Siempre que hablamos de institución o instituciones nos estamos refiriendo a una estructura o estructuras que nos contienen o contienen a personas desde lo formal o lo real.
Decimos lo formal porque en el lenguaje del derecho un conjunto de normas jurídicas puede configurar un instituto.
Desde lo real o concreto, una institución supone una estructura donde se organizan un conjunto de voluntades con objetivos económicos o laborales por un lado, e ideológicos por otra parte.

La familia, como institución, tiene un fin u objetivo económico que tiene que ver con la supervivencia propia y la pertenencia a la comunidad que integra, y un fin u objetivo ideológico que estará definido por la mirada de la realidad, de la visión del mundo, que tienen quienes la integran o dirigen.
Esto mismo será aplicable a empresas, clubes, cooperativas, estructuras religiosas, partidos políticos, etc.
En todos los casos hay dos comunidades que estarán interactuando, un adentro y un afuera. La estructura institucional tiene entonces un doble propósito, una normativa de funcionamiento interno más o menos explícita, según el tipo de institución, y una relación con la comunidad externa a la institución que será el punto de referencia al que dirige su esfuerzo. Desde el simple vínculo con la realidad externa a ella con que se maneja una familia, a la clientela de una empresa o la comunidad a la que expresa propuestas un partido político.
En columnas anteriores hemos hablado de burnout o trastorno crónico por estrés que opera una progresiva desensibilización hacia la realidad externa de quien lo sufre y una pérdida de la capacidad empática; mencionamos también que además del que puede sufrir individualmente una persona, se observa la existencia de un estrés social que puede ser vivido colectivamente naturalizando situaciones vivenciales que en principio hubieran resultado inaceptables.
Análogamente a la sensación de soledad que se produce como etapa inicial del burnout en el caso individual, en la fatiga institucional la manifestación es la pérdida progresiva de la referencia ideológica, que siempre implica un vínculo con la comunidad que se tenía por objeto. Toda mirada del y al mundo involucra al otro, la otredad, y nuestra relación con ese otro; lo que constituyó el sustrato inicial al que supuestamente estuvieron dirigidos los esfuerzos y objetivos de la institución afectada.
Sea por un contexto dificultoso para su evolución, como primera causa, o por efectos de la dinámica interna de los integrantes de las instituciones, observamos algunas en las que parece que se hubieran desdibujado sus puntos de referencia primordiales, aquellos que justificaron su origen.
Si acordamos que de la cordura podría decirse que es un armónico ordenamiento del deseo, algunas instituciones parecieran haber perdido ese deseo común que las motivaba a dirigirse a los objetivos que les dieron vida, o por lo menos si el objetivo no está perdido para todos los integrantes de la institución, este se ha convertido en secundario a su dinámica interna.
Por ejemplo, si una empresa que se preciaba de producir bienes o servicios de buena calidad relativiza este objetivo a causa de que algunos de sus integrantes están sólo preocupados por obtener la máxima ganancia, la caída de esa calidad redundará en la pérdida de clientela y en el incremento de los conflictos internos entre sus integrantes. Esta “fatiga institucional” puede ser la antesala de la quiebra.
¿Qué sucede entonces cuando las cosas no andan bien con respecto a la comunidad a la que se dirige una institución?
Se atribuye a Napoleón la frase que reza: “La victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana”.
Posiblemente por efecto del estrés, que en cada persona se manifiesta en tiempo y forma relacionados con los recursos que cada uno tiene, las inseguridades que surgen ante el riesgo o el fracaso se vuelcan hacia dentro de la institución y la inseguridad nos suele llevar a desconfiar de las capacidades de los otros miembros para llevar adelante sus tareas. La inseguridad nos convierte en supervisores.
Posiblemente no haya mayor estímulo para la búsqueda del poder que la inseguridad. Recordemos a Hegel cuando en la dialéctica del amo y del esclavo refiere que dos hombres luchan, el que teme más a la muerte se rinde y será en adelante el esclavo, y el que no temió, o en todo caso temió menos, se convierte en amo. Lo no dicho es que el amo, junto con el poder adquirió el miedo que no tuvo para conseguirlo; es más, se instaló en él el terror, que no es otra cosa que el miedo constante que presidirá todos sus actos, ya que simbólicamente parece más fácil acceder al poder que mantenerlo. El miedo a perder el poder genera custodios, guardaespaldas y estructuras represivas. Esto es como consecuencia que el que detenta el poder se constituye a sí mismo en sujeto único, siendo los demás objetos y por lo tanto sus opiniones desvalorizadas.
Sin demonizar al poder como fenómeno, ya que todos tenemos poder sobre muchas cosas, desde respirar en adelante; el problema es cuando una minoría ejerce poder sobre las mayorías e invariablemente se sostiene con represión.
Es comprensible que ante la inseguridad real o simbólica, busquemos mecanismos de protección que nos den poder para sentir que podemos defendernos. El problema que tratamos se refiere a cuando esto se instala dentro de una institución y se pierde la conciencia colectiva, dejamos de ser un equipo para caer en una competencia de individualidades, no es otra cosa que lo que conocemos como lucha de egos. Esto implica desconocer que el verdadero poder institucional no pasa por lo personal sino por lo colectivo. La falta de confianza en la capacidad del otro para enfrentar la realidad trae como consecuencia que se desdibuje el objetivo colectivo. Se pierde la confianza en el deseo colectivo, quizá no como objetivo sino como posibilidad de consecución grupal, y en definitiva, aunque no sea un objetivo deseado explícitamente puede producirse la destrucción del deseo grupal.
Este burnout social que entendemos como fatiga institucional, lleva a los integrantes de las instituciones a hundirse en un profundo individualismo en el que la soledad es la antesala de la depresión y por ende la anulación del deseo. Mientras estamos vivos la derrota no viene de afuera sino de adentro.
Uno de los fenómenos que observamos en una institución fatigada es el reemplazo de los sustantivos por los adjetivos calificativos.
Hemos dicho alguna vez que la ciencia es fundamentalmente sustantiva, cuando calificamos algo damos por finalizado el análisis, tanto en la ciencia como en la política las propuestas fungen como sustantivas y cada una nos lleva a otra construyendo siempre un camino, los calificativos cortan el análisis y directa o indirectamente desconocen las propuestas. Cuando solo hago oposición calificando algo de malo, dejo de analizarlo; esto se agrava cuando no puedo generar una propuesta alternativa a lo que califiqué.
La fase final de la fatiga institucional suele ser la desnaturalización, en donde la institución deja de tener que ver con sus objetivos originales que quedan totalmente perdidos como puntos de referencia; sirva como ejemplo un partido político centenario que supo ser respetable y popular y su rótulo y la mayoría de sus múltiples desgajamientos han terminado al servicio de lo que originalmente consideraron abyecto y despreciable. Otra posibilidad del devenir de esta fatiga institucional es que la lucha de egos imposibilite a tal punto la búsqueda de objetivos comunes que el minuto final se de por autofagia.
Dice una vieja expresión popular: “a quién le quepa el sayo, que se lo ponga”.

Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.












