El pasillo era un tubo de sombra.
Un metro de ancho.
Hierro a los lados.
Sin aire. Sin cielo.
Era el D2.
El silencio tenía gritos adentro.
Respiraba el miedo.

Y ahí,
donde todo desaparece…
queda lo único.
Lo que sos.
Y eso
no se toca.
Arranqué una hilacha del pantalón.
Con ese hilo
hice diez nudos.
Mi rosario.
Lo escondí
debajo de la lengua.
Cuando lo tocaba
sabía que seguía vivo.
Ellos tenían todo.
Yo tenía eso.
Y con eso
alcanzaba.
Nos juntaron.
Hermes Ocaña.
Horacio Lucero.
Y yo.
Tres trabajadores bancarios.
No cabíamos de pie.
Doblábamos el cuerpo
para no rompernos
contra las paredes.
Afuera gritaban.
Adentro
había que sostener algo.
Entonces hablé.
Inventé historias.
Las hacía durar.
El Conde de Montecristo.
King Kong.
La Reina Africana.
Luchamos con sanguijuelas.
Como se cuentan las odiseas.
La celda se volvió barca.
Nos subimos.
Había selva.
Había peligro.
Pero había cielo.
Aunque la celda
siguiera siendo la celda,
nosotros
estábamos navegando.
Y en ese viaje
entendí
que la libertad
no siempre se abre con puertas.
A veces
se inventa.
Cuando ya no queda nada…
queda eso:
una voz,
un otro,
y algo
que no se rompe.
Todavía hoy
vuelvo ahí.
A la barca.
Al cielo.
A nosotros tres.
Y con eso
nos salvamos.
Otoño del ’76

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











