El Chueco Gabriel fue desde tiempos inmemoriales, un milagro de la supervivencia.
La barra del bar, los muchachos del barrio, los amigos de siempre lo afirmábamos concienzudamente desde la certeza de que jamás lo habíamos visto trabajar. Tampoco le habíamos conocido una fuente de ingresos -lícita o no- que le permitiera ganarse la vida, tema que él refrendaba desde la soberbia de su jactancia, afirmando con seriedad que era capaz de obtener lo que deseara, cuando lo deseara, y con el menor esfuerzo posible “de quien fuera”
Lo más cercano a un empleo que le habíamos conocido era su ancestral oficio de hijo único, que el Rusito desempeñaba desde su más tierna infancia, defendiendo ese espacio de privilegio a capa y espada desde entonces, hasta “ésos días” de la última década del siglo, cuando ya estaba entrando en sus treinta y pico de años.

¡Hasta en crear la “adolescencia tardía” el Rusito fue un adelantado!
Desde pequeño, y gracias a un oportuno ataque de fiebre reumática, el Chueco se las había ingeniado para explotar las debilidades y culpas que cargaba en la mochila su querida idishe mame, manteniéndose bajo su ala protectora años y más años como niño desvalido, pequeño y esmirriado, enfermo en continuado, vilipendiado (a los ojos de su mamá) por su condición física, religiosa e intelectual; representando durante muchos años uno de los papeles más fructíferos de su etapa preparatoria de actor precoz.
Estas características fueron siendo revalidadas año tras año por Doña Judith, que colaboró a conciencia en la formación de Gabrielito, ora llevándole el desayuno a la cama, ora alcanzándole la toalla calentita y la ropa interior recién planchada a la ducha, o enviándolo en taxi al colegio, el club o la sinagoga, tanto los días de sol y calor, como los de frío y lluvia “para que el nene, pobrecito, no se enferme con este clima inclemente”; o bien desviviéndose a cada instante por cumplir con todos y cada uno de sus caprichos.
Todas estas atenciones llevaron al Chueco a perfeccionar sutilmente su arte de cómo ser un mantenido consuetudinario, sin culpa alguna.
Estudiante crónico, finalizó el secundario a duras penas, con bastante retraso, para luego encarar las más diversas y disímiles carreras terciarias o universitarias, que puntualmente abandonaba cada año y medio, recomenzando otra diametralmente opuesta en el próximo ciclo lectivo, logrando así seis meses de merecido descanso pago entre un intento y otro.
Como tiempo era lo que le sobraba, se había convertido en un lector compulsivo de primera línea, y todo lo que pasaba por sus manos lo devoraba con ansias de antropófago. Pero de la infinidad de cosas que leía, el Ruso prefería las que entre los muchachos del bar llamábamos “lectura de autoayuda”.
Si el tema era la Historieta, no se perdía una sola de Avivato o Isidoro Cañones.
Si había que elegir un autor argentino, su favorito era indiscutiblemente Roberto Arlt, y sus Aguafuertes Porteñas, donde el Chueco tenía como predilectas “El hombre que se tira a muerto”, “Divertido origen de la palabra Squenún”, o “El Hombre Corcho”.
Si de clásicos se trataba, “El Jugador” de Dostoievsky, o “El Lazarillo de Tormes”, eran sus libros de cabecera.
Adrián tenía la particularidad que sus lecturas preferidas pasaban de inmediato del papel, a enriquecer su inagotable fuente de recursos para pasarla mejor.
Ya adulto, se reconocía como miembro inveterado de la “Orden de Los Caballeros de la Garra”, no estrictamente en sus convicciones fundacionales, sino también en las que Arlt les “destinara” en sus Aguafuertes (el garroneo), convirtiéndose en el terror de la mesa del café.
Con los más variados argumentos, el Rusito podía indistintamente hacerse invitar, ganar apuestas con el resultado puesto de antemano, “garronear” a cuanto incauto se arrimara, o dejar unos muertos de antología que le valían el “retiro del carnet de pileta” tanto de la mesa como del bar, por varias semanas, para luego retornar como si nada, hecho un “figurínpelo”, como dice el Nano.
Por años, todo había transcurrido armoniosamente en la vida de Gabriel, hasta el trágico y nefasto día del accidente.
Don Aarón, su padre, siempre había sido un hombre recto, justo, meticuloso y ordenado, pero un día tuvo el infortunio de cometer un error garrafal. Cansado de discutir con Doña Judith por las andanzas del vago de su hijo, no tuvo mejor idea que sugerir que al Rusito le había llegado la hora de hacerse hombre y debía trabajar. Y que desde ése día, comenzaría a encargar a su hijo pequeñas diligencias familiares y comerciales, para sacarlo de ese ostracismo improductivo e iniciarlo en los negocios de la familia.
Y entre las primeras encomiendas requeridas, estuvo la de ir a pagar la cuota del seguro del auto de Don Aarón al banco. Craso error, del que sus padres nunca llegaron a enterarse.
El Ruso, apenas aceptado el trámite, ni corto ni perezoso, miró la fecha de vencimiento del pago, y como aún faltaban dos días, salió corriendo hacia la agencia del quinielero más cercano, a pasarle una fija imperdible en Palermo, jugando todo a las patas de un burro, que por supuesto, llegó último.
Pasaron los dos días, y la semana, y la otra semana; y el seguro impago terminó caducando, sin que nadie pidiera los comprobantes de pago al improvisado cadete.
Por esos días, Doña Judith y Don Aarón, como todos los años, partieron en auto hacia la Costa en el mes de octubre, para acondicionar sus pisos de alquiler durante las vísperas de la temporada veraniega.
El cansancio, el sueño repentino, o tal vez la última discusión con Gabito, más los calmantes que tomó Don Aarón, hicieron que el buen hombre cabeceara una y otra vez al volante del auto, hasta quedarse dormido y chocar con destino fatal para él, su mujer, y dos transeúntes, contra el frente de un edifico a la vera de la ruta.
Cuando los abogados de los deudos del accidente automovilístico con la familia de Gabriel iniciaron las acciones legales, la Compañía de Seguros estableció que la cobertura estaba caducada al momento del siniestro, por falta de pago.
Seis meses después, le embargaron la casa, el chalecito de Mar del Plata, los pisos de alquiler en la Costa, el auto de la mamá, y los demás bienes existentes pasándolos a remate; y el Ruso, de un día para el otro, se quedó en Pampa y La Vía.
Deprimido, se alojó momentáneamente en la casa de una noviecita que al poco tiempo le dió salida, y desde allí comenzó su peregrinar por pensiones de mala muerte y departamentos de alquiler baratos, o compartidos… de los que indefectiblemente terminaba siendo lanzado a los dos o tres meses… por falta de pago.
Ducho ante la adversidad, en poco tiempo había elaborado una batería imposible de recursos para la subsistencia indigna, como así también diversas técnicas para eludir porteros y caseros molestos que orillaban la exquisitez, y era patrimonio exclusivo del Gabo un arte de convicción tan finamente pulido, que en más de una oportunidad los damnificados incurrían de motus propio en prestarle dinero para solventar sus deudas, invitarlo a comer, o compartir una apuesta “ganadora” financiándola, con el consabido resultado de la posterior desaparición del Chueco al serle esquivos todos sus pronósticos.
Para solventar su ocio militante, en algún momento debió claudicar en su infatigable modorra, y desarrollar las actividades más variadas y extrañas, aunque no menos clásicas en el mundillo de los pillos.

Así Gabriel, fue “datero” en el Hipódromo de Palermo, “grupín” de Remate “trucho” en la calle Florida, “levanta-fichas” en el Casino de Mar del Plata, vendedor de resultados de exámenes a tomar en la Facultad de Medicina, y tantas otras tareas que demandaran poco movimiento, bajo estrés, y rápidas utilidades.
Aún así, el Ruso andaba siempre a la miseria, sin un centavo en los bolsillos agujereados, y con el estómago y las tripas resonando de la hambruna de varios días.
Había momentos que en la mesa del café, se quejaba de su mala suerte por no haber nacido a tiempo para explotar la época de oro de la “Venta de Buzones”, el “alquiler del Obelisco”, o “cobrar peaje” para entrar al microcentro en días de veda… tiempos históricos en el que nunca le habrían faltado ni la comida, ni el buen dinero.
Así fue como un día, entre aquellos últimos de 1994, el Chueco Gabriel (que andaba por las calles del señor medio muerto de hambre, solo, fané y descangallado, con las paredes del estómago ensartadas como churrasco de croto una contra otra, más vacías que las arcas de la Caja Nacional de Ahorro y Seguro) descubrió el filón.
Caminaba al borde del desmayo por las callecitas de La Lucila, que tienen ese qué se yo… ¿viste?… cuando visualizó sobre Maipú un incesante despliegue de coches.
Ya era demasiado tarde, las tres de la madrugada, y no quedaba un mísero boliche abierto donde poder guarecerse de la tenue garúa intermitente que mojaba la Avenida del Alto, y el Rusito, decidido, encaró hacia las luces.
No sé como lo supo, pero el tipo “vio la luz” cuando su agudo y entrenado sentido del olfato, incentivado tras varios días de ayuno, detectó un grato aroma de spaghettis al scarparo que alteraron la impronta de faquir en desgracia con que intentaba pasar los días.
Provenía de un cercano salón mortuorio, justamente, conocido como la Cochería Paraná.
Como hipnotizado por el aroma voluptuoso de la pasta al dente, Gabriel cruzó el umbral de la primer parada en el camino hacia la última morada de un insigne bolichero napolitano, del cual sus deudos habían decidido despedirse con una opípara cena a cajón abierto, en memoria a las bacanales con que festejaban sus días de vivo, agasajando con ella, su primer día de muerto.
Ingresó casi levitando a la sala principal, se hincó ante el atril que portaba el cajón del difunto, y con emocionadas lágrimas en los ojos, sollozó un adiós conmovedor, y un gracias lejano, para comenzar a temblar epilépticamente, trémulo de emoción, al recibir un plato de spaghettis humeante y delicioso entre sus manos heladas de inanición.
El público, conmovido por tal acto de contrición y devoción de aquel desconocido amigo, no pudo más que solidarizarse con la congoja de semejante allegado, brindándole dobles raciones de cada tentempié con los que se amenizó la larga espera hacia el camposanto.
Con el último café en el Cementerio Parque Norte, el Chueco se despidió de los demás deudos con la convicción de que desde ese glorioso día, nunca más pasaría necesidades.
Así fue como cambió de un día para otro sus hábitos de lectura, pasando de La Rosa, la Blanca o La Verde de Palermo, a los obituarios de La Nación, y The Buenos Aires Herald, (anche a veces, los más proletarios del Clarín) para nutrirse gracias a ellos, de un sinfín de agasajos mortuorios a los más conspicuos miembros de la clase alta porteña que habían partido en ése día.
Las costumbres adoptadas desde los cánones más refinados de las Ciencias Mortuorias y Tanatorias, introducidas en nuestras “familias de pro” por el inefable Licenciado Péculo, habían transformado los aburridos velatorios con servicio de té y café, en verdaderos banquetes propios de un Faraón camino al Dat, y el Ruso Gabriel, desde aquella gloriosa noche, no se perdería, jamás, ni uno solo de aquellos magníficos eventos de etiqueta.
De inmediato, vendió el último prendedor de oro de Doña Judith que aún conservaba, para comprar en una Feria Americana de Las Cañitas un lustroso pero digno traje azul-negro de Versace, con corbata ad-hoc, un prendedor- sujeta corbata de plata con una perla blanca en su extremo, una impecable camisa blanca, y un brillante par zapatos negros de cuero charolado. Ya estaba listo para acudir elegantemente vestido a lo más Top de los fallecimientos vernáculos.
Las primeras veces, se mostraba sobrio y medido, estudiando cada una de las costumbres y el prolongado ritual de las horas de espera, como así también, las bondades de los distintos servicios.
Los había mesurados y conservadores, sirviendo solo un buffet froid consistente en sandwichs de miga, algunos saladitos y bebidas gaseosas; como otros más fastuosos en los cuales el cheff de moda recomendaba las bondades de la cocina mediterránea, un buen asado, o incluso, un curanto vernáculo, regados con los más exquisitos vinos de famosas cavas nacionales e internacionales, bajo el experto consejo de un sommelier ad-hoc.
Con paciencia y dedicación, el Chueco se fue convirtiendo en un gourmet de velorio, astuto, sagaz, aprendiendo a elegir a qué citas concurrir, o cuales obviar, en pos de un menú cada vez más exquisito y suculento, y desde allí, hubo de ir estableciendo relaciones personales que le permitieran acceder a otras citas con la muerte aún más excéntricas.
Gracias a ello, comenzó a incursionar en otros ámbitos más exclusivos aún, donde los finados nacionales e internacionales y sus deudos optaban por la despedida temática, realizando fiestas de partida hacia la “quinta ´el ñato”, bien en discotecas (para los más calaveras), bien en hipódromos, con caballos, carreras reales, apuestas y afines, provistas por los organizadores para los burreros más consuetudinarios, o bien con encuentros swingers, donde el difunto era recordado con videos de sus más gloriosas actuaciones, mientras la concurrencia intercambiaba pareja dándole a la matraca a grito pelado, y vivando a su mentor en su paso al “Nivel 2”.
Transcurrieron los años, y el Chueco, explorando en la vida política, sumó a la lista de fiambres que partían a los celebrados por los “muchachos de la pizza con champán”.
Por entonces, había perfeccionado tanto su sistema, que gracias a la incorporación de una computadora, poseía una base de datos tan amplia de chimentos, cuitas y secretos de los finados, que se permitió montar un servicio de asesoramiento a terceros en las más variadas vicisitudes que se presentaran con respecto a los difuntos.
Tal volumen de información y conocimientos, contactos y allegados, y el haberse convertido en un popular animador de las más conspicuas reuniones fiambrísticas del país, oficiando orade contador de chistes, ora de consolador de viudas, confidente de “secretos que no se llevarían a la tumba”, nexo en negocios y negociados del ambiente nichístico, o simple apoderado de varias empresas de sepelios y afines, lo llevaron a ser indispensable para políticos y gobernantes, a tal grado, que un Presidente veleidoso terminó nombrándolo Asesor en Ciencias Mortuorias de la Casa de Gobierno, cargo que desempeñó con honor y dedicación, llegando a conservarlo aún con el paso del tiempo, los funcionarios, y los presidentes.
Los muchachos del bar, por largo tiempo le habíamos perdido en rastro.
Las últimas veces, lo habíamos visto abordar el helicóptero en la Casa Rosada, en las notas de fines de 2001. Lo vimos nuevamente en vídeos de España, primero cercano a Rodríguez Zapatero, luego, entre los empresarios exitosos que acompañaron a Rajoy en sus visitas a la Argentina, antes de ir presos o ser echados de sus partidos.
Ayer, luego de muchos años, apareció nuevamente en aquel Bar donde dejaba muertos imposibles, años ha.
Sonriente, triunfador, bronceado e impecable, invitó la vuelta a todos los de la barra, y lo más asombroso, fue que la pagó.
Al retirarse, nos dejó una tarjetita.
Ahora era Ministro Plenipotenciario en Ciencias Mortuorias del Gobierno de la Nación, y también, mano derecha de la Secretaria General de la Presidencia de la Nación Argentina, el Ilustrísimo Prescindente EL JAVO.

Con una sonrisa canchera, se despidió de todos, y así, como de pasada, nos dijo:
Muchachos… ¿ustedes se pensaron que me iba a perder un velorio tan memorable como el de la clase trabajadora argentina?
¡Ni en pedo, mi viejo, ni en pedo!






Julio 2008 / febrero 2026

Columnista invitado
Juan Rozz
Historietista, guionista, cuentista, escritor. Columnista en Revista TUHUMOR, edición digital, colaborador en NAC & POP Red Nacional y Popular de Noticias. Autor del libro “Historias de Desaparecidos y Aparecidos”, Acercándonos Ediciones. Creador de “El Caburé Peña de Historietistas” y “El Caburé – Cooperativa Editorial”. Creador, productor radial y columnista de “Gorilas en La Plaza” – EfeEmeUnydos. Colaborador en “Rebrote de la Historieta Argentina”. Colaborador en “Web Guerrillero” – Periódico Digital Internacional. Colaborador en “Museo de la Palabra” – Fundación César Egidio Serrano.
Foto: ilustraciones: Rozz, el Emperráu & GPTano











