Al final del camino, eso dicen, hay una mesa.
No es grande.
Ni solemne.

Ni asusta.
Una mesa
sencilla.
Como de
cocina.
Y alguien, no sé quién,
te alcanza un formulario.
“Si desea dejar constancia de su experiencia… puede escribir aquí”.
Así, sin más.
Como si la vida pudiera resumirse en un papel.
Me senté.
No por enojo.
Por derecho.
Tomé el lápiz.
Quise empezar formal,
pero no me salió.
Primera observación:
La belleza… impecable.
Las mañanas, el cielo, los encuentros,
la risa compartida…
todo eso no se toca.
Pero…
¿era necesario tanto tropiezo?
No digo ninguno.
Digo tantos.
Uno caminaba con buena intención
y de pronto…
piedra.
Y otra.
Y otra más.
Algunas dolían más
de lo que enseñaban.
Segunda observación:
El corazón humano… admirable.
Capaz de amar, de dar, de quedarse.
Pero también
capaz de apropiarse
de lo que no le pertenece.
No hablo de cosas.
Hablo de lugares.
De personas.
De dignidad.
Ahí, quizás, faltó una nota al margen:
“Esto no es tuyo…
pero cuidalo igual”.
Tercera observación:
La autoridad.
Buena idea en origen.
Ordenar, cuidar, sostener.
Pero en algunos casos… se torció.
Y el que debía proteger
terminó pesando.
No digo siempre.
Digo lo suficiente
como para que duela.
Me quedé pensando.
No quería hacer una lista larga.
Tampoco era una queja.
Era más bien
una conversación tardía.
Entonces escribí abajo, más chico:
“Con todo… gracias”.
Porque, siendo honesto,
entre las piedras aprendí a mirar mejor.
Entre las pérdidas,
a abrazar más hondo.
Y entre los errores ajenos…
a reconocer los míos.
No sé si lo leerán.
No sé si hacía falta escribirlo.
Doblé el papel
y lo dejé ahí.
Sin reclamar nada en serio.
Porque, al final,
si tengo que elegir…
elijo de nuevo.
Con las piedras.
Con la luz.
Con todo.
Y mientras me iba,
o volvía, quién sabe,
pensé, casi sonriendo:

capaz que el formulario
no era para cambiar nada…
capaz era
para ver
si había entendido.
… y el formulario quedó sin copia.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











