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(viene de la edición anterior)
-Estábamos preocupados, hace tres días que no contestás el teléfono- le dijo Paco apenas entraron en el departamento.
-¿Tres días? Si estuve afuera sólo anoche-. Juan Arriaga pensó en lo exagerado que era siempre Paco, y mientras tanto preparaba café en la cocina.
-No Juan- escuchó la voz de Melchor -hace tres días que no sabemos nada de vos. Es más, éste es el cuarto día.
Juan Arriaga apareció con las tazas de café, las puso arriba de la mesita y se sentó a su vez frente a los otros dos hombres. -Anoche yo regresaba caminando por la calle, cuando frente a una casa vieja me abordaron tres hombres bajos, con sombreros negros-.
-Los secuaces- dijo Melchor.
-Sí, lo supe después- agregó Juan -uno de ellos, llamado Humberto, me hizo entrar en la casa y me habló-.
Melchor y Paco se miraron significativamente cuando escucharon el nombre de Humberto.
-¿Pasa algo?- preguntó Juan al notar el gesto de sus amigos, mientras sostenía la taza en la mano.
-Seguí contándonos, te escuchamos- agregó Melchor.
-¿Qué te dijeron?- preguntó Paco.
Juan Arriaga se dio cuenta que tal vez no debería tomar tan a la ligera su aventura, aunque estaba ansioso por contarles su agradable conversación con Josefina Heredia.
-Ese tal Humberto fue el único que habló- prosiguió. -Me dijo que yo había elegido mal, que ellos no eran los malos de la historia, y empezó a darme ciertas explicaciones sobre el orden del mundo…
-Claro, ya sé de qué se trata. Ellos no son malvados, son los que mantienen en pie esta maquinaria infernal, y bla bla- comentó Melchor Montoya.
Juan Arriaga terminó su café, y pensando que llegaba a la parte más agradable de su relato, prosiguió casi sonriendo: -Lo más curioso fue que cuando me desperté, a la mañana…-.
-A la mañana de tres días después- acotó Paco.
-Pero no puede ser, si incluso me encontré con la madre de Humberto, una mujer muy sencilla y simpática que me invitó un café con palmeritas y me contó su historia, estuvimos charlando un montón-.
Melchor Montoya apoyó la taza de café en la mesita, y después de darle una mirada fugaz a Paco, preguntó: -¿Cómo se llama esa mujer?-.
-Josefina Heredia-.
Paco carraspeó y se miró con Melchor en un cruce de entendimientos del que Juan Arriaga se sintió totalmente excluido. Ambos hicieron silencio, Melchor también apoyó su taza en la mesita, y dijo: -Felicitaciones, has conocido al mago del travestismo mundial, al capo de la más grande red de narcotráfico de toda Sudamérica-.
-Y uno de los mayores del mundo sin duda- agregó Paco.
Un nuevo silencio, pero esta vez denso como un cemento líquido, ígneo y de color sangre, cayó sobre los tres hombres.
-Es hora que dejés de ser tan crédulo Juan- dijo Melchor, sin agresión, pero con mucha firmeza en la voz. Y agregó: -¿Te das cuenta que has estado durmiendo tres días y has estado charlando y comiendo palmeritas con uno de los asesinos más despiadados que existen?-.
-¿Asesino? No me parecía, si es una mujer vieja que estaba lavando la ropa…- casi murmuró Juan Arriaga, entre culpable e incrédulo.
-Es un hombre, Juan, o un monstruo más bien- agregó casi con dulzura Paco, quien temía que Melchor hubiese sido demasiado duro. Sus personajes son innumerables, y su imaginación tan vasta como su capacidad de asesinar como si estuviera comiendo una palmerita.
Melchor se rió brevemente, y eso distendió un momento el aire entre los tres hombres.
-Pero… ¿entonces no es la madre de Humberto?-.
Melchor apoyó la espalda en el respaldo del sillón y dijo: -Lo más probable es que ese imbécil de Humberto ni haya sabido quién es en realidad Josefina Heredia. Es indispensable que seas más cauteloso Juan, si no te hizo boleta es porque quería mandarnos un mensaje. Y ya nos llegó. Tenemos la sospecha que él se encuentre detrás de la muerte de Isabel Pereira, tal vez no materialmente, pero sí psicológicamente. Sabemos que Isabel recibía amenazas y se sentía asediada, eso puede haber sido la causa de su suicidio. Si fue suicidio-.
-Es probable que él tenga la soga- acotó Paco.
Un nuevo silencio atravesó la sala que había sido de Isabel Pereira, esta vez no era sangre goteante, sino desazón, impotencia, acechanza. En esos instantes todas las imágenes de su infancia que Juan había recuperado después de su charla con Josefina Heredia -o quien fuera que se escondía bajo ese nombre- se cruzaron por su mente con pasmosa morosidad, y a la vez como si ellas mismas se estuvieran arrojando en un fuego desde el que surgía una carcajada despreciable. ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo? ¿Y la ropa interior de Humberto?
-La ropa que lavaba tal vez era de alguna de sus últimas víctimas -dijo Melchor como si le estuviera leyendo la mente. -¿Por casualidad no había calzoncillos? Porque le encanta desnudar a los que mata, y se roba la ropa interior, está totalmente loco.
-Sí, había varios calzoncillos… -dijo en voz baja Juan.
Paco se inclinó hacia Juan sin levantarse de su asiento. -Tranquilo Juan, lo importante es que no te hizo nada y estás ahora hablando con nosotros.
-Levantate la manga izquierda -casi le ordenó Melchor tras las palabras de Paco.
Juan Arriaga obedeció sin pensarlo, dejando a la vista parte del antebrazo izquierdo. Cuando lo giró, poco más abajo del pulso tenía tatuada una pequeña cruz cuyos brazos eran más anchos en los extremos y más estrechos al acercarse al centro.
-La cruz templaria. Le gusta jugar con esas cosas. Es como una marca de pertenencia; en cierto modo estás protegido. Como si hubieras hecho un pacto con el diablo -dijo Melchor al ver el tatuaje en la muñeca de Juan.
-¿Cómo? -Juan Arriaga estaba totalmente confundido. -¿Cómo es posible? ¿En qué momento? ¿Qué quiere decir un pacto con el diablo?
-En tres días tuvo tiempo de sobra para hacerte lo que quiso. ¿Acaso no te has dado cuenta de que dormiste setenta y dos horas y ni siquiera tenés la ropa arrugada ni te ha crecido la barba?- agregó Melchor.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Juan, al mismo tiempo que se daba cuenta -después de la afirmación de Melchor- de que se sentía limpio. ¿Qué había pasado con él en esos tres días? ¿Cómo era posible que no recordara nada?
-Las drogas que este personaje maneja son muy poderosas, no te hagás más preguntas- trató de tranquizarlo Paco, viendo cómo Juan se debatía en un estado cercano a la angustia.
-¿Cómo se llama? ¿Cuál es su verdadero nombre? -preguntó al fin Juan Arriaga.
Esta vez fue Melchor quien adelantó el busto hacia él y exhaló una gran bocanada de aire antes de responder: -Nadie lo sabe. Lo llaman el Mancha.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












