Una reflexión sobre “El carozo del invierno se llama primavera”
Obra del grupo teatral Los Constructores
Dirigida por Marité Pompei
Mientras sea carozo, la semilla yace sobre la tierra como el cadáver de Polinices, privado del rito que lo devuelva a nueva vida. Hasta la llegada de la anunciada primavera, el carozo es habitante del limbo, del infierno, de la nada, del mundo de los hombres y de las mujeres. Encierra la vida, pero sigue siendo el resultado de la muerte.
El carozo del invierno se llama primavera es un verso del poema Inminencia, del poeta catamarqueño Luis Franco, y es el título de la obra de teatro creada y dirigida por Marité Pompei. Extraña generosidad en estos tiempos de saqueo: Pompei pone a Luis Franco como autor de la obra. Y sí, la poesía de este gran creador navega a través de las imágenes creadas por Pompei, que es la autora de la obra. ¿Me contradigo?
Sin embargo, me atrevo a afirmar que se trata de una obra sin contradicciones. Lo que haya sucedido está fuera del escenario, porque lo que ve el espectador es otra cosa, un lento agonizar en un no lugar, en un no tiempo que se cohesiona solamente por un elemento: el factor humano. El escenario es blanco y se vuelve más blanco con la aparición de una sábana que desde los primeros minutos hasta el final de la obra será el verdadero escenario, el espacio fabuloso que no por blanco es puro, ni por blanco es límpido, ni está exento de toda contaminación.

Por el contrario, ese espacio demarcado por la tela blanca, que se agrega a los vestuarios blancos y a las cabezas y a los rostros empolvados, es un magma pernicioso, una suerte de infierno dantesco por momentos, surrealista por otros, donde cuatro seres se mueven y se retuercen balbuceando palabras que nunca llegan a conformar un diálogo, tal vez porque el diálogo significa un componente de humanidad que ellos han extraviado, o destruido, o del cual han sido privados. Y esa carencia se revela eterna, como todo lo que aparece en ese escenario; allí nada es temporal, ni casual, ni pasajero. Los gestos, las contorsiones, la evolución corporal de los cuatro prisioneros, o condenados –que felizmente nos recuerdan a Akropolis o a Apocalipsis cum figuris, del maestro Grotowski- encierran a los personajes en una atmósfera que no por enrarecida se aleja del sufrimiento del alma y la mente.
Son cuatro, como cuatro son los jinetes del Apocalipsis, como cuatro los evangelistas, como cuatro los puntos cardinales, como cuatro eran los secretos de la Esfinge, como cuatro son los elementos. Pareciera que quisiesen decir algo, o comunicarse con los espectadores, pero su lenguaje es críptico, larval, inconexo. Sólo una pregunta flota completa y avasallante sobre ese espacio blanco: ¿Qué es el hombre? La respuesta es una búsqueda en el movimiento, nuevos balbuceos, contorsiones al ritmo de una música que podría llevar al delirio, y que es ejecutada en vivo a foro, o sea que ya no es música, es teatro.
El carozo del invierno… no plantea enigmas, no hace preguntas, ni mucho menos cuenta una historia. Es una obra que muestra. Pero esa visión es terrible, desgarradora, inquietante, porque es la visión de la humanidad, de nosotros mismos perdidos en el horror de un sistema inhumano, incomunicado, agresivo, absurdo, incoherente, fantasmagórico, sin redención. No hay esperanza en la promesa de esa primavera, porque el invierno de los seres blanqueados que se incrustan en ese escenario creado por Marité Pompei no se irá. Como en El gigante egoísta de Wilde, es un invierno que llegó para quedarse, y asegurarse de que el carozo siga siendo madera seca, más apta para el fuego que para la metamorfosis en un árbol.
En un momento de la obra los cuatro personajes -¿fantasmas?- blancos se colocan máscaras picudas que nos retrotraen hacia lo medieval, o hacia los seres fantásticamente horribles del Bosco, o hasta el dottore de la commedia dell’arte, que usaba una nariz larguísima para no acercarse demasiado a los apestados. Un modo más de afirmar la monstruosidad, un medio más para dejar de ser humanos, o para representar la inhumanidad de lo humano, una manera más para reforzar la incomunicación. Sin embargo, en este estadio aberrante, provisto de palos, tres de ellos atacan al cuarto y lo derriban, se encarnizan, lo matan. O no lo matan definitivamente, es teatro, y en el teatro de Marité Pompei todo es posible, en especial la resurrección de la desesperanza. En este escenario de El carozo… la muerte no es una opción, ni una alternativa, porque ya se está muerto. La muerte del alma se ha producido antes, antes de entrar a escena, antes de la obra, estamos hablando con los espectros prisioneros de un sistema que no deja escapar nada, ni siquiera el espíritu. Liberarse de las máscaras no es una liberación, es un cambio de máscara; agitar una rama verde y soplar más polvo blanco en escena no es una metáfora de la ilusión, sino una reafirmación de la desventura, porque el diálogo sigue siendo imposible, se vuelve un cruel balbuceo, un grito a medio camino en una garganta lacerada, ya que quizás no se trata de una intención de diálogo, sino de la necesidad de reafirmar la convicción en un juego que es en sí mismo una agresión, o en una agresión que se desenvuelve como juego.
Hasta que llega el momento de éxtasis, y las figuras se van despojando de sus vestiduras largas desde abajo hacia arriba, como crisálidas condenadas que se despellejan no para convertirse en mariposas, sino para revelar que lo de abajo es igual a lo de arriba, que si hay humanidad, es tal cual se la mostraba, que en ningún lugar está escondida el alma. La música repetitiva y tribal pareciera querer despertar movimientos de alegría, pero es sólo el preludio hacia lo monocorde, que surge de un cuerno, o de algún instrumento soplado, como los que se usaban en los relatos mitológicos para convocar a la soldadesca, o para anunciar un peligro inminente. Hasta que llegue el apagón, el apagón que se va y muestra el escenario vacío, ¿una invitación para ocupar el lugar de los personajes de blanco?
Sería impropio afirmar, a mi parecer, que la obra de Marité Pompei es posmoderna (término que de todos modos no significa nada, sólo engloba). La veo dentro de la perspectiva que Esther Díaz califica como “época póstuma”, esta era en la cual vivimos el fracaso de todas las ideologías y utopías, incluso de la ilusión de un futuro mejor, o de que la síntesis de todo lo anterior vaya a producir algo nuevo. Lo póstumo es lo último, lo que viene después de la muerte, y la muerte ya tuvo lugar, fuera del escenario, porque los cuatro personajes blancos nos están mostrando ese más allá que vive la humanidad en estos tiempos, el más allá de un mundo en el que ninguna promesa se cumplió, ningún sueño se hizo realidad, y en el que vagamos fantasmagóricamente tratando de comunicarnos sin lograrlo, repitiendo las ancestrales preguntas a las cuales jamás supimos dar respuesta, lanzándolas al aire, que es polvo, como polvo somos (no ya “seremos”) los hombres y mujeres del siglo XXI.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











