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(viene de la edición anterior)
-Mejor me quedo a hacerte compañía esta noche -le dijo Paco a Juan Arriaga en el camino de regreso, mientras pasaban los horizontes polvorientos y las matas arrinconadas en la vastedad.
-Salió medio flojo el compañero -agregó Melchor Montoya sin quitar los ojos del camino, mortificado por un crepúsculo sin dulzura, recto y definitivo.
Juan Arriaga se sentía más avergonzado que confundido, le agradeció a Paco y siguió fingiendo que miraba por la ventanilla el paisaje huidizo, cuando en realidad repasaba en su mente los momentos anteriores a su desmayo, que eran los únicos que recordaba. Después, una negrura de muerte había velado su conciencia y lo había arrojado a un pozo de ceguera y silencio.
Esa noche, mientras Paco dormía repantigado sobre el sofá y Juan debatía incoherencias con el insomnio, las estrellas se apoyaban en la ventana de su habitación y titilaban como si estuvieran dentro de su cabeza, exactas e insobornables. Pensó que podría probar a contarlas, tal vez eso lo sumiera al menos en un sopor parecido al sueño. La tarea era verdaderamente difícil, los puntos luminosos se confundían a través de los vidrios, y a veces se duplicaban o se triplicaban, formando triángulos imaginarios que geometrizaban las constelaciones de manera improbable.
En ese juego se encontraba, cuando escuchó murmullos procedentes de la sala donde se encontraba Paco, pasos afelpados, y le pareció que se trataba del rumor producido por la presencia de varias personas. En un instante que no pudo calcular, vio a los pies de su cama a Bilbao, a la tía Yiya, a Josefina Heredia y a los dos peones que carneaban la marrana en La Asunción. Ambos hombres seguían totalmente salpicados de sangre, y tenían en las manos los grandes cuchillos que habían usado para la faena. Se incorporó lo que pudo en la gran cama, aterido más por el terror que por cualquier otra cosa. Las figuras, de pie en la semipenumbra, mantuvieron silencio mientras no dejaban de mirarlo, y cuando hablaron tampoco apartaron las pupilas de su cara, si bien conversaban entre ellos como si él estuviera ausente.
-No tiene nada que ver con la soga- dijo Bilbao.
-La soga estaba en el baúl de los encajes -agregó la tía Yiya.
-Esa soga ya tiene una muerte en su haber -sentenció Josefina Heredia, y los peones mantenían un enjuto silencio.
-Habría que consultar con Humberto, él puede saber algo -dijo la tía Yiya.
Bilbao, sin mover un solo músculo de su cara maquillada acotó: -Yo creo que Edelmiro Casacordero tiene que ocuparse de este caso. Ya le había advertido sobre el peligro de la ambigüedad. El quizá sea el único capaz de deducir la cuestión de la soga.
-La cuestión de la soga está bastante definida -intervino Josefina Heredia. -Es el poder de la muerte el que define las cosas.
Juan Arriaga sentía como un chaleco de fuerza alrededor de su cuerpo medio incorporado en la cama, el terror iba dando paso a la perplejidad, a la turbación, a la agitación. Trató de hablar pero las palabras se destrozaban en su garganta antes de salir por su boca, y le provocaban un sofocamiento que lo hacía jadear. Con un esfuerzo que le demandó todas sus fuerzas al fin logró articular:
-Yo no puse la cuerda en el baúl. Soy inocente.
Sólo ante estas palabras los personajes se miraron entre sí, flotando en la penumbra, y pocos instantes después salieron de la habitación. Cerraron el cortejo los dos peones, uno de los cuales, antes de retirarse, apoyó la hoja de su cuchillo en el bronce de los pies de la cama donde permanecía inmovilizado Juan Arriaga.
Por la mañana, encontró a Paco preparando café en la cocina. Su amigo parecía algo más taciturno que de costumbre, y cuando Juan le preguntó cómo había pasado la noche y si había descansado, le respondió: -No muy bien, creo que en realidad pasé la mayor parte de la noche en vela.
Tomaron el café casi en silencio, y cuando acompañó a Paco a la puerta, Juan Arriaga notó que en el viejo parquet de madera había numerosas y diferentes huellas de pies. No dijo nada al respecto, y al quedarse solo recurrió a lo que más amaba hacer por las mañanas y que siempre le procuraba el bienestar indispensable como para enfrentar un día más: una ducha más caliente de lo que cualquier ser humano podría soportar.
El resto del día lo dedicó a revisar detalladamente la biblioteca de Isabel Pereira. Los libros estaban en todo el departamento, pero en el estudio constituían el mobiliario principal, tapizaban las paredes y se amontonaban unos sobre otros en los estantes. Encontró todos los clásicos, las tragedias griegas, la Ilíada, la Odisea, Dante, Shakespeare, Las mil y una noches, todo Borges, pero además cantidades de novelas en francés, muchas de Julian Green, y cantidad de libros de arqueología, antropología y filosofía. ¿Realmente había conocido a esa mujer? Alguien poseedor de esa marea de conocimientos debía ser sin duda una persona muy singular, y Juan Arriaga intentó volver hacia alguna de las tantas conversaciones que había tenido con su vecina, y en cada una de las cuales habían vaciado una botella de whisky. Se dio cuenta no sin asombro que de esos encuentros recordaba una mínima parte, justamente aquélla que precedía al tercer vaso de alcohol. Se preguntó a sí mismo cómo podía haber sido tan descuidado, tan negligente, de haberse dejado llevar por la bebida a tal punto de no lograr recordar no solamente lo que había dicho Isabel Pereira, sino tampoco lo que podría haber dicho él mismo en esas largas veladas etílicas.
Mientras revisaba un poco distraídamente los libros y pensaba estas cosas, se dio cuenta de que tenía en sus manos un volumen de poesías de Constantino Kavafis, y que lo había abierto en la página donde estaba marcado el poema Ítaca. Comenzó a leerlo, aunque en realidad lo sabía prácticamente de memoria, y se fijó en que había un verso subrayado: “los emporios de Fenicia”. Al momento se dio vuelta para mirar cierta zona de la biblioteca donde había visto libros de Historia. Dejó los poemas de Kavafis y buscó en ese lugar los títulos que ya había mirado un rato antes, hasta que llegó a un libro grueso que en el lomo, en letras doradas, tenía escrito el título “Los emporios de Fenicia”. Lo tomó, convencido de que se trataba de un libro de arqueología, e inmediatamente notó una extraña textura y un peso inusual en el volumen. En efecto, no se trataba de un libro, aunque tenía toda la apariencia de tal. Los cantos estaban tallados con exactitud y la tapa repetía en filigrana el nombre del lomo, pero en realidad era una caja de madera. Tenía una suerte de broche de bronce, sin cerradura, y al moverla, Juan Arriaga comprobó que dentro debía haber varias cosas, porque se sentía un rumor apagado, mortecino, como de hojas secas atropelladas por el viento.
Se dirigió a la sala -la biblioteca le daba un poco de aprensión- se sirvió un generoso vaso de whisky, buscó hielo en la cocina, y se sentó en la poltrona de terciopelo verde. Después del segundo trago, y tras haber mirado fijamente el falso libro que reposaba sobre sus rodillas, se decidió a abrirlo. En ese momento escuchó una voz que le decía “¿estás seguro?”. Se levantó de su asiento, recorrió la sala y después todo el departamento, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada con llave y cadena. Miró por la ventana que daba a la calle y sólo vio pasar a una vieja con un carrito de compras que chirriaba. Pensó que tal vez había sido ese chirrido el que confundiera con una voz. Se volvió a sentar, tomó otro largo trago de whisky, y abrió la caja con forma de libro.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












