Una niña llorando al lado de su precaria vivienda arrasada por las topadoras: es el inicio de la campaña del oficialismo porteño, que “pone ejemplaridad” para complacer a la moralina habitual de cierta clase media. Los pobres son vagos y toman espacios que no les corresponden, es la idea. Atropellarlos, humillarlos, llevar a las lágrimas y la desesperación su situación de vulnerabilidad, es espectáculo de goce para algunas mentalidades enloquecidas desde la agresión de la tv. Todo lo que vaya contra esas gentes, contra lo que llaman “los negros”, será bienvenido.
Poco importa que un solo negociado del poder –digamos los peajes, el Correo o los parques eólicos del macrismo- implique por sí mismo cantidades que multiplican lo que miles y miles de personas pobres reciben del Estado en un año, o en diez. La corrupción empresarial es invisible a los ojos de ese sector de clase media. Y cada golpe a los “negros” es una caricia a su sensibilidad encallecida.
Total, ¿qué puede ocurrirle al poder que Rodríguez Larreta tiene en la Capital nacional? (Larreta, ese político surgido al calor de Mauricio Macri, y hoy con roces secundarios mutuos). Juntos por el Cambio –con sus diferentes denominaciones- domina la Capital de manera omnímoda: con el Ejecutivo y mayoría propia en la Legislatura hace lo que se le ocurre, dado que además cuenta con la gran mayoría de los medios gráficos y electrónicos a su favor.
Le faltaba el Poder judicial. Y allí acaban de oficiar una especie de alzamiento institucional tan incalificable como ajeno a lo legal: según “decisión” tomada por la Legislatura porteña, ahora el Poder Judicial porteño puede revisar sentencias propias del poder judicial nacional, y por fuera y encima de casi cualquier nivel de los estrados nacionales. Es decir: según una supuesta ley que obviamente no está dentro de las atribuciones de la Legislatura, ahora los jueces del macrismo podrán decidir sobre lo que les parezca, “revisando” lo que los jueces hayan decidido en fueros de nivel superior.
Lo insólito de la situación es que se ha “decidido” –como si ello fuera posible- para el Poder judicial lo equivalente a que un intendente o un gobernador “decidiera”, con apoyo de su concejo deliberante o su legislatura, revisar y modificar a su antojo las decisiones del Ejecutivo nacional. Un desbarajuste antiinstitucional pasmoso, de parte de los que gustan llamarse “republicanos”.
No puede creerse lo que estamos viendo: la pretensión de legalizar un método para que el macrismo escape a todas las causas judiciales que le incomodan, y que no son pocas. Así arreglarían la causa por el Correo. Así también la causa judicial por Socma. Y así las varias que hay por ejercicio del espionaje ilegal durante su gobierno. Parece que ya no alcanza con el procedimiento de llevar las causas a la zona cómoda de Comodoro Py.
Todo esto se teje sobre el fondo de lo que fue la tristemente célebre Mesa judicial, esa que se reunía sospechosamente previo a las decisiones judiciales contra dirigentes del peronismo. El paisaje de las probadas visitas a Macri de jueces como Borinski, de los arreglos con Mahiques, de reuniones donde los jefes de organismos de inteligencia estaban junto a Garavano o al ahora prófugo amigo de Macri, “Pepín” Rodríguez Simón.
¿Revisarán también allí el pedido de indagatoria contra Macri, dado a partir de las acciones de espionaje contra los familiares de los muertos en el ARA San Juan? No se ha ventilado la cuestión de la responsabilidad por el hundimiento, pero sí el hecho penoso de que se persiguiera a los familiares de las víctimas: por ello tiene que responder el ex presidente, a quien se dictó imposibilidad de salir del país hasta la indagatoria.
Para eclipsar estos problemas, y otros como la causa en la que está D Alessio, se toma esta pasmosa “decisión” en la Legislatura porteña. Total, se sabe que la Corte Suprema está sumida en internas inacabables, y en una enorme ilegitimidad autoinfligida.
¿Podrá reaccionar el sistema institucional nacional, o este impresentable antijurídico pasará como lo más natural del mundo? Como sabemos, los medios hegemónicos –parte principal de la oposición política- harán la vista gorda, y hasta bendecirán lo ocurrido. Y si no hay una acción decidida desde la política, asistiremos azorados al atropello hacia condiciones elementales pero decisivas de la democracia.
Columnista invitado
Roberto Follari
Doctor y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de San Luis. Profesor titular jubilado de Epistemología de las Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Cuyo, Facultad Ciencias Políticas y Sociales). Ha sido asesor de UNICEF y de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria). Ganador del Premio Nacional sobre Derechos Humanos y Universidad otorgado por el Servicio Universitario Mundial. Ha recibido la distinción Juana Azurduy del Senado de la Nación (año 2017) y el Doctorado Honoris Causa del CELEI (Chile, año 2020). Ha sido director de la Maestría en Docencia Universitaria de la Universidad de la Patagonia y de la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Cuyo; y es miembro del Comité Académico de diversos posgrados. Ha sido miembro de las comisiones evaluadoras de CONICET. Ha sido profesor invitado de posgrado en la mayoría de las universidades argentinas, además de otras de Ecuador, Chile, Uruguay, Venezuela, México y España. Autor de 15 libros publicados en diversos países, y de unos 150 artículos en revistas especializadas en Filosofía, Educación y Ciencias Sociales. Ha sido traducido al alemán, el inglés, el italiano, el idioma gallego y el portugués. Uno de sus principales libros se denomina “Teorías Débiles”, y ha sido editado por Homo Sapiens (Rosario, Argentina). En la misma editorial ha publicado posteriormente “La selva académica (los silenciados laberintos de los intelectuales en la universidad)” y “La alternativa neopopulista (el reto latinoamericano al republicanismo liberal)”.


