Temblor de manos. Palpitaciones. Sudor. Dolor de cabeza. Agitación.
Algunos de estos signos y otros más de índole anímica se ponen en juego -a veces con manifestaciones extremas- en un músico en situación de stress. Ya sea en una clase, en una presentación en público o en un concurso, músicos de todas las edades hemos pasado alguna vez por la experiencia de la ansiedad, que incluso llega al pánico escénico.
Aún así esta situación, inherente a nuestra profesión, corona el esfuerzo personal y la profundización en todos los aspectos que la ejecución musical requiere en el acto comunicativo de ser escuchado por un tercero (maestro, público o jurado) que de algún modo siempre, sea para enseñarnos, para disfrutar, o para juzgar, nos brinda una retroalimentación que enriquece nuestro quehacer.
En otro posteo he hablado sobre la pérdida de la situación de concierto en este contexto de pandemia. Hoy quisiera centrarme en los concursos, que en este año también sufrieron la imposibilidad del encuentro y el cotejo, que tantas huellas dejan en quienes desean jugar en ese campo.
En la música académica la participación en un concurso requiere una preparación enorme. No sólo física, sino también psíquica, al estilo de lo que sucede en el ámbito del deporte profesional. Y la preparación no es sólo de quien se presenta al concurso, sino también del maestro o tutor que acompaña al concursante. Desde la elección de las obras a presentar, pasando por los “fogueos” -presentaciones previas que colaboran con asegurar la solvencia en el escenario y paliar los síntomas de stress que mencionamos al principio- hasta los últimos detalles de la vestimenta, son tenidos en cuenta.
En este tiempo me llamó poderosamente la atención el concurso de piano que llevó adelante Euplayy. Se trató de un emprendimiento independiente gestionado por un pianista mendocino, Fernando Viani, radicado hace años ya en Europa. Este año, ante la desaparición de los concursos Jugend Musiziert (Jóvenes Talentos, enorme competencia en Alemania que tiene su parangón en otros países centro-europeos), un grupo de docentes y artistas se echaron al hombro la creación de un concurso europeo virtual de alcances notables.
Emulando lo que proponen estos tradicionales concursos de jóvenes talentos, Euplayy propuso un concurso de piano en tres categorías: niños desde 3 a 7 años, 7 a 11, y 11 a 18, diferenciado en cada caso el tipo de obras que pueden abordarse según las edades. El resultado fue una amplia convocatoria en donde participaron más de 15 países y 200 jóvenes pianistas. Como la idea era generar una motivación en este año singular, se otorgaron muchos primeros y segundo premios, saludando de ese modo la participación y propiciando el entusiasmo para seguir estudiando.
La generación de este concurso necesitó de un plantel enorme: directores artísticos, encargados de crear las plataformas, comité de honor, jurados, patrocinadores (una de ella fue la gran pianista argentina Martha Argerich), secretarios encargados de las inscripciones, personal para la difusión en seis idiomas, comunicadores ocupados en la socialmedia, la correspondencia, y las finanzas. Algunos resultados maravillosos están disponibles en la página www.euplayy.com, donde están los ganadores por categorías y orden alfabético.
A su vez, el concurso generó más sinergia: surgieron convenios con fabricantes de pianos, proyectos de conciertos y clases que conectan a los participantes y la posibilidad de un registro en CD que plasmará estos resultados. Incluso el novedoso Primer Concurso Latinoamericano de Piano “América para todos”, que está en este momento teniendo lugar, y que convoca a pianistas de toda Latinoamérica y el Caribe, seguramente se nutrió de esta iniciativa. Cabe acotar que integra el jurado de “América para todos” la notable pianista y pedagoga Dora de Marinis, actualmente radicada en Buenos Aires, y que jóvenes pianistas de Mendoza postularon para participar.
Si bien los concursos a veces desdibujan el placer por el recorrido y por el trabajo musical que nos queda, son grandes motivadores para el crecimiento personal, y casi siempre, paso necesario para el ingreso en ámbitos laborales. Este formato virtual permitió algo interesante: dio posibilidad a quienes no pueden viajar. La virtualidad conecta a más personas porque transciende fronteras. Es posible que de ahora en más muchos concursos incorporen definitivamente la modalidad virtual al menos para sus etapas iniciales, dejando la presencialidad sólo para los finalistas.
Solamente en vivo se puede apreciar la proyección de sonido, la variedad y riqueza de matices y articulaciones, la diferencia al abordar diferentes estilos, y la atmósfera única, plena de armónicos, que crea el pedal del piano. Para quienes amamos este instrumento, y nos hemos sometido en oportunidades al stress de una presentación, la gratificación siempre tiene un peso mayor en la balanza: adrenalina, alegría, sentimiento de realización y contacto pleno con las posibilidades del propio cuerpo.
Gabriela Guembe
Se formó en la Universidad Nacional de Cuyo, en las especialidades Piano, Teorías Musicales y Violoncello. Es Magister en Arte Latinoamericano. Integra la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo, y es docente en la Facultad de Artes y Diseño. Actualmente se desempeña como Directora de Carreras Musicales en dicha unidad académica. Especializada en estilos preclásicos, dirige el conjunto Violetta Club, y ha formado parte de diversos proyectos que la han llevado a actuar en Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, México, Estados Unidos, España, Eslovenia y Checoslovaquia. Música versátil, participa en ensambles musicales dedicados a variados géneros, y ha grabado como sesionista junto a importantes músicos de Mendoza. Es también investigadora y sus escritos se han publicado en revistas de Argentina, México y Cuba.


