
(viene de la edición anterior)
Cuando Juan Arriaga recibió la llamada de Casacordero recordó inmediatamente la propuesta de inversión de Rubí Morales, por lo que le dio carta blanca al abogado para que dispusiera de los fondos que esa mujer excepcional considerara pertinente invertir. No se preguntó en qué consistirían esas inversiones, ni cómo iba a contabilizar las ganancias, si las había. Más bien se preguntó cómo ese abogado flaco como un estilete sabía su nuevo número de teléfono. Pero también pensó que en el mar de misterios en el que estaba embarcado, ése era un detalle insignificante.
Tampoco se sorprendió demasiado cuando en la siguiente llamada reconoció la voz de Paco, aunque antes de dejarlo hablar le disparó: -¿Tu casa está en ruinas?
-El mundo está en ruinas a mi parecer.
Esa respuesta, muy típica de Paco, lo puso un poco nervioso. -Ya sé que está en ruinas, pero vos no vivís en unas ruinas me parece.
Paco sonrió, o eso le pareció a Juan del otro lado del teléfono, porque esta vez su voz sonó como sonreída.
-Bueno, en un cierto modo mi casa es una ruina, pero todavía tiene techo y baño.
-Lo que te estoy preguntando es que el otro día, cuando me desperté, estaba todo el ruinas, ¿qué pasó?
-Ah, el otro día, no, vos tomaste mucho. No pasó nada, es un poquito de alucinación. Los poetas malditos tomaban absenta y estaban dando nacimiento a las vanguardias. Vos que sos profesor de literatura también podrías experimentar un poco con escribir en estados alterados.
Juan Arriaga se dio cuenta de que estaba dentro de una conversación circular, y decidió concluir su indagatoria. -Bueno, vos me llamaste, Paco.
-Melchor tiene un encargo, y me pidió que te acompañara. ¿Querés venir a mi casa y te cuento? No me gusta hablar tanto por teléfono. Soy paranoico.
Ahora el que sonrió fue Juan, y le respondió: -Prefiero que vengás vos a mi casa, no quisiera terminar otra vez entre escombros. Y no traigas nada, tengo whisky como para un batallón.
Mirando a Paco sentado en una de las poltronas de Isabel Pereira, Juan pensó que la primera vez no lo había observado bien, porque ahora lo encontraba, en un cierto sentido, más joven, quizá porque se dio cuenta de que era más bien menudo y no demasiado alto, y le brillaban los ojos celestes con un entusiasmo casi infantil.
-Me encanta esta casa, está tan llena de cosas que no hay lugar para el horror vacui- dijo Paco mirando a su alrededor, como si estuviera descubriendo un nuevo mundo.
-¿Me vas a contar cuál es el encargo de Melchor que yo no puedo hacer solo?
-Claro que podés hacerlo solo, también se lo dije al Melchor, pero se quedaría más tranquilo si yo te acompañara. Además me gusta, vamos a parecer los protagonistas de Adiós al amigo.
-No me veo como Charles Bronson, y a vos no sé si te da el cuero para encarnar a Alain Delon -al decir esto Juan Arriaga sintió como si sus palabras pudieran herir a Paco, en ese momento lo vio como un hombre cándido y hasta un cierto punto vulnerable. -Bueno -agregó inmediatamente- haremos lo posible. Me voy a poner más recio, como Charles Bronson, pero vos contame lo que tenemos que hacer.
La amplia y sincera sonrisa de Paco le confirmó que estaba pendiente de sus palabras y que se alegraba de que aceptara ese nuevo desafío.
-Vamos a limpiar una casa que está llena de serpientes.
-¿Serpientes?
-Víboras, de todas clases. Tenemos que rescatar un libro y para eso vamos a tener que liquidar un poco de ofidios. O muchos.
Juan repitió maquinalmente -Serpientes, víboras, ofidios… una casa, un libro. ¿Y cómo las vamos a enfrentar? ¿Dónde está esa casa? Estará desocupada, me imagino.
Por supuesto, pensó Juan Arriaga para sus adentros, el trabajo había que hacerlo de noche. Sintió sobre la espalda el peso de ese rifle que les había dado Melchor Montoya, uno a él y uno a Paco, mientras atravesaban el alto portón de hierro oxidado que daba entrada a un matorral que alguna vez debió haber sido un jardín. -Métodos muy particulares de exterminación- pensó. Para las ratas, pistola, para las serpientes, rifles. Este Melchor era sin duda un tipo muy imaginativo, o había visto muchas películas.
La casa de los ofidios tenía una alta fachada casi toda cubierta de hiedras, que habían tapado algunas de las ventanas, y la puerta de entrada se encontraba después de una breve escalinata abrazada por balaustradas de piedra. Paco se conducía como si fuera un agente secreto, y Juan, por imitación, lo seguía con la misma actitud agachada y sigilosa. Al empujarla, la puerta con aldaba se resistió, hasta que después de ponerse los dos a forcejear lo más calladamente posible, se abrió a un zaguán tan largo que parecía que toda la casa fuera un pasillo. Pero no, al final se veía una luz que se movía de manera oscilante. Caminaron por ese corredor tapizado de mayólicas verdes, o al menos eso les pareció, y desembocaron en una gran sala poliédrica iluminada flemáticamente por una lámpara de bronce labrado con cuatro tulipas, estilo árabe, que oscilaba como mecida por un viento venido no se sabía de dónde o por un sismo. Juan miró alrededor y vio que una de las varias puertas que daban a esa sala se entrecerraba.
-Aquí hay alguien Paco, ¿quién encendió la araña? Aparte esa puerta se movió.
– Las serpientes son muy astutas -respondió Paco sin mirarlo siquiera.
-¿Cómo? ¿Encienden luces y cierran puertas?
-Saben que estamos acá, van a tratar de esconder el libro.
Juan Arriaga se preguntó si esta vez también estaría bajo el efecto de la absenta, pero recordó que no habían tomado, y que tal vez era un delirio de Paco eso de humanizar a los ofidios. Decidió seguir adelante sin hacer demasiadas preguntas, porque respuestas como ésa sólo le provocaban más inquietud.
Paco se abrió camino en la penumbrosa luz de la araña árabe y con el rifle abrió la puerta que acababa de entrecerrarse. Juan lo siguió y se encontraron ambos en otro pasillo, esta vez más corto, al cual daban tres puertas, todas ellas entreabiertas.
-En una de ellas se encuentra el libro -dijo Paco, sin mirar tampoco esta vez a su compañero, y sosteniendo el rifle en actitud de alerta. Juan Arriaga no respondió, y apretó también él su rifle, porque algo detrás de su ombligo le picaba diciéndole que había un peligro en esa casa. El mago de la absenta fue empujando una a una las puertas del pasillo, la primera daba a una habitación circular, llena de muebles viejos, destartalados, sucios. Había un piano vertical con dos velas encendidas sobre brazos de bronce, y cuando se asomaron, una serpiente verde como la esmeralda se deslizó por el teclado, y su paso sobre las teclas produjo una serie de notas que sonaron tétricamente en el aire polvoriento.
-Aquí no está -dijo Paco con una firmeza inusitada, y dio la vuelta. Prosiguieron hasta la próxima puerta, y al abrirla se encontraron con una habitación pequeña, con una especie de escritorio sobre el cual una lámpara de querosén iluminaba una calavera, un reloj de arena, papeles medio chamuscados y algunas cosas que a Juan le parecieron instrumentos manuales de dibujo o cálculo. Por una de las cuencas de la calavera se asomó una víbora color sangre, y con una velocidad pasmosa Paco le disparó. La calavera voló en pedazos y los restos del animal quedaron esparcidos sobre el escritorio y contra la pared.
La tercera puerta era doble, y se abría a una sala que parecía un templo pagano, o el recinto de algún culto secreto. El techo estaba adornado con estrellas plateadas, había dos filas de sillas a cada costado, y en el fondo una suerte de pedana con baldaquín, con una desmesurada silla tallada, flanqueada por un sol y una luna. Frente a ella, sobre un pedestal como una columna griega, se apoyaba un gran libro abierto. Serpientes negras y lustrosas se enroscaban por la columna y anidaban bajo el baldaquín de terciopelo.
(continuará)
![]()
Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













