Si te gustan los niños y los animales, vas por buen camino.
Quiere decir que todavía tenés el alma clara, que no perdiste la ternura, ni esa inocencia que se defiende sola, sin discursos.
Porque la edad verdadera no se mide en almanaques, se mide en la luz que aún te alumbra por dentro. He visto viejos con mirada de estrenar y jóvenes con el corazón cansado. El secreto no está en la piel: está en la energía con que abrazás la vida.
Si los chicos se arriman a vos sin miedo, si los perros mueven la cola al verte pasar, si la risa todavía te brota sin permiso… entonces sos más joven de lo que dicen los papeles. Esa es la juventud que vale, la que ni el tiempo ni las arrugas saben borrar.
Claro que una luz así también atrae sombras, como la vela a las polillas. Por eso hay que cuidarla: no dejar que nadie te la apague, soplarla con aire limpio, alimentarla de amor.
Y cuando alguien me dice que me veo más joven, yo me río bajito. No es truco de genética ni vanidad: es que todavía me queda camino por andar, abrazos por dar, palabras por sembrar.
Porque al final, el cuerpo envejece, pero el alma rejuvenece cada vez que aprende a amar.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













