Era bastante difícil afrontar la vida cotidiana. Ahora, con esa suerte de florero donde estaban las cenizas tibias todavía de Isabel Pereira, las cosas repentinamente parecían haberse vuelto más complicadas. No había tenido dinero para comprar una urna tradicional, así que había usado un potiche de su abuela para que colocaran lo que quedaba de la que había sido Isabel Pereira, y el hecho había causado bastante hilaridad entre los empleados del horno crematorio. Para él afrontar diariamente la existencia siempre había resultado algo parecido a emprender cada vez la colonización inevitable de un planeta absurdo y hostil, o al menos erizado de sinsentidos, así que la actitud de los cremadores no le sorprendió ni lo inmutó. Se preguntó si esa especie de florero con dibujos japoneses y tapa lo podría ayudar en algo. Pensó que tal vez hallaría más piedad en el mundo, algún tipo de solidaridad para quien llevaba entre los brazos las cenizas de una persona. También pensó que si la gente no se conmovía por los niños que morían de hambre por doquier, o por todos los que sucumbían bajo las bombas de los países poderosos, era por demás improbable que se conmoviera a la vista de esa suerte de reliquia japonesa donde se guardaba todo lo que había quedado de Isabel Pereira.
Y ya era mucho, porque en vida Isabel Pereira había ocupado tanto lugar, en todos los sentidos, físico, metafísico, ambiental, sonoro, espiritual, mental, que verla ahora reducida a un florero era, al menos, una suerte de paradójico consuelo.
De todos modos, debería moverse de esa esquina, no sabía cuánto tiempo había estado parado allí, sumido en sus propias descabelladas reflexiones, con el florero en la mano y detenido con la excusa de esperar la luz verde de un semáforo que ya debía haber cambiado innumerables veces. La Cuarta Sección era un barrio extraño, siempre con esa luminosidad oblicua de los espejos, como si la luz se filtrara por la rendija de una puerta entreabierta, una banderola polvorienta bajo la cual se podría esconder un ataúd o el más sencillo living de una clase media detenida en el tiempo. Sin embargo, la sensación de que alguien lo seguía y lo observaba se mantenía sobre sus hombros, como el murmullo de los árboles, de la calle, del semáforo que se empeñaba en cambiar y cambiar, como si buscara otros colores diferentes de esos tres repetitivos rojo, amarillo y verde a que estaba condenado. No, quién lo iba a seguir a él, un simple profesor a mitad de camino entre la jubilación y la locura, o a las cenizas de Isabel Pereira, una desquiciada que en sus últimos días en este mundo había revoleado al gato por el balcón, tal vez furibunda porque ella iba a morir y esa bestia perezosa que durante años sólo había dormido y comido, seguiría viva y abusando de la paciencia de algún otro humano compasivo.
No obstante, ese tipo que estaba parado frente al kiosco de revistas debía llevar en el mismo lugar el exacto tiempo que él había invertido en detenerse en la esquina al lado del semáforo. Era cierto que ese kiosco también exponía libros de misterio y policiales, decorados con tapas vistosas y encuadernaciones fileteadas de oro, y eso podía resultar hipnótico para un lector aficionado a ese tipo de literatura. Pero había algo, un pasar el peso del cuerpo de una pierna a la otra, que no eran la característica de quien se apasiona en la vista de los libros que quisiera comprar, sino de alguien obligado a mantenerse en un lugar hasta que una señal le permitiese reanudar su misterioso recorrido. Sí, sin duda lo estaba siguiendo. A él, que no sabía cómo iba a llegar a fin de mes y ni siquiera sabía qué iba a hacer con las cenizas de Isabel Pereira. Era cierto también que había sido el único vecino del conventillo que se había ocupado de esa mujer, y el único que había sido capaz de sostener una conversación con ella. Y también había llamado a la policía, a la ambulancia y a la biblioteca popular cuando la encontró colgada de la araña del techo. También era cierto que mientras estaba en el crematorio municipal, el único gratis de la ciudad, había recibido una llamada de un abogado llamado Casacordero, en la cual el leguleyo le comunicó que Isabel Pereira había redactado un testamento, y que en el testamento lo nombraba. Inmediatamente pensó que la loca le había dejado el gato, pero recordó que el felino había volado sobre los techos de la Cuarta con tal ávida furia que nunca más lo habían encontrado. En realidad nadie lo había buscado, ni mucho menos él que era asmático y le aterrorizaban los gatos, pero como había escuchado que esos cuadrúpedos siempre volvían a sus casas, pensó que el felino volador regresaría. Claro, si no le guardaba rencor a la que lo había lanzado por los aires; o a lo mejor volvía para verla muerta. La cosa fue que no volvió, así que no debía ser por eso que lo había llamado Casacordero.
El tipo que estaba detenido frente al kiosco hizo un movimiento decisivo cuando él emprendió el cruce de la calle, derechito por las desvaídas sendas peatonales, con el florero de Isabel Pereira en las manos. No cabían dudas, el personaje lo estaba siguiendo. ¿Qué hacer ahora? Apelar a su exhausta imaginación era bastante inútil. Del cementerio, que era su paseo favorito, estaba regresando con el trofeo del florero, y su refugio en el conventillo era el único lugar al que se le ocurría volver, porque era el único lugar donde podía estar tranquilo, al resguardo de esa marea de extraterrestres que para él era el género humano. Durante el trayecto se dio vuelta varias veces sólo para comprobar que el sujeto del kiosco lo seguía a menos de una cuadra. Empezó a ponerse nervioso. ¿Querría robarle? Comenzó a enumerar sus pertenencias y recordó que tenía un par de zapatos casi nuevos que usaba únicamente para los actos patrios del colegio, y que no podría volver a comprarlos si se los robaban. Pero seguir a una persona para robarle un par de zapatos que probablemente ni siquiera serían de su número le pareció un poco quimérico. Sumergido en estos lúgubres pensamientos, llegó al pasillo del conventillo y un corto trecho después a la puerta de su departamento, por así llamarlo. Buscó en su bolsillo la llave mientras con el otro brazo sostenía el florero con las cenizas de Isabel Pereira, y tratando de no escuchar los pasos que se le acercaban ni de darse vuelta a mirar. Pero una mano en el hombro lo obligó a girarse.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













