Era un hombre de estatura mediana, cuerpo sólido, más bien cuadrado, aunque no gordo, sino macizo. Tenía el pelo muy canoso y ojos de color marrón claro. Vestía un gabán de color montaña nublada, y llevaba las manos en los bolsillos. Cuando lo hizo pasar, el personaje se desprendió el gabán y se sentó en la desportillada poltrona de mirar la estufa. Preparó café, más porque era lo que siempre había visto que se hacía en las películas cuando llegaba un desconocido a una casa, rito que se celebraba aún antes de intercambiar una palabra. Además nunca iba nadie a esa casa, o departamento, así que no dejaba de ser una ocasión especial. Café no faltaba, del más barato y torrado, pero había.
-Me llamo Melchor Montoya. Vengo a decirle que no acepte el legado de Isabel Pereira-.
Esas palabras condujeron su mirada directamente arriba de la mesa, al exótico potiche japonés donde ya se habrían enfriado las cenizas de su vecina, y que acababa de apoyar allí al entrar en la casa. Le explicó al desconocido, o a ese hombre que lo había seguido y se presentaba como Melchor Montoya, que él no tenía la menor idea de a qué se refería con eso del legado de Isabel Pereira, y que ese mismo día lo había llamado el abogado Casacordero para avisarle que existía un testamento, y que ese testamento lo mencionaba.
Montoya lo miraba fijamente desde la poltrona, con la tacita de café en las manos y esos ojos que si hubieran sido una perforadora ya habrían llegado al departamento contiguo. Él le explicó con parsimonia que su relación con su vecina de arriba, a la que había encontrado colgada de una vetusta araña de caireles, había sido especial pero en cierto modo nunca habían llegado al punto de contarse intimidades, y si bien de cuando en cuando se juntaban a tomar, de ahí a mencionarlo en el testamento había un abismo. Y encima ahora venían a decirle que esa mención había que rechazarla. Todo era tan extraño, pero viniendo de Isabel Pereira no podía ser de otra manera.
Porque Isabel Pereira no había sido una mujer común, en ningún sentido. Ancha y maciza, de grandes pechos ya desbaratados pero aún imponentes, cara grande de rasgos bastos, con ojos enormes apenas mitigados por el inevitable derrumbe de los párpados que siempre, absolutamente siempre, estaban delineados y pintados; boca que de tan generosa casi era procaz, y cabellera entrecana, ondulada y larga hasta los hombros, que parecía decir “jamás estuve en manos de un peluquero”, esa mujer imponía respeto, o al menos subyugación. Su voz no desmentía su apariencia física, era grave, o más que grave honda, como si saliera a la luz después de recorrer cavernas inhóspitas y de abrirse paso a empellones entre estalactitas y estalagmitas. Pero era su personalidad la que la hacía inolvidable, o mejor sería decir: insoslayable. Una vez que se la conocía no se podía dejar de conocerla, su presencia seguía en el espacio que había ocupado su cuerpo portentoso, como si al marcharse hubiese dejado en su lugar un holograma transparente pero casi tangible. La conoció al día siguiente de haberse mudado al conventillo, cuando regresaba del almacén con una bolsa llena de plantas de acelga en una mano y un maple de huevos en la otra, detenido frente a su misma puerta.
-Le haría falta otra mano. Aunque los hombres presumen que su miembro es una tercera pierna, o algo así. Lástima que no le sirva para abrir la puerta-. La voz provenía de arriba, del único departamento alto, justamente encima del suyo. Un balcón esquelético sostenía a Isabel Pereira, que lo miraba con ironía desde esa posición ventajosa similar a las de los ángeles de estuco en las iglesias.
Dejó el maple en el suelo y buscó las llaves en el bolsillo. No se le ocurría qué responder a su vecina, ni entendía si se trataba de una grosería o de un chiste. Lo único que le vino a la cara fue una sonrisa estúpida que dirigió al balcón antes de entrar en su casa. Cuando salió a buscar el maple de huevos la mujer ya no estaba allá arriba.
No volvió a verla durante muchas semanas, su trabajo en el colegio y sus paseos por el cercano cementerio lo mantenían bastantes horas fuera de su casa, y en las noches no se preocupaba de prestar atención a si se escuchaban pasos provenientes del piso superior. Un atardecer en que había intentado liberar nervios y frustraciones mirando tumbas, Isabel lo estaba esperando acodada en el balcón.
-¿Cómo se llama?- le dijo sin saludarlo.
-Arriaga- respondió él usando la misma cortesía.
-Eso ya lo sé, para algo están los apellidos en los buzones. El nombre digo-.
-Ah, Juan-.
Isabel se quedó mirándolo, y había que tener temple para sostener esa mirada. Pero ese atardecer él venía cargado de miradas que había confrontado en los cientos de lápidas desde donde las fotos de muertos lo habían acompañado en su recorrido por el cementerio.
-Bueno, Juan. Podría ser peor. Venite a tomar una copita-.
¿Una copita? Esa manera de hablar se la había escuchado a su abuela, muerta allá por el ’80.
La copita era whisky con hielo, y hasta que no terminaron la botella no dejaron de tomar. Ésa fue la primera vez que conversó con Isabel Pereira, y de ahí en más ella se convirtió en alguien para Juan Arriaga. Y alguien en la vida de ese hombre solitario y reflexivo que no frecuentaba amigos sino tumbas, podía ser todo un mundo.
-¿Qué le contó de su vida?- preguntó Montoya con la tacita de café en la mano como quien sostiene un frasco de nitroglicerina y no le importa morir en la deflagración, mientras no atenuaba su mirada agujereadora.
-No hablábamos de nuestras vidas-.
-Imagino entonces que no sabía nada de las, digamos, actividades de Isabel Pereira. Bueno, tal vez eso ya no tenga importancia. Se lo digo nada más para que no acepte ningún tipo de legado que le haya hecho-.
-¿Qué legado?- Juan Arriaga ya había tomado su café hacía rato. Pero también seguía sosteniendo la tacita en las manos, como si pretendiera blandir esa otra arma ante la amenaza del frasco de nitroglicerina que esgrimía Montoya. Sólo que él sentía que la suya sí era una tacita de loza, mientras que en manos de Montoya la otra tacita se le antojaba un arma a punto de acribillarlo.
-No lo sé tampoco yo, aunque me lo imagino. Se va a enterar cuando lean el testamento-.
La tarde se estaba deshilachando en el pasillo del conventillo y arañaba con un último fulgor oxidado la puerta del departamento de Juan Arriaga, pero él no podía verlo, porque se había quedado aprisionado en la cadena rígida de la mirada de Melchor Montoya.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













