El día
era igual que la noche.
Adentro
la luz no ordenaba nada.
No marcaba horas.
No traía alivio.

La oscuridad estaba siempre,
como una presencia
que no se iba.
A veces
uno intentaba adivinar la hora
por pequeños signos
del mundo de afuera.
La corneta del diariero
pasando lenta por la calle
podía ser la tarde.
Tal vez
las seis.
Arriba, en las oficinas,
la actividad se apagaba.
Menos pasos.
Menos sillas.
Menos vida.
Abajo, en el pasillo,
quedó la olla negra.
Una comida espesa, sin forma,
un engrudo sin sabor,
como si a la comida también
le hubieran quitado el alma.
Ese día
apareció el puntano.
Date vuelta.
Que te voy a vendar.
La venda.
Las manos atrás.
El recorrido aprendido de memoria.
Uno termina caminando con el cuerpo
cuando los ojos ya no sirven.
Cuando usan el ascensor
uno sabe.
No hace falta explicación.
Tranquilo.
Todo está bien,
me dijo.
Pero no.
Nunca lo estaba.
Al llegar,
la primera sorpresa
no fue el dolor.
Fue la voz.
Hola, Marucho.
¿Cómo te va?
Era Pagella.
El mismo
que había entrado en casa
a través de mi hermana.
El que sabía todo.
Mi nombre de pila.
Mis canciones.
Negro José.
La chacarera Chacay Manta.
Mis gustos.
Mis silencios.
Todo anotado
prolijamente
en algún expediente.
Me ofreció un cigarrillo.
No.
Me ofrecieron agua.
No.
En ese lugar
hasta la sed
podía ser una trampa.
Y entonces
empezó.
Se abrió el ascensor.
Volvió la violencia.
Lo bajaron
a los empujones.
A los golpes.
Era un joven.
Chileno.
No caminaba.
Lo traían.
Los que lo rodeaban
no hablaban.
Bufaban.
Había un olor espeso.
No era solo sangre.
Era otra cosa.
Algo que salía de ellos
cuando dejaban la piel de personas.
Los golpes siguieron.
Y los gritos
se mezclaron con ellos.
No eran gritos
que piden ayuda.
Eran gritos
que ya no esperan nada.
Y ahí,
sin pensarlo,
empecé a rezar.
Padre nuestro
que estás en el cielo…
No en voz alta.
Claro.

Ellos insultaban más alto.
Golpeaban más fuerte.
Yo sostuve la voz.
La hice firme.
Y eso
les molestó.
Porque el rezo
los dejaba desnudos.
El más rabioso
se acercó por detrás
y me agarró del cabello.
Callate.
Esto no va con vos.
No reces.
Pero ellos no paraban.
Cada vez que yo alzaba la voz
ellos alzaban el grito.
Golpe
y Padre Nuestro.
Grito
y hágase tu voluntad.
No era una pelea.
Era sostener.
Fue como si el sótano
se hubiera partido en dos.
Y en un momento…
cuando ya no sabía
si estaba rezando
o si el rezo
me estaba sosteniendo
dije.
No rezo por mí.
Rezo
por el que están matando.
Y entonces…
todo se detuvo.
El grito.
El golpe.
El aire.
El que me tenía del cabello
soltó.
Nadie dijo nada.
Pero algo pasó.
Silencio.
De esos
que pesan.
Largo.
El puntano
me agarró del brazo.
No dijo nada.
Me llevó
de vuelta a la celda.
Pasó un tiempo.
No sé cuánto.
Y después…
lo trajeron.
A rastras.
Era el mismo.
Pero no igual.
Lo dejaron
en la celda de al lado.
Me dijeron
que le diera agua.
Que le diera comida.
Intenté.
Pero no pude.
Estaba muy golpeado.
Respiraba
como si cada bocanada
fuera la última.
Lo miré.
Y supe.
Al poco tiempo
se lo llevaron.
Alguien nombró Papagayos.
Nunca más volvió.
La rutina siguió.
Como siempre.
Pero ese día,
en ese lugar,
la violencia
se detuvo.
Por un instante.
No la muerte.
La violencia.
Y ese instante
existió.
Aunque después
todo siga.

Aunque la muerte
termine su trabajo.
Ese instante
nadie lo borra.
Yo estuve ahí.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













