Luego de haber secuestrado al presidente venezolano y de promover el ahogo energético a Cuba, Donald Trump se embarca en un ataque masivo para provocar un cambio de régimen político institucional en la República Islámica de Irán. Los bombardeos sobre 14 ciudades buscan destruir las capacidades misilísticas de Teherán, ejecutar a sus máximos referentes políticos y empoderar a comandantes de las fuerzas armadas persas, previamente contactados, para liderar un golpe de Estado. El modus operandi de Donald Trump se repite desde que asumió su segunda presidencia. Consiste en proponer negociaciones y negociar con una pistola en la cabeza del adversario. El objetivo último es reconfigurar el orden global. Desde que asumió la presidencia hace un año, realizó 622 bombardeos sobre siete países diferentes. Ese guarismo supera en 67 eventos los ejecutados por Joe Biden durante sus cuatro años de gobierno. Quien se autoproclama como merecedor del Premio Nobel de la Paz ordenó atacar con misiles, bombas antibúnker y drones a Yemen, Irán, Somalia, Siria, Nigeria, Venezuela e Irak. El método de chantaje es utilizado para limitar la autonomía de los países que defienden sus intereses nacionales y/o que plantean relaciones estratégicas con China.
La ofensiva busca producir un cambio de régimen y controlar el estrecho de Ormuz, al suroeste de la República Islámica de Irán. Por ese trayecto circula el 20 por ciento del petróleo global y el 82 por ciento del que se dirige al sudeste asiático, especialmente hacia la República Popular. Esa es la misma lógica que guía los movimientos del Departamento de Estado al intentar intervenir en los tres pasos fundamentales de América: el del Ártico –vía Groenlandia––; el del Canal de Panamá, donde lograron expulsar a la empresa china que administraba los puertos del Pacífico y del Atlántico; y el de Ushuaia. Al control de esos itinerarios marítimos se le suma la exigencia al Reino Unido para que suspenda la devolución de la isla Diego García a la República de Mauricio, donde reside una base militar estadounidense, ubicada a 3500 kilómetros del estrecho de Ormuz. Los bombardeos son, además, un evidente intento de coacción energética contra Beijing. Tanto Venezuela como Irán y Rusia son abastecedores de petróleo del País del Centro. La decisión de someter a esos proveedores —se ilusionan los analistas del Pentágono— limitaría las posibilidades del gigante asiático en su camino a convertirse en la primera economía global.
Mientras fracasaba la última ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, se iniciaba, coincidentemente, una guerra entre Afganistán y Pakistán, dos de los países que poseen extensas fronteras con la República Islámica y que son motivo tanto de preocupación migratoria como de conflictividad religiosa. Este enfrentamiento, de mayoría sunita, perjudica a Irán. Según ACNUR, un millón de afganos residen actualmente en la República Islámica. El último 21 de febrero —una semana antes que se desatara el conflicto bélico entre Kabul e Islamabad— fueron deportados 450 mil afganos. Según la publicación del gobierno persa, Teherán Times, se esperaba la expulsión de otros 800 mil para marzo de 2026.
Las siete pretensiones planteadas por Washington implicaban una capitulación absoluta. Los tres primeros se vinculaban con dimensiones militares: (a) el compromiso para abandonar el enriquecimiento de uranio; la exportación obligada de los 450 kilos de uranio producidos y la clausura definitiva de las tres instalaciones nucleares subterráneas de Fordo, Natanz e Isfahan, bombardeadas por Washington en junio pasado; (b) la reducción de la producción de misiles balísticos, que en la actualidad superan los dos mil, tomando en cuenta los de corto y medio alcance; y (c) la desarticulación de los vínculos de la con los grupos proxis: Hezbolá en el Líbano, Hamás y la Yihad Islámica en Gaza, los hutíes en Yemen y las Milicias de Movilización Popular en Irak. Las cuatro últimas se relacionan con aquiescencias económicas: (a) El compromiso, por parte de Teherán, de comprar productos estadounidenses, como tecnología informática y aviones Boeing; (b) El acceso a las empresas estadounidenses a los recursos naturales (petróleo, gas, minerales críticos y tierras raras, especialmente el litio). Según diferentes estudios geológicos, Irán se ubica entre los quince principales países en términos de reservas de cobre, hierro, zinc, plomo, oro y litio. Con el 1 por ciento de la población mundial, posee más del 7 por ciento de las reservas minerales totales del mundo; (c) limitaciones de ventas de crudo a China; y (d) suspensión de la venta de petróleo a través de la denominada flota en la sombra.
Los bombarderos del sábado son el inicio de una escalada que buscará destruir las bases misilísticas, debilitar a la Guardia Revolucionaria (IRGC, por sus siglas en inglés), ejecutar a los ayatolás y –en última instancia– devastar la infraestructura energética. Frente a este escenario, el general retirado David Petraeus, quien fuera comandante de las fuerzas en Irak y Afganistán, además de director de la CIA, advirtió que “una guerra de larga duración podría infligir mucho daño a los soldados estadounidenses, al tiempo que se agotarían los recursos militares”. Los daños colaterales no parecen estar contabilizados en el plan.
Los iraníes también juegan en este tablero. A pesar de que saben que no pueden salir triunfantes de una guerra directa contra Estados Unidos e Israel, han decidido (a) cerrar el estrecho de Ormuz; (b) dirigir misiles contra los uniformados estadounidenses que se encuentran en diferentes bases de la región; (c) la regionalización del conflicto mediante el ataque a los socios de Washington (monarquías de la península arábiga, Jordania e Israel), con la ayuda de los grupos proxis. Según fuentes iraníes que residen en Moscú, la oportunidad de la ofensiva de Washington y Tel Aviv responde a informaciones de inteligencia que conjeturan una revuelta de oficiales persas, enfrentados con la IRGC, que controlan a las milicias parapoliciales de Basij. En una declaración de enero pasado, el partido de izquierda Tudeh, proscripto dentro de la República Islámica, alentó y justificó las movilizaciones populares, al tiempo que denunció el asesinato de miles de iraníes durante las recientes protestas populares contra las políticas antinacionales del régimen teocrático. Además de condenar la represión interna, el Tudeh denunció la injerencia imperialista de Estados Unidos y repudió los intentos de promover un cambio de régimen para reinstalar la monarquía. Uno de los dirigentes más importantes de esa formación marxista, Mohammad Omidvar, declaró al portal Morning Star que las recientes protestas masivas tienen su origen en las políticas neoliberales, y que la pobreza que han generado los ayatolas es funcional al intento golpista de Washington. Probablemente Donald Trump nunca leyó a Carl von Clausewitz. El oficial prusiano advirtió hace más de doscientos años que, en la guerra, “solo hay una victoria decisiva: la última”.

Pagina12.com.ar
1 de marzo de 2026

Columnista invitado
Jorge Elbaum
Sociólogo, Profesor de Sociología, Dr. en Ciencias Económicas. Periodista. Profesor Emérito de la Universidad Nacional de La Matanza. Exembajador extraordinario y plenipotenciario, Ministerio de Relaciones Exteriores. Ex director de la Escuela de Defensa Nacional, EDENA, (Ministerio de Defensa). Ex Director Nacional del PROGRESAR. Fue presidente del Llamamiento Argentino Judío e integra, en la actualidad, su Comisión Directiva. Sus últimos libros son: “Del atlantismo al polo euroasiático. El conflicto en Ucrania como anuncio de una nueva configuración global” (2024); “La OTAN contra el mundo. El conflicto en Ucrania como expresión del cambio de época” (2023); “Imperialismo pandémico. América Latina en la nueva configuración geopolítica” (2022); y “Efecto Nisman. Los usos políticos de una muerte” (2019).













