“Es curioso cómo todo se desvanece.”
Jarvis Cocker, Nick Banks, Candida Doyle, Steve Mackey y Mark Webber (Pulp)
Cuando creamos la productora con Leandro la idea era hacer películas y videoclips de bandas de rock, pero eso fue hace nueve años, en una época en donde las políticas liberales parecían ser cosa del pasado y la cultura estaba retomando un curso más propicio para el sueño de dos treintañeros amantes del cine y la música. Él aún no era padre y yo todavía no tenía obligaciones, mi madre no estaba por ese entonces en una residencia para ancianos y mis gastos eran proporcionales a mis ganas de fumar cigarrillos, alimentarme, comprar discos y libros y salir con amigos. Hace un par de años la gente entró al cuarto oscuro con la mente intoxicada de medios funcionales a un candidato que cambió el rumbo de las utopías y los planes de los idealistas. Desde ese entonces la productora es una pequeña empresa de edición de videos publicitarios sin posibilidades de optar por la selectividad de clientes como herramienta de dignidad laboral. Si un supermercado contrata nuestros servicios decimos que sí, si lo hace un partido político decimos que sí, si la veterinaria de la esquina necesita de nosotros decimos que sí; la necesidad tiene cara de hereje y la manera de defender el honor es realizar el mejor producto audiovisual posible para todos los clientes por igual. Para trabajar usamos una cámara fotográfica Cannon que graba videos en HD, algunas luces y el Premiere Pro, un programa de la empresa Adobe System Incorporated que sirve para editar videos; nuestros horarios están sujetos a los requerimientos del cliente y a la celeridad de nuestra única computadora. Ese martes llegué a la productora a las seis de la mañana a reemplazar a Leandro, que se había quedado editando durante la noche un spot que un nuevo bar de la calle Arístides tenía que proyectar esa misma noche en pantalla gigante durante su inauguración. El bar tiene como premisa ser un espacio en donde la gente puede elegir un amplio menú de comidas y una selectiva carta de bebidas mientras los acompaña música jazz. Contratamos un senegalés que encontramos vendiendo relojes en la calle General Paz un sábado por la mañana, alquilamos una trompeta e hicimos imprimir un plotter con la leyenda “Jazz of the world”, y más abajo, entre paréntesis y en una tipografía con un cuerpo de tamaño mucho menor, “World of the Jazz”. El negro abría la boca y parecía devorar la Cannon con su sonrisa; un tipo alegre que terminó compartiendo tragos durante un par de noches con nosotros. De cortina elegimos Summertime, de Ella Fitzgerald, y el off lo hizo el mismo locutor que trabaja para nosotros desde hace años. Leandro había hecho casi la totalidad del trabajo, faltaba solamente agregarle un texto y una animación que estábamos haciendo con after effects del isologotipo del bar. Ocupé la silla frente al ordenador y Leandro se fumó un Marlboro antes de irse. Terminé la animación, agregué el slogan y, cuando me aseguré que todos los frames estuvieran en el lugar indicado, le di la orden de renderizar; inmediatamente una ventana en el monitor indicó lo siguiente: “Procesando fotograma 1 de 129” y más abajo: “Tiempo restante estimado: 03:02:06”, lo que significaba que tenía tres horas para ocupar mi tiempo en otra cosa. Todavía no eran las ocho de la mañana y el producto terminado debíamos entregarlo antes de las nueve de la noche, eso me dejaba tranquilo e hizo que mi relax me permitiera preparar un capuccino que degusté con un cigarrillo en la cocina de la productora. Miré otra vez la hora en mi teléfono móvil y decidí que era un buen momento para visitar a mi madre. Caminé dos cuadras hasta la parada del colectivo para tomar el 54. En el asiento doble de adelante dos colegialas hablaban y reían al mismo tiempo, una viejita que se parecía a mi mamá sostenía su cartera con ambas manos en el segundo asiento, en el penúltimo asiento de la fila individual un hombre de unos cincuenta años miraba a través de la ventanilla con los ojos brillosos y un gesto que no logré adivinar si era de angustia o de alegría, el resto de los pasajeros estaban concentrados en sus teléfonos celulares, habían tres asientos libres y elegí ubicarme en uno doble del lado de la ventanilla, pero la soledad de mi puesto duró solamente seis cuadras, pues tres paradas más allá un treintañero que miró a las colegialas como si quisiera organizar un trío se sentó en el asiento de al lado mío. El colectivo pasó por la puerta de Tribunales de la calle España y vi un grupo de chicos colgando en las escalinatas un cartel de tela que decía “Ningún genocida suelto” y otro que decía “Memoria, verdad y justicia”, recordé que esa misma mañana se iba a llevar a cabo la lectura de sentencia a veintiocho genocidas de la dictadura y sonreí, me sentí parte de los chicos del cartel durante varios minutos y dudé en bajarme en la próxima parada, pero hacía dos días que no iba al geriátrico a visitar a mi madre y decidí continuar viaje. El hogar de ancianos en donde pasa los días mi madre desde hace más de dos años es una institución de dos plantas con sistema automático de detección de incendios en todas las habitaciones y espacios comunes, central telefónica, ascensor y monitoreo, tiene habitaciones compartidas, calefacción central, jardines con mesitas y sillas de metal de estilo colonial, equipo técnico interdisciplinario que incluye médico de cabecera, tres enfermeras, asistentes geriátricos, cocineros, peluquera, podóloga, nutricionista, psicogerontóloga, un profesor de música y una de artes plásticas. Hola, hijo, tanto tiempo, ¿cuánto hace que no te veo?, debe ser desde el año pasado, ese fue el saludo que obtuve apenas le tomé las manos y besé su frente, Cómo están mis nietos, preguntó y no supe qué contestarle; ella ha creado un mundo en donde yo estoy casado y tengo más de un hijo, pero la imaginación no ha logrado todavía ponerle nombres, Cómo están mis nietos, pregunta siempre y los llama así, Mis nietos, esa es la identidad de mis dos, tres o cuatro hijos, jamás individualiza, Mis nietos, dice y a pesar de no tener ni uno solo ella es feliz creyendo que sus nietos existen, Están bien, se quedaron jugando y te mandan muchos besos, dije y fui a hablar con el Dr. Cabezas, el médico gerontólogo que todas las mañanas permanece en el establecimiento desde las ocho hasta las trece, me puso al tanto de la salud de mi madre y confeccionó una receta nueva para que yo pueda ir al PAMI a hacer los trámites necesarios para la autorización y solicitar los medicamentos en la farmacia con un descuento que no vale lo que se pierde en burocracia, pasé por la cocina y le pedí a Estela dos tazas de té, Hola, hijo, tanto tiempo, ¿cómo están mis nietos?, me dijo mi madre cuando me senté junto a ella con ambas tazas en las manos, Ayer vino la Margarita, continuó sin dejarme contestar. Dejé las tazas sobre la mesa y la llevé del brazo hasta el jardín, caminamos hasta las mismas sillas en las que nos sentamos cada mañana que la visito, ella siempre elige la misma silla y me pide que yo me siente en la que eligió para mí desde el primer día. Volví al comedor a buscar las tazas y antes de que ella me dijera dónde sentarme, ocupé mi lugar. Hola, hijo, ¿cómo están mis nietos?, dijo antes de contarme que el día anterior había estado con Margarita. Yo no sé quién es Margarita, pero igual cada vez que la nombra le pregunto cómo está y qué cosas hablaron, entonces ella me cuenta de la vez que con Margarita se escaparon del colegio, de la vez que mi abuelo las encontró en el patio fumando un cigarrillo y le prohibió salir a la calle durante un mes completo, de cuando juntas estudiaban costura en plena adolescencia, de cuando Margarita se casó y se fue a vivir a Europa, de cuando dejó de tener noticias de Margarita para siempre, Pero ayer vino y estuvimos hablando todo el día, me dijo y luego se quedó durante más de diez minutos con la mirada perdida entre las ramas del limonero que el geriátrico tiene en el medio del patio. Antes de despedirnos, me dijo que no me olvidara de darles besos a sus nietos y me acarició la cara. Lo de acariciarme la mejilla ocupando toda su mano es un gesto que practica desde que recuerdo cosas, desde que era niño y volvía solo del colegio que estaba a dos cuadras de casa. ¿Cómo te fue hoy?, preguntaba mirándome con sus ojos color miel mientras me acariciaba la mejilla con su mano derecha. Te amo, le dije antes de irme y me dijo que ella también. El sol estaba casi en el medio del cielo cuando caminé hasta la parada del colectivo, miré el reloj en el móvil y calculé que el render ya debía haber terminado, compré algo de pasada en un restaurant chino de comidas vegetarianas y llegué a la productora pasada las doce del mediodía. Antes de servirme la comida y destapar la Sprite que había comprado en el kiosco de abajo, fui hasta la computadora y un cartel de advertencia en la pantalla me decía en letras azules: “Cierre los programas para impedir la pérdida de información”; más abajo, en letras negras: “Memoria insuficiente en el equipo. Guarde los archivos y cierre estos programas…”. Lo llamé a Leandro y le dije que iba a quedarme en la productora durante toda la tarde, que iba a hacer una limpieza en la máquina, a pasar carpetas y archivos al disco externo e iba a renderizar otra vez, que se quedara tranquilo y descansara, que yo iba a ocuparme de que antes de las nueve de la noche el trabajo estuviera terminado. Cuando me aseguré que el problema de memoria estuviera solucionado, me senté a comer, bebí dos vasos de gaseosa, fumé un cigarrillo y me senté a trabajar. Me quedé sentado frente a la pantalla durante las tres horas que duró el proceso de renderizado mientras los dientes del negro brillaban desde el monitor. Antes de las siete de la tarde el trabajo estaba terminado.

Columnista invitado
Darío Manfredi
Nació en Mendoza, Argentina, el 29 de diciembre de 1970. Es Diseñador Gráfico Publicitario y Gestor Cultural. Fundó y co-dirigió la revista de rock y difusión cultural, Zero, entre 1999 y 2024. Se ha mantenido activo en el campo de las artes en múltiples -y amateurs- facetas de artista plástico, actor, compositor, realizador de videos y productor de espectáculos. Ha publicado cuentos en suplemento Zapping del Diario UNO entre 1994 y 1997; textos, reseñas y entrevistas en Revista Zero desde 1999 hasta 2024, y relatos cortos en el libro “La ficción en el umbral”, antología de la Dirección General de Escuelas. Desde 1996 hasta 2005 fue integrante del grupo de teatro de humor Plaza Dandy. Participó como actor en cortometrajes. En 2010 grabó su único disco con canciones propias, titulado Plop. En 2016 publicó su primera novela, “Redención (en un pueblo llamado Aspe)”, editada de manera independiente y distribuida en librerías de Mendoza y de Aspe, Alicante, España. Agotada en ambos países. En 2017 publicó en Mendoza el libro de cuentos “Siesta (y otros relatos así de cortos)” con prólogo de Liliana Bodoc, también editado de forma independiente. Actualmente se desempeña como diseñador en la editorial Leo Libros, de libros mendocinos.













