Hay noches en que todo parece igual.
La mesa preparada, las luces encendidas, los saludos de siempre.
Y sin embargo, algo distinto se mueve despacio, casi sin ruido.
Navidad no es solo una fecha.
Es un nacimiento.
Y todo nacimiento trae fragilidad, espera y promesa.
Esa noche nació Jesús.
No en el centro, no en lo cómodo, no en lo previsto.
Nació donde había lugar, apenas.
Como nacen las cosas que de verdad importan.
A veces entra la risa.
Otras veces, el recuerdo de quien falta.
Y a veces entra el silencio, que también sabe arrodillarse.
Si uno baja un poco la guardia,
si deja de exigirle a la noche que sea perfecta,
si acepta que el corazón esté como esté,
Jesús vuelve a nacer ahí.
No hace ruido.
No reclama.
No se impone.
Llega como el amor que no invade,
sino que pregunta si puede quedarse.
Que esta Navidad no nos encuentre impecables,
sino disponibles.
Que Jesús encuentre una silla, un gesto, un rincón del alma.
Y que, sin darnos cuenta,
el amor fije domicilio en nuestro corazón.
Feliz Navidad.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













