Es una de las muchas vulgatas de este tiempo de ciegos: en cualquier otro sitio se vive mejor. Claro que “cualquier otro sitio” nunca es cualquiera: no es Pakistán, Ucrania o Dominicana. Nosotros nos comparamos con Alemania o con Francia, nada menos. Y en la comparación con los gigantes nos hacemos enanos: allá se vive mejor, no sabés lo bien que se gana. Lo bien que se extraña estando allá, no te lo cuentan. Del racismo antilatinoamericano, tampoco. De que no se es feliz trabajando de mozo, menos. De que a veces se sufre problemas de papeles, para nada. Todo es triunfo: andate de la Argentina y serás feliz, uno más de los cuentos interesados de la tv.
Pero hay un punto que te cuentan menos, y en el que tienen razón. En casi todo otro lugar, la política es una especie de fondo dibujado a contraluz de la experiencia social: se vive de las cuestiones que a cada uno importan, como el trabajo, el amor, la amistad, el arte, la familia, el deporte. Se vive centrado en la propia experiencia, en el disfrute o el sufrimiento de las peripecias de la existencia personal y la de los seres queridos, no de hablar todo el tiempo de política. Ni grietas, ni discusiones en el café o en el almuerzo del domingo: la política no lleva tiempo, menos aún grandes crispaciones. Es un supuesto ya establecido de la experiencia diaria, y por lo tanto no se hace necesario traerlo a colación, excepto en momentos excepcionales o circunstancias difíciles.
En la Argentina, en cambio, nos creemos politizados. Y hablamos de política permanentemente. Que la mayoría no sepa nada del asunto –ni de teoría de los diferentes modelos de sociedad, ni de informaciones precisas sobre el presente- no es un obstáculo, sino que absurdamente funciona como un acicate: el “hablemos sin saber” es bandera de no pocos en nuestro país. Repetir consignas de la tv es penoso, pero no avergüenza a quienes lo hacen. Se han dicho cosas tan ridículas como que aquí fue “la cuarentena más larga del mundo”, cuando los que lo dicen no saben cuánto duró siquiera la de Uruguay o Chile, no digamos las de Tailandia o Indonesia. Se ha repetido que “los pobres son planeros”, sin saber que la mayoría de los encuestados pobres quieren trabajo y critican los planes, e incluso discriminan a algunos que “no los merecen”. Se dice cualquier cosa, se opina sin la más mínima información, se llama “chorra” a una dirigente política sin idea alguna del fracaso de las causas judiciales en su contra, se opina que Guzmán produce “ajuste” sin advertencia alguna de las condiciones macro que dejó la pandemia, se pidió la Pfizer como si fuera un salvavidas en el medio del mar. De un lado o de otro se opina, opina y opina, y cuanto menos se sabe del tema parece opinarse más.

Es como con el fútbol. Estamos llenos de directores técnicos, somos apasionados que nos hemos dado el lujo absurdo de denostar a Lionel Messi. Alguna vez él se cansó y dejó el seleccionado, pero su enorme entereza lo llevó a retomar, contra zonceras de todo tipo que mediocres “especialistas” decían en su contra. Que no siente la camiseta, que no juega como en el Barcelona, como si no le hubiera sido fácil al astro proteger sus piernas millonarias y dejar de venir a batirse en cuanto partido se lo convocó, incluso amistosos intrascendentes. Pero allí habíamos millones de opinadores profesionales, campeones de la palabra fácil llamados a perorar sobre lo que nadie nos pidió opinión, escribidores de páginas olvidables plagadas de lugares comunes y de acendrados prejuicios.
Se vive mejor donde se sabe callar. O donde se habla de lo que viene a cuento. Hay menos sobresaltos, menos discusiones estériles, menos crispación inútil. Y mayor concentración en los asuntos que más importan.
Porque la política es gravitante: mucho se juega en ella del destino de los pueblos. Pero por eso mismo no merece el desdén de la palabra fácil, de la verba vacía, de los prejuicios banales convertidos en pretendidos fundamentos de las propias posiciones. No estaría mal tomarse alguna exigencia de estudiar antes de hablar, o de callar cuando corresponde. Porque muy bien nos vendría tomar en serio al filósofo: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es callar” (L.Wittgenstein).

Columnista invitado
Roberto Follari
Doctor y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de San Luis. Profesor titular jubilado de Epistemología de las Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Cuyo, Facultad Ciencias Políticas y Sociales). Ha sido asesor de UNICEF y de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria). Ganador del Premio Nacional sobre Derechos Humanos y Universidad otorgado por el Servicio Universitario Mundial. Ha recibido la distinción Juana Azurduy del Senado de la Nación (año 2017) y el Doctorado Honoris Causa del CELEI (Chile, año 2020). Ha sido director de la Maestría en Docencia Universitaria de la Universidad de la Patagonia y de la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Cuyo; y es miembro del Comité Académico de diversos posgrados. Ha sido miembro de las comisiones evaluadoras de CONICET. Ha sido profesor invitado de posgrado en la mayoría de las universidades argentinas, además de otras de Ecuador, Chile, Uruguay, Venezuela, México y España. Autor de 15 libros publicados en diversos países, y de unos 150 artículos en revistas especializadas en Filosofía, Educación y Ciencias Sociales. Ha sido traducido al alemán, el inglés, el italiano, el idioma gallego y el portugués. Uno de sus principales libros se denomina “Teorías Débiles”, y ha sido editado por Homo Sapiens (Rosario, Argentina). En la misma editorial ha publicado posteriormente “La selva académica (los silenciados laberintos de los intelectuales en la universidad)” y “La alternativa neopopulista (el reto latinoamericano al republicanismo liberal)”.










