
(viene de la edición anterior)
-¿Te sentís bien? Vamos para mi casa- la voz de Paco era amable y hasta amistosa.
La casa de Paco se encontraba en un pasillo casi enfrente de las mismas ruinas, y Juan Arriaga se sintió identificado con ese hombre que era la primera de todas las personas que había conocido desde que aceptara el legado de Isabel Pereira, que le parecía un poco menos torva e indescifrable. Llegaron a una de las puertas, sobre la que colgaba un desvencijado farolito de hierro con una luz de luciérnaga, y pasaron a una suerte de departamento tan repleto de libros que parecía que no había paredes, sino pilas de libros que sostenían el techo. Paco hizo lugar en un sofá que alguna vez había sido de terciopelo verde, y lo invitó a sentarse.
-Tomemos absenta- le dijo con la familiaridad de un amigo. -La medianoche es la hora de la absenta-.
Juan Arriaga pensó que la absenta había sido la bebida de los poetas malditos en la París de fines del siglo XIX, y que estaría prohibida, pero se quedó hipnotizado cuando Paco acercó una bandeja con dos copas en las que brillaba un líquido verde, una cucharita perforada, algunos terrones de azúcar y una jarra con agua. Inmediatamente su anfitrión preparó la bebida en ambas copas, y se sentó en otro fragmento del largo sofá, mientras le ofrecía la bebida.
-Es juguito de hinojo, no te preocupes-.
Como tenía sed, Juan apuró gran parte de su copa y en ese momento se dio cuenta de que el jugo de hinojos debía ser alcohol de quemar, porque una incandescencia le incendió la garganta y fue a estallar en algún lugar de su pecho, mientras que su cerebro se agrietaba y dejaba escapar rayos verdes. Vio que Paco lo miraba y sonreía, mientras sostenía su propia copa en la mano.
-Tranquilo Juan, esta bebida es mucho más inocua que tantas personas. Pero dejame que te explique algunas cosas, vos relajate- dijo Paco alternando una sonrisa con una expresión mucho más seria, aunque no hostil. Y empezó a hablar de manera tan suave y cadenciosa, que el ascua de la bebida se mitigó en la garganta de Juan, al punto que no se daba cuenta de en qué momento, con la misma suavidad, el hombre de los ojos celestes le servía otra copa, y otra.
-Esta labor se remonta a varios siglos atrás, incluso muchos, según algunos- decía Paco, siempre con la bebida verde en la mano, sentado con una pierna doblada sobre el sofá, de manera que miraba directamente a su interlocutor. -Pero tal vez eso no sea lo más importante, la esencia de esto es detener a las fuerzas del mal; algunos los llaman los secuaces del desamparo, aunque a mi parecer ni siquiera están tan organizados como para merecer ningún título. Vos dirás que es una visión maniquea del mundo, que el mal no existe en sí, etc., etc. Y tendrías razón, el mal no existe en sí, como tampoco el bien. La naturaleza, por ejemplo, no es moral, la vida y la muerte conviven constantemente en ella y no son más que principios de una única evolución. Pero en el mundo de los humanos el mal se encarna, se manifiesta. ¿Cómo? Pues tiene varios orígenes, la ambición, la ignorancia, el deseo desmesurado, una visión deformada del resto de las personas, qué sé yo. No hay un mal, sino personas que lo ejecutan, y a veces, si están reunidas con un mismo objetivo, lo encarnan, y entonces pareciera que ellas “son” el mal. Es el caso de los secuaces del desamparo, nada más ni nada menos que personas que han perdido la humanidad porque quieren destruir en beneficio propio, sin importarles los derechos o las vidas de los otros. Destruir no siempre es negativo, no, para nada. A veces hay que destruir para poder hacer algo nuevo o mejor. Pero ellos destruyen por ambición, por el placer de hacerlo, y por lo general, para obtener beneficios. ¿Cuáles? Materiales en una primera instancia, políticos en una segunda. Y si llegamos a la punta de la pirámide, digamos que metafísicos. Son seres que no ven más allá de la materia, y que consideran el poder como una meta deseable y que es indispensable alcanzar a cualquier costo. Nosotros, los que intentamos frenar esos desmanes y proteger a las personas, los reconocemos y muchas veces logramos desbaratar algunas de sus acciones, aunque la nuestra sea una lucha nimia en comparación con lo que pasa en el mundo. Pero no estamos únicamente en Mendoza o en la Argentina, estamos en todas partes, por eso nuestra tarea se expande y se multiplica. La acción de ellos también, son personas sin escrúpulos, sólo quieren dominar, y eso es algo que los diferencia de manera fundamental de nosotros, que nos mantenemos anónimos. Sin embargo no todo es tan claro, los límites no son netos y hemos tenido deserciones, diferencias, apostasías-.
Paco seguía hablando y Juan sentía que una nube de formas coloreadas iba circundando su cabeza, pasando delante de sus ojos y haciéndole ver a su interlocutor por momentos verde como la absenta, por momentos deformado como una figura vanguardista, por momentos convertido en su propia voz, una serie de sonidos que se dibujaban ante sus pupilas como pentagramas ondulantes sobre los cuales las palabras hacían equilibrio y a veces resbalaban y caían. Pero no dejaba de entender todo lo que Paco le narraba, y en algunos momentos las preguntas surgían detrás de las palabras que escuchaba, pero le costaba hablar, era como si se le hubiera adormecido la lengua, o algo más adentro, las mismas cuerdas vocales. Hubiera querido saber si este grupo de personas, las que luchaban contra los secuaces, tenían un nombre, si trabajaban todos bajo las instrucciones de alguien, si se reunían, pero nada de todo esto le era posible saber, porque Paco no dejaba de hablar, y hasta parecía divertido ante sus esfuerzos por expresar algo.
-Lo que me interesa, Juan- prosiguió el mago de la absenta, -es que no te obsesiones ni trates de explicar cada incoherencia, y vas a encontrar muchas. Si lográs comprender la esencia de esta labor, todo te va a ser más fácil. No todos usamos los mismos métodos ni todos tenemos la misma mirada sobre la realidad, pero así es el mundo. Para algunos de nosotros es necesario exterminar, para otros evitar, ¿me entendés?
Juan Arriaga quiso responder, y haciendo un esfuerzo formidable apoyó la copa de absenta -¿era la tercera o la cuarta?- sobre una pila de libros, abrió la boca para hablar y fue en ese momento en el cual sintió que se deslizaba por la falda de una montaña y empezaba a rodar, no podía detenerse, y nunca terminaba de caer. Lo último que vio fueron los ojos de Paco, celestes y luminosos, que lo miraban desde las nubes por sobre su caída.
Cuando se despertó sintió un trueno dentro de su cabeza, pero al abrir los ojos el estallido cesó, y la luz del día empequeñeció sus pupilas de manera enceguecedora pero atenuada por una suerte de polvillo que flotaba en el aire. Estaba acostado en un sillón totalmente andrajoso, en medio de una habitación en ruinas, donde uno que otro mueble destruido se camuflaba bajo el polvo y los escombros. Parte del techo se había derrumbado y dejaba penetrar los rayos de sol que encauzaban partículas y se trenzaban en las telarañas como en andamios vibrantes. Todo era despojo y abandono. Se levantó y se sacudió los pantalones, buscó alguna canilla o un espejo, pero ese lugar parecía estar deshabitado desde hacía muchos años. Miró el suelo en busca de las huellas de su acompañante de la noche anterior, pero ni siquiera encontró las suyas. Se dirigió a la puerta, o lo que quedaba de ella, y salió a un pasillo igualmente destruido. Sobre el dintel de lo que hubiera debido seguir siendo la morada de Paco, se balanceaba un farolito de hierro descascarado y muerto.
(continuará)
![]()
Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













