Hay caricias que no empiezan en la mano.
Empiezan antes:
en la mirada,
en el modo de abrir una persiana,
en ese cuidado casi invisible
con que alguien se inclina sobre otro
para no despertarlo de golpe,
para no moverle el mundo
más de lo necesario.
A veces empiezan así:
con la claridad que entra despacito,
como pidiendo permiso,
con el silbido que recorre la casa
a primera hora,
cuando el día todavía no decidió del todo
si quiere nacer alegre
o quedarse un rato más en penumbra.
Y ese silbido hace lo suyo.
No cura.
No arregla la vida.
Pero la acompaña.
Que no es poco.
Las arrugas de esta casa no son solo marcas.
Son dobleces del tiempo:
veranos viejos,
hijos que crecieron,
ollas humeantes,
patios,
domingos,
esperas.
Y cuando alguien las toca sin apuro,
las arrugas responden.
Se aflojan.
Como si también la piel supiera distinguir
entre una mano que cumple
y una mano que cuida.
Porque bañar puede ser una ceremonia pequeña.
No por el agua.
Ni por el jabón.
Ni por la toalla tibia.
Sino por esa delicadeza
con que un cuerpo cansado
es tratado como casa sagrada.
Ahí, en ese rato,
hay dos personas encontrándose
en una misma confianza.
Y eso se nota.
Se nota en la cara del que sale,
como si le hubieran lavado algo más que la piel.
Sale otro.
O mejor dicho:
sale más él mismo.
Con algo recompuesto por dentro.
Con esa dignidad callada
que da el sentirse cuidado
sin ser invadido.
Después viene la ropa.
“Poneme esa.
La más planchadita.
La del color.
Que si viene mi familia,
me encuentre bien”.
No es vanidad.
Es el deseo antiguo y hermoso
de presentarse ante los suyos
con el alma peinada.
Aquí hay hombres y mujeres.
Hay sacerdotes.
Hay quienes llegan en silla de ruedas,
quienes caminan con más dificultad,
quienes vienen más gastados por la vida.
Y, sin embargo, cada uno a su modo,
quiere estar bien.
Y ellas, además, son muy coquetas.
Les gusta verse lindas,
sentirse bien arregladas,
llevar su color,
su perfume,
su pequeño gusto.
Y entonces salen así,
con la ropa elegida,
la camisa, la blusa o el saco en su lugar,
bien peinados
y una sonrisa que nadie planchó
pero igual quedó impecable.
Porque a cierta altura de la vida
estar bien puesto
no es un detalle.
Es una manera de decir:
todavía estoy aquí.
Y llega la hora del comedor.
Me gusta mirarlos cuando van.
Porque no van de cualquier manera.
Van como quien entra en algo importante.
Está quien avanza en su silla
con una dignidad que ya quisieran muchos tronos.
Está quien empuja su carrito
o va apoyado en un brazo amigo,
como si llevara consigo
el resto de una batalla,
pero siguiera en pie.
Está el sacerdote que llega con su paso más corto,
con su cansancio a cuestas
y su alma todavía encendida.
Están también otros,
más frágiles quizá,
pero con ganas de estar.
Y en cierto modo todos entran
como quien entra en algo importante.
No al comedor solamente.
Entran a la mesa,
que cuando es mesa de verdad
siempre tiene algo de altar.
A veces algunos llegan antes,
sobre todo al mediodía.
Y entonces la espera se llena de voces,
de boleros,
de coplas,
de canciones viejas
que andaban dormidas en la memoria
y de pronto vuelven.
Pero donde más se nota
es los domingos.
Volvemos de la catedral
y, entre que termina la misa
y llega la hora de la comida,
queda más o menos media hora.
Esa media hora no se pierde.
Se canta.
Y casi siempre es Don Esteban
quien va marcando el repertorio.
Lo hace muy bien.
Tiene ese modo de tirar una canción
y hacer que los demás se prendan.
Uno empieza bajito.
Otro reconoce la melodía y se suma.
Otra pone la letra donde faltaba.
Y de pronto la recepción
se llena de vida.
La alegría, aunque parezca mentira,
es contagiosa.
La puerta del comedor se abre
y casi molesta un poco que se abra,
porque nos obliga a pasar de la música al plato.
Pero entramos cantando igual.
Porque hay canciones
que no saben quedarse afuera.
Y entonces llega el cumpleaños.
Ahí sí que esta casa cambia de paso.
Alguien arranca con esa vieja cantinela
que a mí me lleva tan lejos
que casi vuelvo a ser chico:
Alerón, alerón, alerón, bonn bonn bonn bonn.
Y apenas suena,
los demás se encienden.
Esa música ya sabe andar sola.
Me la enseñó, siendo yo chico,
un cura misionero que pasó por el seminario.
La dejó caer como quien deja una semilla
sin saber en qué tierra va a prender.
Y prendió
en mí,
en mi casa,
en mi familia.
Y desde entonces el alerón se nos metió adentro
como se meten las cosas buenas:
sin pedir permiso
y para no irse nunca.
Pasó de cumpleaños en cumpleaños.
De mesa en mesa.
De abrazo en abrazo.
Haciendo ese lío hermoso
que no desordena la casa:
la despierta.
“No dejen de hacer lío”, decía el papá Francisco.
Y eso hacemos.
Lío
del que junta las voces,
aviva la memoria
y le pone tambor a la alegría.
No teníamos globos
ni cotillón.
No hacía falta.
Estaban los bizcochos.
Estaba la tarta.
Estaba la vela.
Estaba su número.
Estaba su nombre.
Y estaba el alerón.
Con eso bastaba.
Porque lo importante no era adornar el aire.
Era honrar a la persona.
Y cuando aquí lo entonamos,
no cantan solo estas voces de ahora.
Cantan también otras.
Las que lo trajeron.
Las que ya no están.
Las que dejaron sonando
su manera de querer.
Entonces nombran al cumpleañero.
Y su nombre, por un momento,
ya no es un nombre más.
Es centro.
Es fiesta.
Le cae encima un aplauso grande,
de esos que no golpean:
abrazan.
Levantan las manos los que pueden,
y los que no pueden
las levantan por dentro,
pero festejan igual.
Porque una casa viva no es muda.
Canta fuerte,
se entusiasma,
se ríe antes de tiempo,
aplaude de más.
También eso es una caricia.
La caricia que acomoda una camisa
o alisa una blusa.
La caricia que se vuelve coro.
La caricia que sabe tu nombre.
La caricia que se acuerda de tu cumpleaños.
La caricia que no te devuelve juventud,
pero te devuelve algo que a veces vale más:
las ganas.
Las ganas de estar.
Las ganas de sonreír.
Las ganas de llegar a la mesa
como quien todavía pertenece.
Y así, en la Casa Sacerdotal de Almería,
entre manos que lavan con respeto,
entre voces que se buscan para cantar,
entre camisas elegidas con amor,
blusas cuidadas con esmero
y cumpleaños que estallan en alerón,
esta casa fue dejando de ser solamente una residencia.
La gente aquí no solo es atendida.
Es mirada.
Es nombrada.
Es celebrada.
Y cuando una persona es mirada así,
aunque le duelan los huesos
o el olvido le ronde por dentro,
todavía puede florecer.
Esta casa se fue volviendo hogar.
No por grandes cosas.
Por cosas pequeñas y verdaderas:
una mano limpia,
una ropa bien puesta,
una voz que llama por el nombre,
una vela encendida,
un alerón que despierta la risa.
A veces la esperanza llega así,
sin estruendo,
con gestos sencillos
que le cambian la tarde a un alma.
Por lo visto, también así obra Dios:
en lo pequeño,
en lo cotidiano,
en lo que parece de todos los días
y termina siendo consuelo.
Mientras haya una mano que cuide
y una voz que celebre,
esta casa seguirá siendo hogar.
Y sí: hicimos lío.
Del que devuelve las ganas
y te recuerda
que sigues teniendo nombre,
lugar
y fiesta.
Como pidió el Papa Francisco.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













