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(viene de la edición anterior)
-¿Se despertó por fin? ¿Quiere un café?- dijo la mujer llamada Josefina casi sin mirarlo, mientras seguía fregando ropa sobre una tabla de madera.
-Le agradezco, pero el último café que tomé en esta casa me cayó un poco pesado- respondió Juan Arriaga con bastante humor en la voz.
La mujer esta vez dejó de fregar y lo miró, sin sacar las manos del agua jabonosa, con su cara larga y surcada de arrugas verticales, que se diría que habían sido copiadas de las canaletas de la tabla en la que estaba lavando, y habían sido dadas vuelta.
-No se preocupe, yo tomo todas las noches eso mismo que tomó usted, de otra manera no pego un ojo. Y aquí me ve. Son cosas de Humberto, cuando tiene que hablar con alguien se pone tan nervioso que me pide que le prepare un café especial-.
-Espero que no le pase tan seguido, o se va a encontrar con media ciudad dormida- agregó Juan Arriaga. -A propósito, usted…-.
-Soy la madre. Josefina Herrera, mucho gusto. Y usted es el profesor, ya me habían hablado. Qué ocurrencia, ser profesor en los tiempos que corren. ¿Todavía enseñan sujeto y predicado, y esas cosas como los verbos irregulares? Ustedes con esas antiguallas mientras los pendejos saben todo por el celular, y el resto del tiempo están fumando porros y tomando. En fin, es el mundo de hoy. Por suerte mi hijo se metió en esa organización, cómo se llama…-.
-¿Los secuaces…-.
-Sí, algo por el estilo, aunque le molesta que se la nombren, allá él. Es como una especie de club, yo le digo que parecen unos mafiosos él y los amigos. Pero habrá escuchado lo bien que habla, eso sí, tiene una palabra… La heredó de mi papá, que era un hombre que había leído muchos libros y hablaba con mucha elegancia. Yo no, yo salí turra y de la calle, y cuando no pude ser más turra porque se me vinieron los años encima, tuve que salir a hacer de sirvienta, que es el final de todas las turras. Claro, a no ser que además de turras sean zorras. Pero yo no, turra y estúpida, así que me llegó este hijo y a fregar para otros si quería darle de comer. Diga que Humberto se las ha apañado muy bien, y pude dejar de trabajar en las casas de los ricos, pero la costumbre me quedó, ¿sabe? por eso mis cosas y las suyas se las lavo yo. Es que no se fía de nadie este hijo mío, como si le fueran a poner una bomba en los calzoncillos-.
Josefina Herrera sacó el tapón de la batea y el agua se escurrió con el ruido de un vómito al revés. -¿Se va a quedar ahí parado toda la mañana? Ya que está ayúdeme a llenar este fuentón y a llevarlo al patio, la artrosis me tiene mal y con este tiempo me ataca los brazos-.
Juan Arriaga se encontró cargando un enorme fuentón de lata lleno de ropa hasta un patio aún más atrás de la casa, embaldosado de rojo y lleno de macetas con malvones y geranios. En el centro había un alambre con un palo. La mujer movió el palo y el alambre bajó a su altura. De una canastita que había en el suelo empezó a sacar broches de madera.
-Usted páseme la ropa que yo la voy colgando. No le pido que lo haga usted porque hay que saber colgar la ropa, o se seca mal y queda con olor a mushuruta-.
-¿Mushuruta?- preguntó Juan mientras le pasaba las prendas a Josefina.
-Así decía mi mamá, que era hija de libaneses. Nunca supe lo que quería decir, pero cuando uno siente ese olor, no hay otra palabra para describirlo-.
El patio, las paredes descascaradas, las macetas, el alambre con la ropa, todo llevaba a Juan hacia su infancia, en una casa mucho más humilde, en un patio de tierra apisonada, cuando ayudaba a su nona a tender la ropa recién lavada a mano en las heladas mañanas de invierno. Era increíble, pero se encontraba tendiendo la ropa interior del hombre que lo había amenazado la noche anterior, mientras charlaba con su madre como si fuera una antigua conocida. Cuando terminaron con todo lo que había en el fuentón, Josefina tomó el palo y lo enderezó, levantando de ese modo el alambre y alejándolo del suelo con su carga de seres humanos sin cuerpo.
-Bueno, ahora sí que nos podemos tomar un cafecito… Tranquilo, no ponga esa cara, que le doy del bueno. Humberto consigue uno traído directamente de Colombia. Me imagino que traerán drogas también, no soy ninguna tonta. Yo ya se lo he dicho, no me aparezcás un día drogado porque te doy vuelta la cara de un revés. Y hay que decir lo que es, nunca lo he visto mal puesto, ni siquiera borracho. En el fondo es un buen hijo, para haber crecido sin padre. Y muy respetuoso, delante de los desconocidos nunca me dice mamá, sólo Josefina. ¿Quiere unas palmeritas? A mí me encantan las palmeritas, por acá tengo unas de ayer-
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Juan Arriaga salió de esa extraña casa como si hubiera pasado una mañana en el viejo caserón de su infancia, en el barrio de San José, cuando las calles eran de tierra y las mujeres salían al atardecer con tarros atados a palos, con los que sacaban el agua de la acequia para regar las banquinas y refrescar el crepúsculo en los días de verano. En la enorme galería (en los recuerdos de la infancia todo parece enorme) los adultos se sentaban alrededor del brasero que tenía un amplio borde revestido de lata para apoyar los pies, y tomaban mate y conversaban. Suegra, cuñadas, hijas ya grandes, tías solteras, compartían horas que parecían no pasar nunca, robadas a las inacabables tareas domésticas, la crianza de los hijos y la preparación de la cena. Algunas aprovechaban a zurcir medias, ayudadas por un huevo de madera, otras a pegar botones, mientras la nona desgranaba entre las manos un rosario, sin interrumpir la conversación sobre vecinos y conocidos, parientes ausentes desde hacía tiempo, difuntos y aparecidos. Era un mundo laborioso e inequívoco; por las mañanas las mujeres iban y venían tendiendo camas, ventilando las habitaciones, barriendo y lavando, preparando las cosas para el almuerzo y dando de comer a las gallinas y a los conejos. A veces los niños tenían que ir al almacén por un cuarto de azúcar o de harina, y el almacenero nunca dejaba de darles la yapa, que consistía en un chupetín o dos caramelos, uno de ellos se comía en el camino de regreso y el otro era guardado celosamente en el bolsillo del pantalón corto. La vereda era el lugar de encuentro con los hijos de los otros vecinos, el espacio mágico donde se compartían los pobres juguetes, a veces un autito de lata, a veces una pelota, o las bolitas de vidrio con universos de colores adentro. Juan Arriaga recordaba también que su enorme timidez y su inhabilidad para esos juegos lo llevaban la mayor parte del tiempo a entretenerse solo en el desmesurado fondo de la casona, en cuyo final había dos gallineros, uno con gallinas y uno con conejos blancos. Los paredones limítrofes eran de adobes tan desgastados y carcomidos por las intemperies que se parecían a ruinas abandonadas, sobre las cuales solían merodear gatos en su eterna búsqueda de los huidizos pericotes, y se posaban los inefables gorriones, en esos tiempos tan abundantes y bullangueros que eran una compañía constante para el pequeño niño solitario. Sus pasatiempos se concentraban en una suerte de tienda de campaña que consistía en telones viejos sostenidos milagrosamente por palos, bajo los cuales Juan realizaba los que llamaba experimentos, y ese lugar imposible era el “laboratorio”.
Todas estas cosas iba pensando Juan Arriaga cuando llegó al pasillo del inquilinato, y entonces vio que Melchor Montoya y Paco lo estaban esperando en la entrada de la escalera que llevaba a su vivienda.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












