Compré un helado y me quedé quieto.
No por cansancio. Por esas cosas que le pasan a uno cuando la vida ya no lo corre tanto, y de pronto una tarde cualquiera le pone delante una puerta redonda, de esas que huelen a domingo, a mantel recién planchado y a infancia guardada en una caja de zapatos.
La vi en el Paseo de Almería, Navidad del veinticinco, recién puesta, con sus caballitos brillando como si hubieran llegado de algún patio antiguo que yo conocía sin saber de dónde.

Todavía no giraba.
O eso creí yo.
Porque algo empezó a moverse primero dentro de mí.
Subí.
Y conmigo subió el niño que fui, con las rodillas despellejadas, los bolsillos llenos de canicas y un trompo quiñado que todavía hacía ruido en algún rincón de la memoria.
Subió mi cuerpo entero, con una alegría un poco torpe, un poco vieja, un poco nueva. Esa alegría rara que no pide permiso, se sienta al lado de uno y dice: vamos, que todavía queda una vuelta.
El caballito subía y bajaba despacito, como si supiera mi edad y no quisiera humillarme.
Y sin embargo, cada subida era una campana.
Cada bajada, un regreso.
Daba vueltas la música, chillona, de feria, con esa alegría barata que a veces vale más que todas las sinfonías solemnes.
Daban vueltas los niños.
Daban vueltas las madres.
Daban vueltas los abuelos.
Daba vueltas Almería, con sus luces de Navidad prendidas como pequeñas promesas sobre la tarde.
Y en una de esas vueltas la vi.
Mi mamá.
No estaba, claro.
Pero estaba.
Estaba en esa forma suya de mirar mi alegría sin estorbarla. En esa vigilancia dulce de las madres que dejan que el hijo goce, pero tienen un ojo puesto por si se marea, por si la felicidad se le va un poco de las manos, por si hace falta sostenerlo antes de que él mismo se dé cuenta.
Quise decirle algo.
Mamá, mira.
Todavía subo.
Todavía me río.
Todavía hay un caballito que se acuerda de mí.
Pero no dije nada.
La acaricié con la sonrisa.
Vuelta tras vuelta.
Como se acaricia a los muertos queridos cuando vuelven sin ruido y se sientan un momento en la orilla del alma.
Y entonces también vinieron ellos.
Mis hermanas.
Mi hermano.
Los que ya se fueron, pero siguen entrando sin golpear cuando alguna música vieja abre la puerta.
Volvieron como en aquellos días en que todavía jugábamos a la mancha en el patio de mi casa, y el mundo era grande porque nosotros éramos chicos, y bastaba una pared, una sombra, una risa, para que la tarde no terminara nunca.
La calesita seguía girando.
Pero ya no era solo una calesita.
Era una mesa familiar dando vueltas.
Era una foto movida.
Era un patio encendido.
Y bajé como quien baja de una oración que no sabía que estaba rezando.
Con una sonrisa larga que no era solo mía.
Con el helado ya casi vencido por la tarde, chorreándome entre los dedos como un secreto a medio contar.
Y me fui despacio, guardando aquella vuelta en el bolsillo más hondo.
Junto a las canicas.
Junto al trompo quiñado.
Junto a esa espada de madera de cuando, con seis años y un parche en el ojo, me disfrazaron de pirata y yo creí, por un ratito, que podía conquistar el mundo.
A veces la vida, cuando uno se deja subir, todavía devuelve una caricia que creía perdida.
No la devuelve entera.
La devuelve girando.
Con música de feria.
Con la madre mirando desde algún lugar donde el amor no se muere.
Y con olor a helado.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













