… y como siempre me pongo a defender al desgraciado. Pues le hice un poema:
Llegó torcido a la mesa
y primero me dio risa.
Tenía gesto de santo
sorprendido por la prisa.
Un hombro miraba al cielo,
otro se iba para el suelo,
y en su barriga encendida
temblaba un secreto entero.
Después me dio una tristeza
de esas que no hacen ruido:
pobre pimiento doblado,
pobre payaso vencido.

No tuvo culpa la huerta,
ni la lluvia, ni el verano.
Algo tocó su semilla
con demasiada mano.
Quisieron hacerlo perfecto,
obediente, igual, correcto,
y salió con alma propia,
colorado y contrahecho.
Pero allí estaba, valiente,
sin esconder su figura,
con sus pliegues de criatura
y su pequeña hermosura.
Parecía que decía,
con su silencio de fuego:
“No me miren como broma,
mírenme un poquito luego.
“Cocíname, si hace falta,
ponme aceite, sal y amor,
pero antes de partirme
mírame sin superior.
“No me rías la desgracia,
no me juzgues la rareza,
que a veces lo más torcido
guarda intacta la belleza.
“Yo no vine a ser perfecto,
ni postal, ni escaparate.
“Vine a traer a la mesa
mi verdad de disparate.
“Y si algún día me ves raro,
no preguntes qué me pasa.
“Tal vez solo estoy viviendo
con la forma que me abraza.
“Tal vez solo estoy gritando,
sin orgullo ni lamento:
quiero ser lo que me nace,
lo que quiero,
lo que siento.
“Tal vez solo estoy pidiendo,
con mi corazón sincero,
que me dejen, aunque sea,
ser pimiento verdadero”.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













