Pretender entender la realidad política y social de un país localmente, es impensable hoy en día en un mundo globalizado. En realidad, nunca la política se pudo entender sin una mirada geopolítica. ¿Cómo pensar en Atenas sin mirar a Esparta o a Corinto? ¿Cómo a la vida en las Galias en el siglo I AC sin tener en cuenta a Roma? ¿ O a América después de 1492 obviando a España, Portugal y posteriormente a Inglaterra, Holanda y Francia? Cada evento político, económico y social, necesariamente se extendió, históricamente, por el mundo comunicado en ese momento; entendiendo que la comunicación se ha dado por el comercio, por la invasión o por la guerra, siendo siempre el interés económico el gran movilizador de la alta sociedad dominante de cada comunidad, que a su vez han arrastrado a sus pueblos al comercio o al combate.
Hoy, llama la atención como el pensamiento de derecha, representante por antonomasia de los intereses de la crema dominante en cada país, se ha extendido como mancha de humedad seduciendo a las democracias de gran parte de los países del mundo “occidental y cristiano”.
¿Qué pasó, cómo empezó, cuáles son los antecedentes de este fenómeno? Posiblemente el gran desencadenante haya que buscarlo en el final de la guerra fría a partir de la disolución de la URSS en 1991. Mientras la humanidad vivía en un mundo bipolar entre EE. UU. y la URSS, no solo las élites dominantes de cada bloque estaban en tensión, sino que la población mundial toda era partícipe, consciente o inconsciente, de esa tensión; con simpatía, o por lo menos con alguna cercanía emocional hacia uno u otro polo.

Caído uno de ellos, el mundo unipolar trajo como consecuencia el relajamiento de esa tensión, al menos a nivel popular, ya que las élites siguieron compitiendo por el apoyo y la seducción de sus ciudadanos, pero con algunas modificaciones, lentas pero progresivas. Uno de los mecanismos utilizado por esas élites en Europa fue el estado de bienestar dado como un derrame económico, a costa de sus dominios coloniales, para evitar el apoyo popular a las ideas socialistas representadas por la URSS; esto ya no fue necesario. Pero esas élites, las que detentan el poder económico, el único poder real, no relajaron su tensión sino que para mantener su hegemonía la redireccionaron.
Mientras vimos debilitarse hasta casi desaparecer los partidos comunistas europeos y correrse cada vez más a la derecha los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas; el “cuco” utilizado por el poder no fue ya el “temor al comunismo” y la esclavitud de una sociedad controlada por el Estado, el monstruo al que temer pasó a ser la inseguridad y los Estados a ser denostados como impotentes para controlar el “flagelo”. La inseguridad dada por el crimen organizado como las mafias, el narcotráfico, y el probable pequeño crimen, el raterismo, asociado a la inmigración. Una inmigración profusamente racializada, no como personas pobres que huían de la pobreza o de las guerras sino como africanos, árabes, kurdos, paquistaníes, indios, iraquíes, iraníes o sudamericanos, en todo caso personas no blancas; esa inmigración numerosa de los desplazados del mundo mayormente colonial que las élites dominantes de esos mismos países produjeron.
Entonces buscaron inaugurar una nueva tensión, un nuevo enemigo, esta vez interno, y se designó a los responsables de la inseguridad: el crimen mafioso, aunque en sus niveles más importantes esté vinculado a ese poder que lo denuncia; el narcotráfico, aunque sospechosamente también esté vinculado a los poderosos, ya que representa no solo un gran negocio sino una herramienta eficiente de control social; y por supuesto, la inmigración y la marginalidad generada por economías excluyentes. Por añadidura, también el poder pone como enemigos a los movimientos solidarios y de derechos humanos que intentan proteger a esa inmigración pobre y a las víctimas de la exclusión.
La derecha históricamente favorece el desorden para después presentarse como la única capaz de recuperar el orden posible, y en esta faceta enarbola como estandartes frente a la supuesta opresión representada por la inseguridad, por ejemplo el narcotráfico que tanto le gusta a Trump como enemigo, el “orden y la libertad”, o sea el fascismo.
Utilizan entonces toda la prensa de la que son dueños, y ahora también la tecnología informática, de la que también son dueños; a través de bots, trolls y fake news transmiten su mensaje de denuncia del desorden, de odio a sus supuestos causantes y la imperiosa necesidad de ser formalmente empoderados en el manejo de los Estados con poderes por encima de los parlamentos y de los órganos de control; es su método de atropellar lo que quede de democracia.
Así entonces, el trabajador o la trabajadora que salen a sus tareas de madrugada y son robados por otro pobre, producto de la exclusión, o que contemplan como alguno de sus hijos depende del crack, de la pasta base o de la cocaína para sentirse bien, compran el discurso de ordenar la sociedad a partir de la mano dura que ofrece la derecha, la misma que en lugar de cubrir la frontera para evitar el ingreso de drogas a través de la gendarmería, como ocurre en nuestro país, concentra esa gendarmería en las grandes ciudades para reprimir la protesta social.
No debemos olvidar en el análisis lo que podemos describir como crisis de representación para lo cual debemos establecer qué es la representación. Para tener representación de una comunidad en principio se debería pertenecer a ella. Pareciera ser que en el caso de muchas personas surgidas de los estratos populares y por ende con innegable pertenencia a sus comunidades que los reconocieron como sus representantes, este relajamiento de la tensión después de la guerra fría, hizo que perdieran el objetivo del proyecto de su compromiso inicial y se quedaran solo con el discurso, el que progresivamente se mostró vacío de contenido. Así, la militancia dejó de surgir de la base social a la que dice representar para ser solo superestructural. Vemos el militante funcionario o el militante profesional que pasó de vivir en el barrio popular en el que compartía el mate, la charla y la calle con su vecindario o sus compañeros de trabajo a vivir en el barrio privado inaugurando una nueva pertenencia que desdice la anterior. Esto genera un impacto emocional en los que debiera representar que va más allá de lo anecdótico y sirve como un elemento inductivo para que la derecha no solo lo acuse de constituir una “casta” sino para que esta pervierta la realidad afirmando que todos los militantes sociales son como el que defeccionó y se convirtió en casta prebendaria, sea del Estado o de los gremios de trabajadores.
Es llamativo cómo en muchos gobiernos de derecha, sirva de ejemplo nuestro caso, la inseguridad sirve como pretexto, no para comprar elementos de seguridad a fin de proteger vida y bienes de la población, sino armas antimotines o antitumultos para reprimir y controlar a esa población. Cabe entonces preguntarse: ¿cuál es el enemigo interno al que teme la derecha? En Argentina parecen ser los jubilados, los discapacitados y los trabajadores. Además, los sectores, supuestamente privilegiados, a estigmatizar y atacar son la salud y la educación públicas, la ciencia y la cultura.
Me resulta imposible no pensar en la reurbanización de París y su ejemplo después de la comuna en 1870, cuando los ejércitos dejaron de estar en las fronteras para pasar a tener guarniciones en la periferia de las ciudades o dentro de ellas y se trazaron avenidas para que las tropas llegaran prontamente a reprimir en el centro de las ciudades ¿Al delito? ¿A un raro invasor que hubiese atravesado la frontera de modo inadvertido? No, a la protesta social.

Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.













