El Plata se llenó de noche.
La historia
cerró de golpe
como un portón de hierro
sobre la madrugada.
Las radios enmudecieron.
Las calles se llenaron de botas.

Y el miedo empezó a caminar por los barrios
como una sombra lenta.
Entonces quisieron callarnos.
Primero nos quitaron el nombre.
Ya no éramos vecinos,
maestros,
obreros.
Nos llamaron enemigos.
Nos llamaron peligrosos.
Así empezó la mentira.
Cuando el poder decide perseguir
necesita antes fabricar culpables.
Pero no lo éramos.
Somos, simplemente,
ciudadanos.
Y lo seguiremos siendo.
Hombres y mujeres del trabajo,
de aulas abiertas,
de talleres y viñas
donde la vida se comparte al caer la tarde.
Creíamos en verdades sencillas:
trabajo digno,
educación que abra caminos,
la riqueza del país
sin cerrojos en pocas manos.
Creíamos en la palabra libre,
en la justicia,
en un país posible.
Y por creer en eso
quisieron callarnos.
Se llevaron hijos.
Se llevaron padres.
Se llevaron abuelos.
Y hubo puertas
que nunca volvieron a abrirse.
Creyeron que el silencio
iba a durar para siempre.
Pero se equivocaron.
Porque la conciencia humana
no se extingue por decreto.
Puede ser perseguida.
Puede ser calumniada.
Puede ser empujada al exilio
como viento que cruza fronteras.
Pero no desaparece.
Porque vive
en la memoria de los pueblos,
en sus gentes
y en los que vendrán.
Yo nací en la tierra abierta de Mendoza,
donde el agua canta en las acequias
y las viñas guardan paciencia bajo el sol.
Allí lo supe:
que el trabajo dignifica
y que la injusticia
no es destino.
Por eso hablé entonces.
Y por eso hablo ahora.
No desde el rencor.
Desde la memoria.
Porque el tiempo ha pasado
y el dolor se ha vuelto conciencia.
Cincuenta años
son suficientes para comprender algo:
ningún país puede vivir eternamente
de espaldas a su verdad.
La historia verdadera
no pertenece al miedo.
Pertenece a la dignidad.
Hoy, medio siglo después de aquella noche,
no levantamos la voz para abrir heridas.
La levantamos
para recordar lo que nunca debió suceder
y para afirmar lo que todavía creemos posible.
Creemos en una Argentina
capaz de reconciliar justicia con libertad.
Una Argentina
donde el trabajo honesto tenga lugar.
Donde la educación sea puente.
Donde la política vuelva a ser servicio
y no privilegio.
Una Argentina
donde nadie tenga miedo
de decir lo que piensa.
Ese país no es una ilusión.
Es una tarea.
Y cada generación
recibe su parte de ese trabajo.
Por eso seguimos.
Con serenidad.
Con dignidad.
Con esperanza.
Porque los pueblos
pueden tropezar.
Pero vuelven a levantarse.
Y Argentina volverá a levantarse,
como la cordillera al amanecer,
cuando la primera luz toca la nieve
y la montaña abraza a la ciudad.
Quisieron callarnos.
No pudieron.
Aquí estamos.
Seguimos caminando.
-*Epílogo* –
Anoche soñé
que nacía desde una tierra virgen.
Mis brotes eran verdes
y buscaban el sol.
Y allí estaba,
detrás de la montaña,
hablando en silencio
con la lluvia
y con el rayo.
Recién amanecía.
La tierra esperaba.
Han pasado cincuenta años.

Y sigo aquí,
como la esperanza burlada
que no aprendió a rendirse
y todavía levanta los ojos
al primer resplandor.
Amén.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













