Mi casa no era grande.
Era de esas que se van pagando despacio, como se arma la vida.
Ladrillo a ladrillo. Mes a mes. Con cuentas justas y domingos de mate.
Los vecinos…

Algunos entraban sin golpear.
Otros saludaban desde lejos.
Y estaban los que opinaban.
Siempre hay.
A mí me arrancaron del banco.
De mi escritorio.
De mi día.
Y me llevaron.
Al D2.
Así.
Sin palabra.
Sin despedida.
Dos semanas después volvieron.
De noche.
Y eran muchos.
Rodearon la manzana.
Camiones. Luces.
Soldados bajando como si adentro hubiera una guerra.
Pero adentro no había nadie.
Solo la casa.
Respirando sola.
La puerta cerrada.
Hasta que sonó el tiro.
Una Itaka.
Y la madera se abrió como se abre el miedo.
Entraron.
No buscaron.
Arrasaron.
Se llevaron todo.
Los muebles.
La ropa.
Las cosas mínimas que hacen de una casa un refugio.
Cuotas todavía sin pagar.
Hasta la cuna.
Mis hijos eran chicos.
Pero esa ausencia no se borra.
Los vecinos miraban.
Desde atrás de las cortinas.
Sin moverse.
Sin respirar del todo.
Después golpearon una puerta.
La de al lado.
Salieron.
Él y su mujer.
El capitán habló.
No explicó.
Ordenó.
Un papel.
Ellos no leyeron.
No preguntaron.
Temblaban.
Firmaron.
“La casa está vacía”.
Eso dijo él.
Eso alcanzó.
Los camiones se fueron.
La casa quedó abierta.
Vacía.
Y en el barrio quedó flotando una frase.
“Por algo será…”
La decían
con cara de entenderlo todo,
y la dejaban caer así,
casi picando…
como si con eso
ya estuviera todo dicho.
Pasaron los años.
La vida siguió como pudo.
Yo me fui lejos.
Ecuador.
Otras calles.
Otro aire.
Hasta que volví.
Y en una vereda cualquiera nos cruzamos.
Nos reconocimos.
El cuerpo sabe.
Me acerqué.
Sus ojos no se levantaban.
Un “lo siento”.
Bajito.
Y cada uno siguió.
Pensé en la puerta.
En la cuna.
En las manos temblando, firmando sin leer.
Y en la frase.
“Por algo será…”
Unos temblaron y firmaron.
Otros no temblaron y opinaron.

A mí me llevaron.
Han pasado cincuenta años.
Y todavía me acuerdo.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













