Quizás haya sido una costumbre nacida en los últimos años de la década del sesenta y prolongada hasta que la música se volvió una experiencia individual, encerrada en los auriculares.
El ritual consistía en reunirse en la casa de alguien que tuviera un buen tocadiscos. Si era un equipo estéreo, mejor. Si no, alcanzaba con el mítico Winco. Cada uno llegaba con sus discos bajo el brazo. Los muchachos traían algo para tomar; las chicas, algo para comer. Y durante horas se escuchaba música. Eran lo que llamábamos “asaltos”.
No lo sabíamos, pero la música era un vehículo: la búsqueda de un espacio común en el que reconocerse. Donde compartir descubrimientos, aprender nuevas tonadas, discutir letras, ensayar ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Allí se bailaba, se conversaba y, en los rincones menos iluminados, se ensayaban los primeros amores.

A veces aparecía algún amigo, o el amigo de un amigo, que tenía una banda. Entonces la reunión se trasladaba a la sala de una parroquia, al patio de una escuela, a un cine de barrio o a algún desvencijado teatro sindical. Allí intentaban destrozar una canción de los Beatles o presentar alguna composición propia que, según ellos, cambiaría la historia del arte.
La música era una búsqueda. Y lo fue aun más cuando las reuniones comenzaron a ser observadas con sospecha. Hubo un tiempo en que juntarse era un acto que podía llamar la atención de quienes vigilaban. La amenaza de la desaparición forzada convirtió cualquier encuentro entre jóvenes en algo potencialmente peligroso.
Recuerdo haber participado en uno de esos intentos colectivos. Una banda absolutamente desafinada de músicos veinteañeros trataba de sonar como Charly García, con pretensiones de King Crimson y aspiraciones corales dignas de Ariel Ramírez. El resultado fue un fracaso estruendoso.
Y, sin embargo, allí estábamos.
Nos quedamos hasta el final. No por la música, que era francamente mala, sino por la oportunidad de estar juntos. Afuera, apostados en la salida, los servicios observaban a quienes se retiraban. Buscaban montoneros, ERP o, simplemente, jóvenes cuya edad los hacía sospechosos.
Nosotros salimos igual.
Porque, al fin y al cabo, la música era apenas la excusa.
Fue en una de aquellas páginas de Gloria Guerrero en la revista Humo®, firmadas bajo el guiño de aquel “guerrero que no detenía jamás su marcha”, donde leí por primera vez sobre Patricio Rey. No sobre la leyenda que vendría después, sino sobre aquel extraño espectáculo en el que convivían poesía, teatro, malabares y música.
No era tampoco la banda que sonaba en el contestador automático de Marcelo Zlotogwiazda -el periodista económico más improbable de principios de los ’90, alto, flaco y rubio, con el pelo tan largo como su apellido impronunciable-, cuya voz me recibía cada mañana cuando lo llamaba desde la producción de la radio.
Pasaron años antes que aquella rareza underground se transformara en el fenómeno multitudinario que después conocimos como las misas ricoteras, que le dieron significado a la impronta de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.
Hoy se habla de una trayectoria de cincuenta años. No es una cifra arbitraria. La fundación de Los Redondos coincide, casi exactamente, con el golpe de 1976. Ayer se murió el Indio, exactamente medio siglo de presencia cultural.
El Indio emerge al inicio de la dictadura militar, en el corazón de la contracultura platense, cuando la utopía hippie de los años sesenta sobrevivía apenas como un trazo en El Bolsón o en Traslasierra. Cuando andábamos en la búsqueda de nuevas formas de resistencia cultural. Casi una continuidad de los míticos asaltos de la juventud de los ’60. No eran solo una banda de rock; eran parte de una escena alternativa que buscaba espacios propios fuera de los circuitos oficiales.
Precisamente esa alteridad de los circuitos convencionales de la música fue la que generó una adhesión masiva: recitales de cientos de miles de personas, necesidad de viajar a lugares desconocidos, ámbitos de los recitales inadecuados, sin infraestructura, a merced de los elementos: lluvia, frío y siempre llenos. Donde la recompensa no era un mullido sillón con una birra en la mano para ver al ídolo, sino la carencia, la ausencia y la falta, pero siempre con otros.
La dictadura se llevó puesta a una generación activa, desarticuló las organizaciones políticas, estudiantiles, sindicales, culturales y barriales. No destruyó solo estructuras; también destruyó espacios de pertenencia. Después vino la democracia, pero también la fragmentación social de los años noventa, el individualismo de mercado y, más tarde, las sucesivas crisis económicas.
En ese contexto, mucha gente quedó sin relatos colectivos capaces de albergarla. Allí aparece el fenómeno ricotero. No porque ofreciera un programa político, sino precisamente porque no lo ofrecía.
Las letras del Indio nunca fueron lo suficientemente precisas como para clausurar interpretaciones. Tampoco fueron tan vagas como para no decir nada. Había una ambigüedad productiva. Allí cada uno podía encontrar algo distinto: el militante, el pibe de barrio, el estudiante, el trabajador precarizado. También para el desencantado de la política o para quien nunca había participado de nada. Todos podían reconocerse allí.
La figura de Patricio Rey, los Redondos, las misas ricoteras terminan funcionando como una bandera en la que cada uno escribe algo distinto, un recipiente común donde convergen experiencias que no son iguales entre sí. Es entonces cuando la lluvia, el barro, el frío y los viajes dejan de ser simples incomodidades. Se transforman en rituales de pertenencia que no son obstáculos, sino pruebas que demuestran que el encuentro vale más que la comodidad.
Los años ’60 y ’70 habían multiplicado esos espacios de encuentro: parroquias, centros de estudiantes, unidades básicas, clubes, peñas, grupos de teatro, círculos políticos.
Cuando muchos de esos espacios desaparecieron o se debilitaron, los recitales de los Redondos comenzaron a cumplir, para una gran cantidad de argentinos, una función similar: no eran simplemente conciertos, sino acontecimientos de agregación. Lugares donde personas dispersas podían reconocerse como parte de un nosotros.

Y quizás allí se encuentre una de las claves de la reacción ante la muerte del Indio.
No se está despidiendo únicamente a un músico.
Se está despidiendo uno de los últimos grandes artefactos culturales capaces de generar comunidad a escala masiva sin depender del Estado, de la iglesia, de un partido político, de un sindicato o del mercado tradicional del entretenimiento. La gente no llora solo porque le gustan las canciones. Tal vez la música haya sido, como aquellos discos escuchados alrededor de un Winco, apenas la excusa. El duelo es, para varias generaciones de argentinos, por la pérdida de un lugar donde encontrarse con otros y reconocerse en ellos. Un espacio donde, durante medio siglo, los argentinos construyeron compañía para enfrentar la propia intemperie.
Toronto 6 de junio 2026

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.












