
(viene de la edición anterior)
Llegó algunos minutos antes de las ocho de la noche. Los portones del cementerio estaban cerrados, y el tráfico de otoño iluminaba de líquidos blancos y fugaces la calle vetusta y los vetustos negocios de mármoles de la vereda de enfrente, y las vetustas paredes de ese gigantesco cementerio. Se acercó a las rejas del portón, adentro las sombras geométricas de los mausoleos y las tumbas monumentales se enfrentaban mudamente con las alas y las túnicas de los ángeles de piedra. Desde el fondo de la calle central vio acercarse una figura neblinosa; poco a poco distinguió un sombrero negro y después un abrigo que enfundaba un cuerpo macizo y no demasiado alto. El hombre se acercó a la reja y con una llave de hierro la abrió para dejarlo pasar. Era Melchor Montoya.
Debajo del ala del sombrero, Juan descubrió los ojos marrón claro que lo miraban con algo de ironía.
-¿Usted? -preguntó Juan, mientras Melchor Montoya cerraba el portón a sus espaldas.
-Sí, claro, ¿quién más? -Montoya esbozó una sonrisa que no se podría haber calificado de abiertamente amistosa, tenía algo de siniestro, pero tal vez eran las sombras del cementerio las que le conferían ese aire. Y empezó a caminar por la calle custodiada por los solemnes mausoleos y los sepulcros majestuosos, corroídos por los años y las intemperies, y tal vez por la misma muerte.
Juan Arriaga no se atrevió a hacer preguntas, había cosas que parecían contradictorias, pero ahora más que cuando lo había conocido, Melchor Montoya le provocaba una gran inquietud. Después de un trecho, ambos giraron hacia la izquierda y poco después se enfrentaron con la mole de una iglesia tan vieja como el resto de las tumbas que habían sobrepasado. Melchor introdujo otra de las llaves del manojo que permanecía en su mano, y abrió el templo. Adentro la oscuridad era palpable, y sólo se licuaba en los untuosos haces de colores que arrojaban los altos vitraux. Avanzaron por el pasillo principal hacia el altar mayor; apenas se distinguían frescos, cuadros y estatuas, como en un museo abandonado, y al llegar frente al ara, su guía se detuvo, se agachó y con otra de sus llaves abrió una reja de hierro calado que había en el piso. Debajo comenzaba una escalera que se perdía en la oscuridad, pero Melchor accionó un interruptor a la altura de los primeros escalones, y una luz polvorienta dibujó el camino.
-No hay como estar excomulgado para poder usar todos los recursos de la iglesia -comentó sin mirar a Juan Arriaga, quien lo seguía como un escolar, sin decir palabra.
Después de incontables escalones y varios giros, llegaron a una habitación desnuda, de allí pasaron a otra, mucho más grande, con nichos en las paredes y algunos muebles difíciles de caracterizar, y de allí pasaron a una tercera, decorada como las antiguas criptas capuchinas, con huesos humanos que formaban dibujos en las paredes, candelabros, lámparas y hasta bancos y repisas.
-Ésta es la casa de la muerte -murmuró Juan mientras miraba a su alrededor.
-El mundo es la casa de la muerte, en un cierto sentido -dijo Melchor Montoya, mientras se sentaba en uno de los bancos hechos de fémures, tibias y calaveras. -La muerte es tan digna de atención como la vida -continuó diciendo. Es más, sin ella no existiría la vida, ¿cómo sería vida si no hubiera muerte? Además, tiene su estética, ¿no le parece?
-No es el lugar que elegiría para vivir.
-Usted vive en un mundo que cuenta con muchísimos más muertos que vivos. Y no hablo sólo de los que podríamos contabilizar, sino de ciudades, civilizaciones enteras que desaparecieron mucho antes de que nosotros apareciéramos en este planeta.
-¿Para qué me ha traído hasta acá? Creí que usted se oponía a que yo recibiera la herencia de Isabel Pereira.
Melchor esbozó una sonrisa tenue que se divisó casi únicamente en su mirada. Se sacó el sombrero y dijo: -Las pruebas son necesarias. La muerte es igual a la vida. Lo de arriba es igual a lo de abajo. Un alma sabía está preparada para afrontar los cambios más grandes, los terremotos abren nuevos océanos y elevan nuevas montañas. Hay que estar preparado para los grandes cataclismos, de otro modo seremos mucho más prescindibles que los muertos. Usted ha hecho una elección, y ha sido por lo desconocido. Eso le da una calidad humana que no todos poseen, qué sería la existencia sin lo desconocido.
La mente de Juan Arriaga era un hervidero de preguntas, pero de alguna manera éstas se agolpaban en su garganta y no lograban trepar a su voz. ¿En qué consistía lo desconocido a lo que se refería ese hombre que parecía sacado de una película policial de los años 40? -¿Qué tengo que hacer? -disparó hacia la mirada un poco irónica y reflexiva de Melchor Montoya. Éste bajó la cabeza como para pensar la respuesta, la volvió a levantar, y clavando sus ojos en los de Juan, le dijo:
-Por ahora no va a tener que matar a nadie.
-¿Qué? Yo no pienso matar a nadie. Soy un profesor…
Melchor volvió a sonreir, esta vez con cierta amargura. -Todos estamos matando a alguien cada día, cada minuto. ¿O usted cree que los miles que mueren de hambre o bajo las bombas en este momento en el mundo no son también consecuencia del mismo sistema en el que usted usa un celular de última generación?
-Este celular me lo dio Rubí Morales, yo…
-A propósito, no se enamore de Rubí, sería un error. Pero para aclarar sus dudas, hay una organización llamada los secuaces del desamparo. Son las personas que se encargan de que el sistema funcione, matar a unos, esclavizar a otros, hacer creer a todos que son libres, en pocas palabras. Son un ente, una masa amorfa que se filtra en todos los ámbitos, pero actúa desde el poder. A veces tiene cara, y hasta nombre y apellido. Otras veces es un animal monstruoso. Nosotros en cambio somos herederos de antiguas hermandades que desde hace siglos luchan por el ser humano, por su libertad, por su igualdad, por la hermandad.
-¿Y yo qué lugar ocupo en todo esto?
-Usted va a ser parte de nuestra hermandad, probablemente. Sus condiciones éticas y humanas lo capacitan para ello. Tendrá que realizar algunas tareas antes de ser admitido a pleno título, naturalmente.
Juan Arriaga se había olvidado de la cripta donde se encontraban, de los huesos, del cementerio mismo. Acribillado por la mirada y las palabras de Melchor Montoya sentía dentro de sí algo parecido a un vértigo terrible y a su vez hasta delicioso. -¿Qué debo hacer? -preguntó a rajatabla.
Melchor Montoya sonrió, esta vez mucho más abiertamente, y pareció que sus ojos se iluminaban. -Mañana abre un merendero en una villa de emergencia. Usted será el encargado de exterminar las ratas que se acerquen a las cajas de comida.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











