“…cabría decir que por el mundo postraumático deambulan, sin ser “propiedad” de ningún individuo ni de ningún grupo, los fantasmas del pasado, aparecidos sintomáticos que no hallan paz porque hay una perturbación en el orden simbólico, un déficit en el proceso ritual o una muerte tan atroz por injustificable y trasgresora que, en cierto modo, excede los mecanismos de duelo existentes (y quizá, cualquier otro posible). Si rondan una casa (una nación, un grupo) trastornan a todos los que viven en ella y, quizá, los atraviesan”.
Dominck LaCapra
Escribir la historia, escribir el trauma (LaCapra, 2005: 217).
En el año 2006, el escritor Jorge Boccanera formaba parte de un grupo que trabajaba en el lanzamiento de la revista Nómada de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). El primer número estaba dedicado a Oesterheld. Toda una declaración de principios. En ese contexto recordó que en el libro Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, de 2001, figuraba un párrafo en el que Adriana Marcus afirmaba que el genocida-perpetrador Alfredo Ignacio Astiz le había alcanzado un ejemplar de El Eternauta en ese centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Marcus también era una sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Esta médica, radicada en la Patagonia argentina, había realizado su aporte al libro, aunque no es una de las cinco mujeres sobrevivientes mencionadas en la tapa. (Actis, Aldini, Gardella, Lewin, Tokar, 2001).
Boccanera contactó a Marcus a los fines de conseguir una versión de primera mano de su testimonio e incluirlo en la revista. Citamos a Marcus en extenso: “Caí en la ESMA el 26 de agosto de 1978. Cuando llevaba cinco meses allí, Astiz me trajo un libro. Yo estaba en un ‘camarote’ ocupando la cucheta del medio –eran tres superpuestas– con otras dos compañeras, y apareció él con un libro ¿para que me distrajera? Ya me había acercado uno de Jean Larteguy [1920-2011], para que comprendiera de qué se trataba el proceso de ‘recuperación’ de los subversivos, que se supone éramos todos los que estábamos allí ‘alojados’. El libro hablaba sobre la experiencia de Argelia y la experiencia de los franceses en Vietnam. Pero esta vez traía otro, un volumen de historieta. Me dijo ‘esto te va gustar’ y me dejó El Eternauta. Yo no lo conocía. Había visto los dibujos en una revista Scorpio [sic], que los compañeros leían habitualmente. Cuando lo leí me impresionó el paralelismo con lo que estábamos viviendo ahí; cerca de la ESMA estaba el lugar donde habían llegado los invasores; los que sobrevivieron pudieron construir una resistencia grupal basada en la solidaridad; los ‘ellos’ eran invisibles y manejaban como marionetistas [sic] a quienes realmente habían realizado la invasión. Yo no sabía que el autor estaba desaparecido, como sus hijas y sus yernos…” (Marcus, apud: Boccanera, 2025: 2).
El cruce entre Astiz y El Eternauta es demasiado inquietante como para pasarlo por alto. Es un cruce que provoca una agitación en el plano individual y social. Astiz, además de recomendar la lectura de El Eternauta, reconocía en Oesterheld a uno de los grandes escritores de Argentina.

Se ha caracterizado al represor-perpetrador como un “lector culto”, ilustrado, aficionado a la música clásica, a la pintura hipersensible de Vincent van Gogh (1853-1890); como un gentelman que no desconocía, ni el cine de Margarethe von Trotta, ni la literatura de Cortázar. Pero no es descabellado sostener que solo era poseedor de una cultura módica, aunque suficiente para destacarse intelectualmente en medio de los parvos entornos en los que se desenvolvía. De todos modos, ese carácter relativamente cultivado no hace más que acentuar un rasgo sádico. Por su parte, Uki Goñi, en su libro El infiltrado. Astiz, las madres y Herald, señaló la “intensa curiosidad por saber cómo era la vida de los militantes” que Astiz solía demostrar. (Goñi, 2018:73). Un interés seguramente fundado en el motivo profesional de conocer al enemigo, pero no exclusivamente.
¿Por qué el integrante del Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada; el admirador del régimen de Pretoria en Sudáfrica; el asesino de la joven sueco-argentina Dagmar Hagelin (1959-1977); el infiltrado en el grupo inicial de Madres de plaza de Mayo; el criminal que después sería condenado por la justicia argentina por secuestrar, torturar, desaparecer y matar a personas indefensas[2]; el militar que se rindió a las tropas británicas sin oponer resistencia armada en las islas Georgias, podía reconocer el valor de una obra como El Eternauta sostenida en una visión del mundo y de la vida que era absolutamente antagónica a la suya? ¿Estamos frente a un caso de disociación?
Todo productor cultural carece del control del sentido de sus obras. Todas las lecturas son bastardas, lo que nos interesa es el sentido de la bastardía. Chartier decía que el lector no está necesariamente sometido al mensaje ideológico, que está lejos de someterse al autor y que, respecto de la obra, le caben muchas posibilidades: la reapropiación, el desvío, la desconfianza… (Chartier, 1995: 68). Un poco de cada cosa –conjeturamos– pueden hallarse en la lectura que Astiz hizo de El Eternauta.
No tiene misterio la lectura que Marcus, la victima, hace de El Eternauta en el campo de concentración, desde una conciencia política vinculada a un proyecto de liberación-emancipación que no ha sido alterada a pesar de su condición de detenida-desaparecida, de las torturas y vejaciones. ¿Cómo podía descifrar Astiz, el verdugo, una obra como El Eternauta? ¿Desde qué universo fenomenológico? ¿Cuál era su código de lectura? La clave contrainsurgente resulta insoslayable tratándose de un oficial formado en la matriz narrativa paranoica y en los fundamentos inhumanos de la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), identificado con conceptos tales como: fronteras ideológicas, guerra interior, enemigo interno, invasión subversiva, conspiración mundial comunista, guerra contrarrevolucionaria, civilización occidental y cristiana, etcétera.
In primis, la contrainsurgencia como ideología impuesta por el imperialismo norteamericano, asumida y “enriquecida” por diversos actores locales, jugaba una función justificadora del orden represivo. In secundis, mediaba en las relaciones sociales, ocultando los antagonismos sustantivos o, en su defecto, deformándolos. El propio peronismo, una de las víctimas principales de la contrainsurgencia, se identificó con esta ideología y reprodujo expresiones propias de la DSN; por ejemplo, cuando algunos de sus principales referentes hablaban de “ideologías extrañas a la vida nacional” y se dedicaron a denunciar a grupos dizque comunistas (en especial a los del peronismo de izquierda, de la izquierda peronista y del peronismo revolucionario) por mancillar la supuesta inocencia del proletariado argentino.
Al mismo tiempo, la contrainsurgencia como ideología carecía de toda capacidad para representar la realidad del la otra/el otro/el otre, por lo tanto, no podía representar la realidad como un todo. (Adoue, 2011: 98). Finalmente, la contrainsurgencia servía para cebar a las bestias. Conviene recordar que en El Eternauta la “zona de seguridad” (la mencionada “área libre de nevada”) es una trampa de los invasores para acabar con las y los sobrevivientes, o para hacer de ellas y ellos mujeres-robot y hombres-robot. Se ha trazado la analogía entre esta zona y las “zonas liberadas” que, durante la última dictadura militar, las fuerzas armadas y de seguridad le garantizaban a los “grupos de tareas” para que estos desplegaran sin obstáculos su accionar ilícito.
De este modo, en torno a la DSN, en Argentina, se fue construyendo una “normalidad” que sentó sus reales en el imaginario de las clases dominantes, de las fuerzas armadas y de una parte de la sociedad. Esa normalidad sirvió para relativizar el desquicio y el fundamentalismo. Esa normalidad es exactamente la misma que torna insustanciales algunas distinciones: entre burócratas y sádicos, entre autómatas y perversos, entre racionales y fanáticos, entre tecnócratas y políticos, entre oportunistas y convictos, entre observantes y trasgresores, entre cómplices y negadores, entre el acto de torturar y el de silenciar, entre el objetivo de derrotar a las organizaciones revolucionarias armadas y el de someter al conjunto de la sociedad civil popular argentina. Así, los genocidas-perpetradores fueron aterradoramente normales en su brutalidad y en su regocijo frente al sufrimiento ajeno. De ningún modo fueron seres “crepusculares”, y solo excepcionalmente habitaron alguna zona ambigua.
Por obra de la DSN, el “sentimiento patriótico” de las fuerzas armadas (un modo de pensar que no lograba discernir entre fuerzas armadas, patria, nación y tradición), malgastaba los escasos resquicios de desinterés y quedaba absolutamente contaminado por el sentimiento de poder y riqueza de las clases dominantes. Para Astiz, las fuerzas armadas trascendían a la sociedad y expresaban una síntesis de la nacionalidad, eran las mejores intérpretes del bien común y un deshecho de desinterés, un reservorio de moral, etc. El elitismo, las aspiraciones aristocráticas, la autopercepción como minoría selecta y otros hábitos propios de la Armada acentuaban esta percepción. En los hechos, las fuerzas armadas no eran más que la expresión de intereses contingentes y egoístas.
Si bien la DSN asignaba a las organizaciones revolucionarias y a las organizaciones populares en general un carácter extranjerizante y socialmente disolvente, lo cierto era que estas organizaciones eran las únicas en proponer proyectos de país con contenidos autónomos y soberanos. Mientras que el carácter extranjerizante y socialmente disolvente fue el signo más representativo de las dictaduras del cono sur, inspiradas en la DSN, durante décadas de 1960 y 1970.
Astiz se formó en el marco de una institución totalmente adscripta a los valores de las clases dominantes: jerarquía, orden, propiedad privada. Pero, además, se formó en un contexto histórico donde esta institución (y el conjunto de las fuerzas armadas) se desligaban de la función que justificaba su existencia: la defensa de la soberanía nacional. A lo que cabría agregar: la adhesión a la rancia tradición liberal-conservadora argentina, una reivindicación del país blanco y “civilizado”, el hondo desprecio a los cabecitas negras (a las y a los marrones), el antiperonismo esencial de algunas fracciones de la clase dominante argentina. Valores, valga la aclaración, antagónicos a los de Juan Salvo/El Eternauta.
Astiz veía a la sociedad como una prolongación de la naturaleza, o aspiraba a convertirla en eso, lo deseaba fervientemente. El genocida-perpetrador estaba inmerso en una mitología reaccionaria y en el lenguaje corrompido promovido por la DSN, se regía por un sistema moral en el marco de un orden hegemónico. Sus ideas eran invulnerables a las razones. Imposible captar las injusticias estructurales desde ese emplazamiento. Ese orden era el que determinaba el bien y el mal. De este modo, en entornos de fetichismo e idolatría, el genocida-perpetrador fue construido como un ser bestial, incapaz de reconocer el mal (auto-reconocerse). Si además consideramos las recomendaciones de lecturas del genocida-perpetrador previas a El Eternauta (Larteguy), no caben dudas respecto de su clave de decodificación de El Eternauta.
En 1962 el Círculo Militar había publicado el libro Guerra revolucionaria comunista, del general Osiris Villegas (1916-1998). Era el volumen 525 de la Biblioteca del Oficial. Un año después sería reeditado, para el público en general, por el sello Pleamar. No fue literatura de nicho. Varias generaciones de militares argentinos se formaron con este texto contrainsurgente. Pero también abrevaron en él varias generaciones de empresarios, dirigentes políticos y sindicales, periodistas, etc. El libro convocaba a las y a los civiles a asumir el protagonismo en una guerra de alcance universal y dejaba en claro que nadie iba a poder sustraerse de ella.
Astiz se movía en un mundo de abstracciones que le ratificaba una creencia y una auto-percepción: ellos, los militares argentinos, eran la encarnación de valores esenciales. De este modo se totalizaban: se creían dioses y afirmaban su señorío sobre las demás personas. Cuando los seres humanos se creen dioses, pasan a estar en disponibilidad para el mal absoluto y terminan arrogándose el derecho de destruir, arrasar, matar. Quien ejerce el mal absoluto ama el mal, se regodea en lo atroz que le confiere una felicidad que no es secreta sino pública; por eso promueve abiertamente las creencias y emociones más perversas de las personas, agita sus peores prejuicios, reivindica sus costados más mezquinos, crueles, impiadosos, da rienda suelta a la brutalidad y la sumisión. Ese ha sido, es (está a la vista) y seguramente será un procedimiento definitorio del fascismo.
Al mismo tiempo, los militares argentinos sustentaban una idea “ganadera” (típicamente argentina) del control social: estaban absolutamente convencidos de que solo podrían obtener “respeto” a través de la brutalidad. Implacables con el “enemigo interno”, incluso con el “enemigo” derrotado, caído y prisionero, los genocidas-perpetradores (Astiz en particular) fueron humillados por el enemigo exterior.
¿Entonces Astiz leyó “mal” a El Eternauta? Mejor preguntarse: ¿Desde dónde lo leyó? Lo leyó de una comunidad de genocidas-perpetradores. Lo leyó como cruzado e inquisidor. De esta manera, podría decirse que su condición lo inhibía para captar lo fundamental de El Eternauta: la clave resistente. En todo caso, de captar esa clave, no podía hacer otra cosa que repudiarla. ¿Cuál puede ser la clave de lectura de El Eternauta de las personas que explotan, oprimen, dominan, esclavizan y humillan a otras? Esa clave requiere que se le asigne a la víctima un carácter bárbaro, que se la deshumanice y, un elemento decisivo, que se sobredimensione su poder de agresión. La historia abunda en estas estrategias.
Probablemente Astriz haya leído El Eternauta como una metáfora de la agresión de la “subversión” a la nación. Él consideraba que a “los subversivos” les habían lavado el cerebro con el “verso” de la justicia social.[3] Si en la obra de Oesterheld el agresor externo va adquiriendo los rasgos del imperialismo (rasgos que, como vimos, se acentúan en la segunda versión de la primera parte y en la segunda parte) seguramente el genocida-perpetrador haya decodificado al agresor externo en sentido inverso, esto es: como el “comunismo”, atribuyéndoles a las organizaciones revolucionarias de la Argentina (y a las organizaciones populares en general) un “comando” extranjero: Unión Soviética, China, Cuba, etc.. Sabemos que fue exactamente al revés. El genocida-perpetrador, va de suyo, difícilmente haya podido discernir entre solidaridad internacional e injerencia extranjera. La “agresión comunista”, el “peligro comunista” era una ficción paranoica; en cambio, el vínculo de las clases dominantes con el capital monopólico trasnacional (especialmente norteamericano en las décadas de 1960 y 1970), la intervención de Estados Unidos a través de sus embajadas y sus diversas “oficinas”, eran (y son) cosas bien concretas. Se trata de magnitudes y de efectos incomparables.
Como decíamos unas páginas atrás, repeler una agresión no necesariamente implica un acto de resistencia. Por lo general, no resiste quien detenta el poder, quien cuenta con una desproporcionada superioridad de medios y recursos. “Pacificar” no es resistir, es exactamente lo contrario. Si hay matanza no hay combate. Formado en la tradición del colonialismo interno de los “héroes del desierto” y alejado del sentido épico de la praxis sanmartiniana, asumiendo como punto partida la defensa e idealización de los engranajes que trituran la soberanía de la nación y la dignidad de buena parte de sus habitantes, un genocida-perpetrador argentino corre con desventaja a la hora de comprender la naturaleza de un acto heroico, verdaderamente heroico, es decir, colectivo. Esa tradición es contraria a toda épica.
Cuando la historia confrontó a Astiz con un enemigo poderoso, cuando tuvo la posibilidad de medirse frente a un auténtico invasor, en Puerto Leith, en las islas Georgias, durante la guerra de Malvinas, el represor cometió una nueva infamia: a bordo del buque británico Plymouth, entre whisky y whisky, optó por firmar la rendición ante Her Britannic Majestys Royal Navy en la persona Nicholas John Barker (1933-1997), capitán del HBS Endurance, un 26 de abril de 1982. El cobarde podría haber concluido su trayectoria con un acto valeroso. No lo hizo.
Se rindió sin disparar un solo tiro, violando el artículo 751 del código militar que establece condenas para el militar que capitule ante un enemigo extranjero sin haber agotado las municiones o sin haber perdido dos tercios de los efectivos a sus órdenes. Era forma más coherente de coronar la que Tina Rosenberg en su libro Astiz. La estirpe de Caín definió como “una carrera militar basada en la victoria sobre los que no tenían defensa”. (Rosenberg, 1998: 68). Además, los ingleses representaban todo lo que él admiraba. Seguramente es de las personas que consideran que Waterloo fue una victoria. De todos modos, no hay nada computable como victoria en su biografía, dado que Astiz también fue derrotado por las Madres.
Con la guerra de Malvinas, Astiz tuvo a mano la posibilidad de releer El Eternauta en otra clave, pero no estaba en condiciones de aprovecharla. Los frentes bélicos abiertos se presentaban como escollos inabordables para militares que se habían formado en un tipo de guerra que consistía en secuestrar, torturar y hacer desaparecer a enemigos civiles en situación de inferioridad o directamente indefensos. Un tipo de guerra que era una práctica asimilable al homicidio agravado.
¿Acaso Astiz desarrolló la conciencia de ser un mero instrumento en manos de otro poder superior, al modo de un Mano? No parece ser el caso. No estaba sometido a someter. Hizo lo que hizo con convencimiento y con entusiasta perversidad. Así lo demuestra su tendencia a la exacerbación de la muerte, la opción por las formas de hacerla infame a fuerza de humillaciones y torturas, a fuerza de planificación y rutina. La condición de verdugo no respondía en él ni al azar ni al destino. Era absolutamente incapaz de convertirse en mártir o en héroe. Solo podía ser verdugo. Peor que un inquisidor. No fue un mero instrumento, fue (es) la cara visible del mal absoluto y del odio cósmico. No fue una víctima de un sistema de control. Fue parte fundamental del grupo que lo impone.
El Mano, cuando se le activa la “glándula del terror”, consciente de su final, pierde el miedo y aflora su bondad. Dice: —“Ellos son el odio cósmico. Ellos nos obligan a matar y a destruir a nosotros, los Manos, que solo vivimos pensando en lo bello”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 176). En ese estado, ya fuera de combate y libre del sometimiento a los Ellos, el Mano se abre a la contemplación gozosa, percibe la belleza de los objetos de uso corriente, el costado artístico de una cafetera (“una escultura”), y cuando el final está cerca, entona un extraño y dulce canto de muerte: “mimnio….athesa… eioioio… mimnio”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 174, 177).
El genocida-perpetrador nunca dejó de identificarse con el poder superior, por lo cual no cabe considerarlo un ser originalmente inteligente y sensible que fue degradado y convertido en agente del mal. El genocida-perpetrador, deshumanizado y deshumanizador del prójimo, cosificador de las otras/otros/otres, tiene un sentido de la justicia trastocado.
A diferencia del Sargento Kirk (que se sentía más cerca de los Pieles-rojas que de los Cara-pálidas), el genocida-perpetrador nunca tuvo cargos de conciencia por la matanza perpetrada. Todo indica que ningún dilema interno lo atravesó, que ningún trauma le provocó su experiencia, que jamás lo rozó algún destello de virtud. Todo esto confirma la inviabilidad de cualquier tipo de reconciliación entre las víctimas y los genocidas-perpetradores; asimismo, ratifica la incompatibilidad radical entre las identidades generadas por la empatía con las victimas y quienes, de un modo u otro, expresan continuidades con los agentes o beneficiarios indirectos del genocidio.
La sociedad de Oesterheld con Pratt (recordemos: Ernie Pike, Ticonderoga, etc.) resultó tan productiva, entre otras cosas, porque ambos compartían lo que Masotta denominaba “un verdadero humanismo antropológico”, la adscripción a “un mundo rousseauniano”. (Masotta, 1982: 149). Ese humanismo genera un deber moral que es prioritario respecto de toda ley e implica una responsabilidad para con las otras personas, consideradas merecedoras de respeto y atención. Cabe señalar que el “mundo rousseauniano” de Oesterheld era incompatible con el “mundo hobbesiano” de Astiz y los genocidas-perpetradores. Oesterheld y sus personajes estaban abiertos al descubrimiento de hondas identidades humanas. Una disposición ajena a un militar contrainsurgente. Astiz y los genocidas-perpetradores seguían a pie juntillas el manual de la caza de brujas.
En los entornos más violentos, en el fragor de los combates más encarnizados, los diversos personajes de Oesterheld siempre encuentran un instante para reflexionar sobre la humanidad del “enemigo”. Son personajes capaces de descubrir la humanidad del otro. Tienen compasión. La conciencia ética se impone a toda moral ascética, a la moral de la dominación que considera que el cuerpo de las otras/los otres/les otres, carece de valor. Ese gesto, tan básico, también resultó inaccesible para Astiz y los genocidas-perpetradores, insertos en un orden institucional, ideológico y discursivo que les impedía desarrollar este tipo de sentimientos. Por eso, para estos últimos, la insensibilidad fue la única respuesta frente a la sensibilidad ajena.

Reproductor de Auschwitz en la ESMA, el represor tampoco estaba en condiciones de captar el horror frente a las masacres burocratizadas que subyace en El Eternauta. Es más factible que, al modo de un “nazi refinado”, haya compuesto (y comprendido) sus infamias bajo el criterio de lo “sublime negativo” o la “sacralización desplazada”, con su “fascinación por el exceso y la trasgresión sin precedentes”. (LaCapra, 2005: 47, 112). Se aproxima bastante al personaje de Hans Landa, ese oficial de las SS inteligente, ilustrado, políglota, y despiadado hasta lo indecible, interpretado brillantemente por el actor Christoph Waltz en la película Inglourius basters (Bastardos sin gloria) del director Quentin Tarantino, del año 2009.
Una hipótesis a modo de cierre de este capítulo. En el reconocimiento de Astiz hacia El Eternauta y hacia Oesterheld puede verse también el grado de fascinación que la víctima le generaba al victimario. La fascinación entendida aquí como atracción morbosa que, de ningún modo puede confundirse con empatía, dado que esta implica una relación afectiva y el respeto por la otra/el otro/le otre. Esa fascinación se activaba preferentemente cuando la víctima era de clase media o alta, blanca e ilustrada; o sea, “cercana”, en algunos aspectos “objetivos”; estéticamente afín a sus concepciones racistas y clasistas de la “integridad” y de la “belleza moral”. Con las y los cabecitas negras, con las y los marrones, incluso con las judías o los judíos, la fascinación del teniente alto, rubio de ojos celestes, solía disminuir, dado que se trataba de figuras alejadas de su imagen de lo sublime.
En síntesis: el victimario no podía dejar de reconocer el valor de lo que objetivaba y suprimía, la potencia de aquello que la víctima atesoraba, la riqueza de su mundo material, social y simbólico. De este modo, el genocida-perpetrador era plenamente conciente de lo que estaba destruyendo y, en su omnipotencia, creía que con esa destrucción no hacía más que corroborar un destino. Concebía a la destrucción como una mera acción demostrativa. El “triunfo”, su “triunfo”, se concretaba en el castigo sobre el cuerpo de la víctima. Resulta evidente la dimensión monstruosa de los genocidas-perpetradores. Oesterheld había creado personajes donde el bien y el mal aparecían relativizados. Los buenos tenían dobleces, los malos alguna emotividad. Pero los genocidas-perpetradores encarnaron el mal absoluto y el odio cósmico.

Columnista invitado
Miguel Mazzeo
Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor titular regular de la UBA y de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC-Facultad de Ciencias Sociales-UBA) y de la UNLa. Educador popular, participó y participa de espacios de formación de diversas organizaciones de Nuestra América. Escritor, autor de varios libros publicados en Argentina, Venezuela, Chile, Perú y el Estado Español; entre otros títulos se destacan: ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios; Introducción al poder popular. El sueño de una cosa; Poder popular y nación. Notas sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo; El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de “Socialismo práctico”; El hereje. Apuntes sobre John William Cooke; Marx populi. Collage para repensar el marxismo; La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero
Bibliografía
Actis, Munú; Aldini, Cristiana; Gardella, Liliana, Lewin, Miriam y Tokar, Elisa, Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
Adoue, Silvia Beatriz, Walsh, el criptógrafo. Escritura y acción política en la obra de Rodolfo Walsh, Buenos Aires, Dialektik, 2011.
Boccanera, Jorge: “¿Alfredo Astiz leyó El Eternauta?”. Disponible en: La tecl@ Eñe Revista, 2025: https://share.google/db7zaLXvYhzsu9i7 [Chequeado el 29 de julio de 2025].
Chartier, Roger, El mundo como representación: historia cultural, entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1995.
Goñi, Uki, El infiltrado. Astiz, las Madres y El Herald, Buenos Aires, Ariel, 2018.
LaCapra, Dominick, Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005.
Masotta, Oscar, La historieta en el mundo moderno, Barcelona, Ediciones Paidós, 1982.
Oesterheld, Héctor, Germán y Solano López, Francisco, El Eternauta, Barcelona, La Biblioteca Argentina, Serie Clásicos, Diario Clarín, 2000. Colección dirigida por Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski.
Rosenberg, Tina, Astiz. La estirpe de Caín, Buenos Aires, Documentos Página/12, 1998.
Notas
[1] Extraído del libro: Esquema de una interpretación de El Eternauta. De: Miguel Mazzeo, Buenos Aires, Colihue, 2026.
[2] Astiz fue condenado “a la pena de prisión perpetua por el delito de homicidio calificado reiterado en doce oportunidades; en perjuicio de Alice Domon, Ángela Auad, Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bulit, Gabriel Horane, Patricia Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco, Remo Berardo, José Julio Fondovila, Horacio Elbert, Azucena Villaflor de De Vincenti y Léoni Duquet. (Sentencia Causa Esma, 28 de diciembre del 2011, apud, Goñi: 2018: 218).
[3] En 2026, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, en Argentina, tanto en el Estado como la sociedad, proliferan una serie de discursos y de relatos que denigran la idea de la justicia social.











