No fue en los libros, fue a los golpes.
De tanto perder, aprendí a guardar tesoros
que roban el aliento y no caben en los bolsillos.
De tanto ganar, supe de la ceniza amarga
que deja lo que brilla y no echa raíz.
Me di contra la misma piedra hasta sangrar,
y el peñasco, cansado de mi testarudez,
susurró: “la paciencia, pibe, no se apura”.
Caminé descalzo sobre esquirlas de recuerdos;
del lodo y la sangre, mis pies sacaron alas.
Aprendí que el tiempo no para.

Amé con pasión y le puse nombre a las mariposas.
De llegar tarde entendí que la vida
no tiene último vagón, solo andenes
donde uno deja algo y sube a otro tren.
Lloré hasta vaciarme y hallé, al fondo,
la risa agazapada como un perro bueno.
Callé tanto que un día nacieron palabras nuevas,
puentes tendidos hacia otras almas.
Amé a lo bestia, sin mapa ni permiso,
y quedé en trozos; cada fragmento, cicatriz y mapa nuevo.
Conocí el amor y supe lo que es arder por dentro,
Amé con pasión y le puse nombre a las mariposas,
regalo que no a todos llega.
Aprendí a perdonar y a pedir perdón
cuando mi orgullo quiso ser rey.
Construí puentes a ciegas: algunos cayeron,
pero los que quedan me llevan a la gente que quiero.
He peleado a la vida con buenos ojos:
me levanté cada mañana antes del sol
para cumplir horarios que parecían imposibles.
Soñé empresas, creé organizaciones, ofrecí trabajo.
Adopté lo nuevo con mente abierta y sonrisas,
y cuando salió bien dije:
“Ya le envié la factura, Don Antonio; yo la revisé, créame. ¡Y fue un éxito!”.
Reímos juntos y seguimos sembrando.
La nostalgia ya no muerde:
ahora es un perro manso que calienta mis pies
y trae olor a pan de infancia.
La esperanza no es de tontos:
es un caballo indómito que amanso cada amanecer.
Senté a la soledad en mi mesa, le cebé mate;
se hizo sombra leal y consejera.
Caminé con miedo pero de frente:
el miedo no se mata, se doma
cuando uno lo llama por su nombre.
Entendí que la vida no es un juez, es un pulpero viejo:
a veces te cobra caro, pero siempre te da de beber
si pagás con sentido.
Que el amor no son días de fiesta,
sino abrazos que te salvan cuando hiela el alma.
Hoy ando liviano.
No porque pese menos, sino porque solté
lo que era prestado.
No busco aplausos: busco verdad.
No persigo cumbres: celebro mi llanura honesta.
No junto objetos: guardo risas, olores, paisajes.
Me reconozco en el chico de la acequia,
el que inventaba mundos con palo y alambre.
A él le debo no venderme: seguir curioso,
cantar aunque desafine, volver siempre a casa
con la puerta abierta.
Y sigo cantando: zambas, chacareras, tangos,
canciones de niños y de viejos, todas con la misma guitarra
que conoce mis derrotas y mis alegrías.
Sé que el camino sigue.
Vendrán pérdidas y milagros que ni imagino.
Vendrán adioses que corten el aire
y regresos que lo devuelvan.
Pero ya no tiemblo: llevo brújula en el pecho
y horizonte en la mirada.
Y aprendí también a ser mi propio sereno:
a recorrer mis calles interiores cuando todos duermen,
a escuchar el eco de mis pasos y anunciarme:
“¡Las doce han dado y sereno!”,
para saber que sigo vivo, despierto y a salvo.
Porque vivir -lo digo sin deuda-
no es llegar intacto a la meta,
sino quemarse en el amor
hasta quedar sembrado como semilla
en cada lucha, en cada abrazo, en cada pan partido.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













