(Carta abierta a los que llevan el gremialismo en la sangre)
En el camino aprendí -desde los 18 años, en la fábrica, con las manos sucias y el alma despierta-
que el salario no es un número:
es el pan en la mesa del compañero,
la sonrisa del hijo que estrena zapatos,
el remedio que compra la abuela sin pensión.
Aprendí que quien no suda su jornal,
nunca entenderá el peso sagrado de la moneda.
En el camino aprendí
que organizar no es llenar papeles:
es escuchar el temblor en la voz del operario recién despedido,
es convertir el miedo en asamblea,
la rabia en propuesta,
el silencio en canto colectivo.
Como cuando el patrón se negó a negociar
y tuvimos que parar la máquina con las manos vacías y el pecho lleno.
Ahí supe que la soberbia patronal solo entiende el lenguaje de la unidad.

La lucha me grabó a fuego:
-Que un dirigente es puente, no pedestal.
Si las bases no te sienten suyo,
eres un cascarón vacío rodando hacia el olvido.
-Que la honestidad no se negocia:
el primer regalo del poderoso es una soga al cuello.
-Que la coherencia se mide en los detalles:
firmar un acuerdo a escondidas es escupir al que confió en vos.
La vocación no es un discurso:
es oler el aceite de la fábrica a las 5 a.m.,
sentir en los huesos el frío del galpón donde no hay calefacción,
aprender los códigos legales no para ascender,
sino para desarmar la trampa escrita contra el que no pudo estudiar.
Como Mujica en la villa: no desde la lástima, sino desde la rabia convertida en amor.
En el camino aprendí -a golpe de señalamientos-
que los patrones te llamarán “revoltoso”
y la policía te tildará de “disociador y subversivo”.
Esa es la medalla invisible del que no se doblega.
Y aunque no se nombre, hay una verdad que arde:
“si no te temen, no estás haciendo lo suficiente”.
La lucha me grabó a fuego:
-Que el dinero de la traición huele a podrido
aunque venga en sobres de seda.
Prefiero mil veces el mate amargo en el sindicato
al champán de los hoteles donde se vende al pueblo.
-Que liberación no es una palabra bonita:
es el techo sin goteras,
la escuela pública con libros nuevos,
el contrato que asegura vejez digna.
Y eso no se mendiga: se arranca con paro, movilización y lucidez.
La vocación se prueba en el espejo del amanecer:
cuando el barrio aún duerme,
y vos revisás las actas de la última asamblea,
¿reconocés al changarín de 18 años que llevás dentro?
¿O te has convertido en lo que juraste destruir:
un burócrata de palabras huecas y manos limpias… de trabajo útil para los que te sostienen?
En el camino aprendí -con el cura Llorens como faro-
que el sindicalismo que no estudia
está condenado a repetir derrotas.
Pero el que solo estudia y no suda con los suyos,
traiciona.
Equilibrio sagrado: libros en una mano, puño cerrado la otra.
Para terminar (el único juicio que importa):
Cuando dejes el cargo,
no busques fotos en los diarios o aplausos en congresos.
Ponete de pie frente a tres testigos:
1. El joven que empieza ahora tan frágil como vos a los 18
y espera que no le fallen.
2. La mujer que limpia oficinas ajenas
y confía en que su delegado no se vende.
3. El fantasma de los caídos
(los que fueron voz cuando todo era silencio,
los que no firmaron decretos, pero firmaron historia).
Si podés mirarlos a los ojos sin bajar la cabeza…
si el viejo obrero te llama “compañero” sin dudar…
si el repartidor bajo la lluvia te da un abrazo sin palabras…
entonces -y solo entonces-
habrás sido sindicalista.
(Homenaje a mis compañeros de la Comisión Gremial Interna del Banco de Previsión Social)

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











