Esa mañana Isabel Pereira supo que tenía que morir.
Miró a su alrededor lo que había sido su hogar, recargado de cosas que no se podrían calificar de valiosas, pero a las que el tiempo había dado esa pátina ennoblecedora que protege a cada objeto, a cada mueble, del peligro de una desaparición mediocre, adocenada. Miró y recordó la historia de cada una de las piezas con las cuales había decorado ese departamento vetusto en el que vivía hacía añares. Fue recorriendo con las pupilas cada rincón, cada elemento que le pudiera servir para su finalidad, hasta que levantó la vista y ésta cayó sobre la viejísima araña de caireles, un anacronismo que no sólo servía para juntar polvo y telarañas, sino que además daba a todo el conjunto de esa sala el aire de mil y una noches de la decadencia que a ella tanto le gustaba. Estaba fijada al techo por un gancho de hierro, sin duda soportaría sus noventa kilos.
El testamento estaba hecho hacía tiempo, desde que había conocido a su vecino de abajo, a Juan Arriaga. Y en cuanto al gato, ese animal miserable que se le acercaba sólo para pedir comida o para apoltronarse donde estuviera cómodo, era mejor que se fuera también él de esa casa, que volara por el aire y aterrizara en el hogar de algún desgraciado que se apiadara de él y dijera con el corazón henchido de buenas intenciones, “cómo puede haber gente tan desalmada que trata así a los animales”. Estaba todo resuelto.
Es decir, resuelto de alguna manera. La muerte era un modo silencioso de salir del escenario y de que los que quedaban allí se encargaran de continuar con la representación. Ella estaba cansada y vieja, y además las amenazas cada vez se volvían más certeras y cercanas. No quería terminar destripada en alguna acequia o con un tiro en la nuca en algún callejón sin salida. Mejor irse por propia voluntad. Lo que había podido hacer, lo había hecho. Había mantenido a raya a los secuaces del desamparo durante decenios, había dedicado su existencia a trazar la línea que les impidiera avanzar con sus artimañas y seguir envenenando al mundo, ahora ya era el momento de descansar, y como no le tenía miedo a la muerte, siempre que fuera su decisión y no la de otros que la pudieran sorprender desprevenida, había elegido partir por sus propios medios.
Un poco le daba piedad por Juan Arriaga, ese pobre infeliz iba a tener que cargar con un fardo que nunca se hubiera imaginado, los secuaces del desamparo no eran papel picado, ni mucho menos. Pero entre vivir con el único objetivo de enseñar sujeto y predicado a bandadas de adolescentes abúlicos y visitar el cementerio para hablar en silencio con las lápidas, adentrarse en un mundo de tinieblas y peligro era, en cierto modo, un regalo que le debería agradecer, pensaba Isabel Pereira mientras anudaba una cuerda en el gancho de hierro de la araña, subida a una escalerita enclenque que parecía ella también estar diciendo adiós a sus días en este mundo. El gato la miraba con la misma desidia con la cual la contemplaba desde hacía años, sin imaginar -tal vez, nunca hay que menospreciar la intuición de los felinos- que en breve se vería convertido en un cometa inusitado que atravesaría los cielos de la Cuarta para aterrizar quién sabe dónde, y quién sabe si con vida. Isabel Pereira tenía una fuerza descomunal.
Ya había hablado con Edelmiro Casacordero, un viejo compañero de lucha que conocía muy bien los pasos de los secuaces del desamparo, y juntos habían redactado el testamento que sería una suerte de veredicto inapelable para Juan Arriaga. Alguien tenía que proseguir el trabajo, y ese hombre solitario, sin más familia ni amigos que los muertos del cementerio, era la persona ideal para exponer su vida, y, en cierto modo, darle una razón. Porque después de todo, pensó quizá de manera egoísta Isabel Pereira, ¿cuándo se está más vivo que en el momento de correr peligro de muerte?
Así fue como se colgó de la araña de caireles y su vida terminó en dos o tres estertores que no fueron advertidos por el gato, que ya había surcado los cielos en busca de mejores horizontes.
Cuando Juan Arriaga llegó a la oficina de Casacordero se había puesto los zapatos y el saco color habano que usaba para los actos patrios en el colegio, una verdadera deferencia hacia el abogado que estaba a punto de decirle que de ahí en más su vida estaba hipotecada en una tarea inimaginable.
-Muy buenas tardes, señor Arriaga, lo estaba esperando.
-Mucho gusto.
-Siéntese, por favor, esto nos va a llevar un poco de tiempo.
Juan observó que el estudio de Casacordero estaba tapizado de madera, de verdadera madera, no como las oficinas modernas, sino con un refinamiento que recordaba alguna novela inglesa de fin del siglo XIX. Observó también con extrañeza que las bibliotecas no estaban ocupadas por esas filas de libros idénticos, gruesos, con lomos de letras doradas, que habitualmente decoran los estudios jurídicos y que todos saben que nadie, tal vez ni los mismos autores, han leído. La biblioteca de Casacordero, por el contrario, tenía todo el aspecto de esas colecciones de los verdaderos lectores, o sea libros de distintos tamaños y facturas, ordenados no por color y tamaño, sino por reglas invisibles que sólo el dueño conoce. Tampoco estaba colgado en la pared el importante diploma de abogado emitido por alguna universidad rimbombante, sino que había un cuadro grande pintado al óleo y otros más pequeños, todos con paisajes marinos, barcos, tormentas en alta mar.
-Vamos a lo nuestro -dijo el abogado, y sacó de un cajón del imponente escritorio de roble, una carpeta de color negro, sobre la cual había un dibujo extraño, sorprendente si se pensaba que adentro se guardaban sólo papeles legales. Juan Arriaga enfocó la mirada y en una fracción de tiempo que podría haber sido de segundos, vio que el dibujo era una calavera sobre la cual había un ojo abierto dentro de un triángulo, y alrededor dos cintas con una inscripción en latín que no alcanzó a leer, aunque distinguió la palabra “mors”, o sea: muerte.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













