Como cada domingo, salimos un poco antes de la Casa Sacerdotal para acompañar a los sacerdotes mayores y a los demás residentes hasta la Catedral.
El verano seguía apretando con ese sol de Almería que obliga a caminar despacio. Unos avanzaban con andadores, otros en sillas de ruedas. Nosotros, voluntarios residentes, simplemente poníamos nuestras manos donde ya no alcanzaban sus fuerzas.
Cada domingo es igual.

Y, sin embargo, cada domingo es distinto.
Mientras cruzábamos la plaza, toda España vive pendiente de otro acontecimiento. Esta noche se disputa la final del Mundial masculino de fútbol entre España y Argentina. La prensa, la radio y la televisión repiten una palabra que expresa el deseo de todo un país:
«Ojalá».
Ojalá llegue la segunda estrella.
Es hermoso mantener viva una ilusión. El deporte también tiene esa capacidad de reunir a millones de personas detrás de un mismo sueño.
Pero al entrar en la Catedral comprendí que aquí se estaba hablando de otra clase de victoria.
La celebración fue presidida por don Juan José Martín Campos, deán de la Catedral, asistido por el diácono don Antonio Asensio.
El Evangelio nos presentaba la parábola del trigo y la cizaña.
Jesús no preguntaba quién iba a ganar un campeonato.
Preguntaba qué clase de persona quería llegar a ser cada uno de nosotros.
Don Juan José lo explicó con una sencillez admirable.
La cizaña se parece al trigo. Crece a su lado. Tiene espiga. Desde lejos casi engaña. Pero cuando llega el momento de la cosecha se descubre la diferencia.
El trigo da fruto.
La cizaña solamente aparenta.
Entonces comprendí mejor una imagen que tantas veces hemos visto en el campo.
Cuando la espiga está vacía permanece erguida.
Cuando el grano madura y se llena de fruto, la espiga se inclina.
No se inclina por debilidad.
Se inclina porque lleva dentro algo que pesa.
El fruto siempre vuelve humilde a quien lo lleva.
Quizá por eso las personas que más bien hacen suelen ser también las más sencillas. No necesitan exhibirse. No viven pendientes del aplauso. Alimentan la vida de otros casi sin hacer ruido, como el trigo que un día terminará convertido en pan.
Después vino una segunda enseñanza igualmente necesaria.
Tenemos demasiada facilidad para decidir quién es trigo y quién es cizaña.
Juzgamos con rapidez.
Etiquetamos personas.
Condenamos historias que apenas conocemos.
Pero Jesús pide paciencia.
Solo Dios conoce el corazón.
Solo Él sabe cuánto trigo está creciendo todavía dentro de una persona que nosotros ya habíamos dado por perdida.
Y también sabe cuánta cizaña queda aún dentro de quienes creemos ser muy buenos.
La paciencia de Dios nace de su esperanza.
Nunca deja de esperar el fruto.
Don Juan José terminó recordando unas palabras de san Pablo que podrían resumirse en una oración muy sencilla:
«Gracias, Señor, porque no siempre me das lo que te pido.»
Qué verdad tan grande.
Nosotros solemos pedir lo que nos gusta.
Dios procura darnos lo que realmente nos conviene.
Muchas veces solo con los años descubrimos que algunas puertas cerradas fueron también una forma de su misericordia.
Mientras regresábamos con los mayores hacia la Casa Sacerdotal seguía pensando en el partido de la noche.
Miles de personas esperaban celebrar una estrella.
Y estaba bien.
Pero el Evangelio me había dejado otra pregunta mucho más importante.
No me preguntaba por el resultado de un encuentro.
Me preguntaba por el resultado de mi vida.
No si he conseguido triunfar.
Sino si he conseguido dar fruto.
Y mientras toda España espera que esta noche llegue una segunda estrella, yo regresaba despacio a la Casa Sacerdotal empujando una silla de ruedas bajo el sol.
Pensé que, al fin y al cabo, aquel también era un pequeño partido.
Sin público.
Sin cámaras.
Sin trofeos.
Pero de esos que Dios nunca deja de mirar.
Y comprendí que quizá el Evangelio tenía razón.
El Reino de Dios no se construye levantando copas.
Se construye sembrando.
Una semilla.

Un gesto.
Una vida.
Cada día.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













