El galpón olía a futuro.
A tierra mojada y cemento fresco. Un olor áspero que se pegaba a la ropa y a la memoria. Afuera, el barrio San Martín se abría paso sobre el sueño de hombres y mujeres que querían ganarle dignidad al basural.
En el centro, la vieja bloquera: un animal de hierro, tornillo y rueda que no hacía nada por sí sola. Había que domarla con cuerpo entero. Éramos tres seminaristas aquella vez: Eduardo Ríos, Manuel Corominola y yo. Manuel llenaba los moldes con cemento vivo; yo me agarraba de la cuerda y jalaba hasta sentir los hombros arder; y Eduardo recogía el bloque recién parido, tibio, perfecto, para amontonarlo con cuidado mientras el sol hacía el resto: secar, endurecer, convertirlo en piedra.

¡Pac!
Un sonido seco que cortaba el aire caliente.
¡Pac!
Un nuevo ladrillo para la casa de la familia Gómez.
¡Pac!
Una cocina para la señora Rosa.
Cada golpe era un abono invisible a la cuenta de quienes no podían aportar sus horas de trabajo. Porque así era la ayuda mutua: cada familia debía sumar horas para levantar su vivienda y la de los demás; pero cuando la vida no dejaba -cuando había ancianos, enfermos, madres solas- íbamos otros a prestar fuerza y tiempo. Nuestras horas se escribían en una tablilla colgada a un costado: simples números que, al final, se volvían techo.
El Padre Llorens, nuestro querido Macuca, recorría el taller como quien sabe que el Reino empieza aquí. Sin sermones: con ojos claros, sonrisa ancha y una frase que nos alimentaba como pan recién hecho: “Primero la casa del hombre; luego la casa de Dios.” Nunca entendimos tanto el Evangelio como allí, entre polvo, calor y juventud ardiendo.
Éramos jóvenes y pensábamos que la fuerza estaba en los músculos. Pero esa cuerda nos enseñó otra cosa: que la verdadera potencia nace cuando uno tira por el otro. Que cada vuelta de tornillo es también una oración, aunque nadie la rece.
Hoy, la vieja bloquera está quieta. Oxidada, silenciosa. Pero basta tocar su rueda para que regrese la música:
¡Pac! y un techo que nace.
¡Pac! y un patio nuevo.
¡Pac! y un niño que corre bajo su primera puerta.
Y pienso, después de tantos años: vaya que valió la pena aquel esfuerzo.
Qué orgullo haber arrimado el hombro para que otros tuvieran casa y hacer posible que la esperanza tuviera paredes y techo.
Fuimos jóvenes prestando fuerza, pero volvimos hombres sabiendo que el verdadero milagro es compartirla.
Porque mientras una cuerda gira y unas manos se entregan, una casa se levanta y la esperanza se hace ladrillo.
Y cada ¡Pac!, aunque parezca solo ruido, puede ser todavía un milagro.


Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













