarán risa o estupor? No se ven, en estos espectáculos, técnicas de actuación, construcción de personajes, manejo de la dicción, dominio del espacio escénico, creación de atmósferas mediante el trabajo corporal y vocal. Sí se ven toda suerte de artilugios, telones semitransparentes sobre los que se proyecta multiplicidad de imágenes o leyendas, artefactos kafkianos de impenetrable significado, el plagio de los peores gags televisivos, la exageración e histrionismo inútiles, y la búsqueda imparable del gesto o la frase que haga reír. Un patético conjunto de mal gusto y banalidad que sólo puede gustar, entretener y provocar hilaridad a quien ha construido su cultura frente a los shows de la pantalla televisiva.
Actualmente el teatro está siendo atacado por muchos flancos, pero uno de los peores ataques lo sufre desde dentro de sí mismo: dramaturgos, directores y actores que sienten la urgente necesidad de atraer la atención a toda costa, y para ello no reparan en recurrir a cualquier medio, por espurio que sea, en pos de una originalidad que los lleva irremediablemente al campo minado de lo televisivo. Diera la neta, inequívoca impresión, de que estos hijos bastardos del mundo teatral no conocieran otra fuente de inspiración ni poseyeran otras herramientas que lo salido de la pantalla televisiva. Claramente no todos son inconscientes de esto: premios, subsidios, giras, asistencias técnicas y muchos otros vellocinos de oro se encuentran esperando al final de este camino. Con lo cual la ecuación se sintetiza admirablemente y da un resultado indiscutible: teatro=dinero. He aquí una rápida y satisfactoria explicación al fenómeno.
Pero no se trata del único ataque que sufre el teatro. Desde afuera, considerando en cierto modo un “afuera” la enseñanza universitaria del teatro, se sigue propagando y favoreciendo la introducción de esa oleada de dimensiones apocalípticas que consiste en reflexiones filosóficas sobre el teatro. Naturalmente el arte ha sido y es motivo de reflexión para la Filosofía, porque el arte conduce inevitablemente a la reflexión. Lo que sorprende es que el teatro, la actuación, el oficio de actuar, se hayan convertido en insoslayable objeto de tan abundantes y bizantinas reflexiones filosóficas. ¿Debería el teatro sentirse honrado por haber sido elevado al podio de tema de la Filosofía, o debería levantar una mano firme y decir: “cuidado, la reflexión debe suceder a la acción, y no al contrario”.
Personalmente considero esta reproducción monstruosa de pensamiento filosófico –o muchas veces pretendidamente filosófico- sobre el teatro, una excrecencia nociva que tiende a inmovilizar, aplastar y asfixiar el trabajo del actor sobre sí mismo como entrenamiento e investigación corporal. Porque si bien la reflexión filosófica enaltece y honra al teatro, la acumulación de disquisiciones sobre el arte teatral amenazan con devorar el tiempo y el espacio del actor para trabajar en un arte que desde el principio de la civilización humana es práctico. Si “la lechuza de Minerva alza el vuelo al anochecer”, como símbolo acuñado por Hegel para hablar de la necesidad de que la reflexión siga a la acción, en el caso de la enseñanza universitaria del teatro estamos asistiendo al raro fenómeno de que esta lechuza sufre de insomnio diurno, o tal vez fue reemplazada por un gorrión. Con qué ojos contemplará la hija predilecta de Zeus a este pájaro que se permite aletear sobre un diluvio de palabras que encadenan el cuerpo de los aspirantes a actores a la inmovilidad filosófica –en el mejor de los casos- o a la inútil disquisición vacua en el peor.
En italiano hay una expresión óptima para referirse a la tarea inútil expresada con palabras: “treparse a los espejos”. El goce de un reflejo vano e instantáneo que sin embargo no detiene la imparable caída en el vacío.
Si combinamos estos dos ataques virulentos al teatro: la excesiva tecnologización en desmedro de la actuación, y la filosofía pre-acción sobre el arte de actuar, nos vamos a encontrar con un híbrido muy peculiar que sin embargo recorre los escenarios muy suelto de cuerpo: el actor que se leyó todos estos manuales bizantinos sobre el sentido del teatro, y que en el escenario actúa del mismo modo en que lo habría hecho un amateur del siglo XIX, aunque sin duda con menor convicción y pasión, y con mucho más de televisivo.
¿El remedio, o al menos la terapia para estos males? Vivir como un artista. Y esto significa: amar el teatro por sobre todas las cosas, aunque sea necesario hacerlo en el tiempo que deja otro trabajo, uno con el cual se gana un sueldo, porque el teatro no puede hacerse pensando en el dinero que va a producir. Y después, cansado el cuerpo, leer alguno de los miles de estudios sobre la filosofía de la actuación.
![]()
Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












