“Supongo que lo vivimos todo.
Algo en el aire.
Sonreímos demasiado rápido,
luego no podíamos pensar algo que decir.”
David Bowie
Son casi las ocho de la tarde y estoy sentado frente al ordenador, las palabras surgen de los dedos paseándose por el teclado con una soltura digna de un licenciado en mecanografía, si es que ese título existe, pero no es por la capacidad de embocarle a las teclas sino por la catarata de imágenes, frases e ideas que va cayendo de mi cabeza, es uno de esos días y me doy cuenta, podría terminar mi tercera novela esta noche mismo y escribir otra más antes de que la luz de sol se cuele por la persiana indicándome que ya no es el mismo día que hoy día. Lo único que falta para que todo sea perfecto es un paquete nuevo de cigarrillos, algunas golosinas y una jarra llena de café. Estoy en mi casa y decido salir en busca de estas provisiones y en busca de una de esas caminatas que refuerzan aún más las ideas. Vivo en la calle Clark de la quinta sección de la ciudad de Mendoza, cosa que siempre me hizo sentir bien, vivir en una calle que lleva el nombre que usa Superman para ocultar su verdadera identidad es casi una revelación para alguien que vive de la ficción y creció de la mano de hombres envueltos en lycra salvando al mundo desde las revistas. Salgo a la puerta y camino en dirección a OIascoaga, en el edificio que está antes de llegar a la esquina está el portero barriendo las hojas y los papeles que inundan la vereda y alguien que va entrando le grita, Bueno, por fin vamos a tener la vereda limpia, el tipo sonríe, Vos seguí haciéndote el loco que los vecinos siguen quejándose, responde y luego estira la mano para saludarme. Doblo por Olascoaga y sigo pergeñando ideas para la novela, los autos pasan de todos los colores y formas parecidas, el paso de los años ha ido convirtiendo a los modelos de automóviles en una muestra perfecta de industrialización, fabricación en serie y avances tecnológicos excediendo la inspiración creativa en conceptos de formas. Uno antes veía un Renault 12, un Peugeot 504 o un Citroën y a primera vista sabía perfectamente qué auto era cada uno. Compro una tortita raspada en La Parra y sigo hasta encontrar un kiosco en la calle Arístides. El semáforo me da el paso y cruzo a la vereda norte de Arístides entre Olascoaga y Rodríguez, al lado de la piadinería hay un kiosco con un gran cartel de Top Line, el adolescente que atiende luce una remera de Bowie y me vende un Camel 20 y dos chocolates con una sonrisa, Estoy inspirado, le digo y hace un gesto con las cejas como si le importara. Salgo del kiosco y veo a Carina caminando de espaldas de oeste a este, hace más de cinco años que cortamos pero cada vez que me la cruzo la sensación es la misma; la sigo, usando el mismo ritmo que usa ella al caminar, y apenas cruza la calle Rodríguez, justo cuando va pasando por al lado de uno de los carteles de pie de Granja Benedetti, la llamo. Se detiene, gira su cabeza y espera que yo termine de cruzar mirándome con una sonrisa que no sé si es sonrisa. Sos muy caradura, es lo primero que suelta justo cuando intento abrazarla y le beso la mejilla, Qué querés, pregunta y la invito a tomar un café ahí mismo, en el bar que está al lado de Benedetti, Estás en pedo, es su tercera frase mientras insisto en que se siente en una de las sillas de caño y lona debajo de la sombrilla negra, Dale, un rato, así nos ponemos al día, le digo, ¿Ponernos al día?, dice y larga una carcajada, Dale, no seás mala, ¿Así que soy mala?, mirá quién habla, el santo de los inocentes, dice y se sienta aceptando la invitación. Pido un café y un cortado sin preguntarle si está de acuerdo, estoy inspirado y sé que le gusta que pida por ella, al menos hace años eso le gustaba. ¿Qué querés?, vuelve a decir y no me deja contestar, ¿Querés contarme que te está yendo bien?, ya estoy enterada, dice, Leo los diarios y en Mendoza nos conocemos todos, también dice, La verdad es que no sé si me alegro, dice, ¿Querés que organicemos una fiesta para celebrar tu éxito?, también dice cuando el camarero deja las tazas, el azúcar y dos bombones sobre la mesa. ¿Me invitás a tomar algo para quedarte callado?, ¿para dejarme hablar sola como una loca?, agrega mientras siguen viniendo ideas a mi cabeza para la novela, Contestame, me apura con tono severo, No sé qué querés que te diga, suelto con calma mientras enciendo un cigarrillo, se ríe fuerte y sigue hablando, No digás nada, si nunca dijiste nada, siempre te hiciste el choto, ¿querés que te diga que está todo bien?, ¿Qué ya me olvidé de todo y ahora soy una mujer feliz?, ¿eso querés?, ¿o querés que siga dándote razones para que vayas creando tu mundo imaginario así podés llenar hojas enteras de historias que vendés a doscientos pesos en las librerías? La miro a los ojos durante un rato largo en que ella se queda callada, pasa casi un minuto entero en silencio y luego suspira, Yo puedo contar historias tuyas de las que nunca vas a hacerte cargo, ¿te sirve eso?, dice, ¿Querés seguir saliendo en los diarios?, porque mirá que tengo historias para contarle a los periodistas. Le doy una fuerte pitada al cigarrillo y le digo que solamente la invité a un café para saber de ella, para saber si está bien. Claro que estoy bien, hace casi cinco años que estoy bien, desde que te fuiste con otra que estoy bien, No me fui con nadie, le digo y lo digo en serio aunque no me crea, No soy ninguna boluda, Diego, lo único que tuve de boluda fue haber estado ocho años al lado tuyo, te juro que ahora no puedo entender cómo fui capaz de quererte, cómo fui capaz de creerte, dice, No entiendo cómo puede existir alguien en el mundo capaz de quererte, agrega como si estuviera diciendo algo liviano, Dios, cómo pude haber sido tan estúpida, dice y se queda callada otra vez, se queda callada hasta que termino el cigarrillo y lo aplasto en el piso con mi pie derecho, Perdoname, dice de repente, Necesitaba decirte cosas, ¿querés saber si estoy bien?, sí, claro que estoy bien pero estuve muy mal, estuve mucho tiempo mal, Diego, y vos ni enterado, te extrañaba todo el puto tiempo, me quedé en la misma casa en donde habíamos construido todo lo que tenía que ver con nuestras vidas y eso no es fácil, Diego, vos sabés que no es fácil, vos te fuiste a alquilar una hermosa casa en la quinta, editaste libros, te fue bien, pero yo me quedé sola en nuestra casa, vos sabés que eso no es fácil. Apoyo mi mano izquierda sobre su mano derecha y no la mueve, siento que se me llenan los ojos de lágrimas, ¿Debería pedirte perdón por algo?, digo y siento que nunca antes había hecho una pregunta tan sincera en toda mi vida, No, dice, No tenés que pedirme perdón por nada, ya está, lo que pasó, pasó, en serio estoy bien, estoy en pareja hace más de un año, supongo que ya estás enterado, hace tres meses que se mudó a casa y siento que lo quiero más que a nadie en la vida, también siento que él me quiere a mí, de verdad que estoy bien pero necesitaba decirte cosas. Está bien, digo y enciendo otro Camel; nos quedamos en silencio durante todo el tiempo que demoro en fumarme el cigarrillo completo, ella dobla y desdobla los bordes de uno de los paquetes de azúcar que endulzaron su cortado, levanta la cabeza dos o tres veces y ensaya una sonrisa que se parece casi a la compasión. ¿Entonces está todo bien?, pregunto, Sí, de verdad que está todo bien, asunto cerrado, y de verdad que me alegra mucho saber que estás haciendo lo que te gusta, dice y se levanta de la silla. Nos despedimos con un abrazo y media sonrisa, camino por Rodríguez hasta Clark e intento adivinar en la noche las marcas y modelos de los automóviles que recorren la quinta de sur a norte. Cuando llego a casa preparo café en una taza grande, mordisqueo uno de los chocolates y me siento a la computadora decidido a terminar mi novela, pero no me sale una sola palabra, es como si tuviera la mente en blanco, como si hubiera estado dormido más tiempo que el Capitán América y descubriera de repente que el mundo dejó de ser como yo pensaba que era, mis dedos pasean por el teclado sin apretar una sola tecla, no sé qué escribir, releo algo de lo último que tengo escrito y no me gusta para nada. Cierro el archivo y enciendo un cigarrillo, me paro a fumar junto a la ventana, desde ahí puedo ver la vereda del edificio de al lado, la vereda que estaba barriendo más temprano el portero del edificio, no queda ni una sola hoja, ni un solo papel de golosinas en el piso, la vereda está limpia, vacía, sin un solo rastro de lo que había antes.

Columnista invitado
Darío Manfredi
Nació en Mendoza, Argentina, el 29 de diciembre de 1970. Es Diseñador Gráfico Publicitario y Gestor Cultural. Fundó y co-dirigió la revista de rock y difusión cultural, Zero, entre 1999 y 2024. Se ha mantenido activo en el campo de las artes en múltiples -y amateurs- facetas de artista plástico, actor, compositor, realizador de videos y productor de espectáculos. Ha publicado cuentos en suplemento Zapping del Diario UNO entre 1994 y 1997; textos, reseñas y entrevistas en Revista Zero desde 1999 hasta 2024, y relatos cortos en el libro “La ficción en el umbral”, antología de la Dirección General de Escuelas. Desde 1996 hasta 2005 fue integrante del grupo de teatro de humor Plaza Dandy. Participó como actor en cortometrajes. En 2010 grabó su único disco con canciones propias, titulado Plop. En 2016 publicó su primera novela, “Redención (en un pueblo llamado Aspe)”, editada de manera independiente y distribuida en librerías de Mendoza y de Aspe, Alicante, España. Agotada en ambos países. En 2017 publicó en Mendoza el libro de cuentos “Siesta (y otros relatos así de cortos)” con prólogo de Liliana Bodoc, también editado de forma independiente. Actualmente se desempeña como diseñador en la editorial Leo Libros, de libros mendocinos.











