En Quito, 1979, detrás del estadio, teníamos una casa colgada en la ladera de la montaña con las ventanas abiertas al cielo. Desde allí se veía la ciudad tendida como un mantel de luces. De día, los techos brillaban como espejos bajo el sol, pero era de noche cuando la magia ocurría: las lucecitas se encendían una a una, temblando en la distancia, y para nosotros era como tener un arbolito de Navidad eterno, ese que tanto habíamos extrañado durante esos tres primeros años de exilio político.
Una tarde de diciembre, paseando entre los puestos de la feria, encontramos un stand suizo. Vendían relojes Cucú. Los había de todos los tamaños. Pero entre todos había uno mediano, justo, con sus tres pesas de plomo colgando y esas cadenitas que parecen los hilos con los que el tiempo teje la vida. Mi mujer se quedó mirándolo con esa sonrisa que es un mundo entero. Yo, en silencio, supe que ese reloj tenía que ser nuestro.
Esperé a la Nochebuena. Esa noche fue sencilla, luminosa. Mis hijos todavía eran chicos, el pan estaba tibio, y el aire olía a hogar recién hecho. A la hora de los regalos los repartí. A mi mujer le di la caja grande. La abrió despacio, como quien desata un lazo muy delicado. Adentro, estaba el Cucú.
Cuando lo colgamos en la columna, todos nos quedamos quietos, conteniendo el aliento. A las doce se abrió la ventanita y el pajarito salió a cantar: cu-cú, cu-cú, cu-cú, con su musiquita alegre que hacía ti-ti-ti-ti-ti. Fue como si el tiempo, de pronto, se hubiera puesto a bailar en nuestra sala.
Desde esa noche, el Cucú le puso música a nuestra vida. Los chicos crecieron al compás de su canto. Cada hora era una pequeña fiesta. Hasta los días tristes se llenaban de un consuelo extraño cuando el pajarito salía a saludar.
Años después, cuando llegó el tiempo de volver a Argentina, lo descolgamos con un cuidado de orfebre. Lo trajimos en la furgoneta, acuñado entre colchones y recuerdos. En Buenos Aires, lo guardamos en su caja. El Cucú se durmió. Y cuando quise despertarlo, no quiso cantar. Parecía triste, como si su mecanismo añorara las noches estrelladas de Quito.
Pasaron años. Hasta que un día, mi hijo Pablo me dijo: -Pa, ¿me lo das?-.
Era un pedido y una promesa al mismo tiempo. Se lo entregué. Lo mandó a arreglar a un relojero del barrio y volvió a la vida.
Ahora suena otra vez, con la misma alegría de antes, pero en una casa distinta: la suya, la de Pablo, donde mis nietas corren y aplauden cada vez que el pajarito sale a decir cu-cú. A veces lo visito. Y cuando lo escucho cantar, me quedo callado.
Siento que ese reloj, en vez de medir el tiempo, guarda el cariño en un compartimento secreto. Nosotros envejecimos, sí, pero él sigue marcando, puntual, las horas del amor. Y cada vez que abre su ventanita y canta, me parece escuchar que lo vivido no se pierde, solo se muda, y sigue cantando en otra casa.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











