
(viene de la edición anterior)
Sentado frente a él, ahora Humberto se veía más recio, más duro. La luz caía sobre la mesa como una espada de hielo; habían desaparecido los vasos y la botella de cerveza. Juan Arriaga miró a su alrededor y vio sólo penumbras, aunque al dar vuelta la cabeza hacia la dirección en la que se debía encontrar la puerta por donde habían entrado, le pareció ver una puerta gris, sin adornos. Pero tal vez se tratase de un sortilegio de las sombras.
-Ahora bien, Juan Arriaga, ¿quiere contarme acerca de su relación con la organización de Giordano Bilbao y Rubí Morales?- la voz de Humberto no era como la de la primera vez en la vieja casa de Josefina Heredia, pero tampoco era esa voz tímida y juvenil de la plaza. ¿Lo volvía a tratar de usted? Se sintió incómodo en la silla y cuando quiso moverse se dio cuenta de que tenía las manos esposadas.
-¿Qué es esto Humberto? No entiendo, ¿qué está pasando?
Humberto se acercó con el busto al borde de la mesa, y cruzó los dedos encima. Su cara seguía siendo joven, pero en cierto modo diferente, como si fuera otra persona, no el emisario de los secuaces del desamparo, ni el joven tímido de la plaza, sino otro hombre.
-Es mejor que me cuente todo. ¿Cuál ha sido su relación con Bilbao y con Rubí Morales, o Rubén Persner, como quiera llamarlo?
-¿Rubén? ¿Qué Rubén? No conozco a esa persona, y además qué habrían hecho…
Humberto soltó las manos y sonrió con una ironía amarga que no era propia de un joven. -¿Qué han hecho? Imagino que usted sabrá que Bilbao es el padrino de Rubí Morales, él le pagó las operaciones de cambio de sexo, no sabemos si únicamete necesitaba desaparecer del bajo fondo donde había acumulado demasiados crímenes, o en realidad quería ser mujer. Y vaya si lo logró, se casó con el Vinchuca Morales, el capo antecesor de Bilbao en el cartel. Bueno, cosas del hampa. Pero Bilbao era más rastreable, antes o después lo íbamos a localizar.
Juan casi balbuceó: -Esto debe ser un chiste, o estoy soñando. ¿Rubí antes era Rubén?-. Un estrépito como de una montaña que se derrumbaba estalló en su cabeza y rebotó desde dentro contra sus oídos y sus ojos.
Humberto volvió a reírse, y esta vez su risa sonaba más sincera, aunque terriblemente desgarradora. -Era Rubén Persner, un taxi boy hijo de un inmigrante sueco y una lavandera, que se convirtió en el protegido de Bilbao. Claro, nadie se imaginaba que ese muchachito que yiraba por las veredas de la Cuarta terminaría viviendo en una mansión con mucama y convertido en la glamorosa Rubí Morales. No es que tampoco estuviéramos con los ojos vendados, pero todo tiene sus códigos.
-¿Quiénes? ¿Quiénes estaban con los ojos vendados? ¿Quiénes son ustedes? -preguntó un poco desesperadamente Juan Arriaga, esta vez inclinándose él sobre la mesa y bajo la luz cenital de lo que ahora hacía semejar la mesa y la oscuridad de alrededor a una sala de interrogatorios.
-La policía federal por supuesto, ¿se cree que la policía de Mendoza podría afrontar un imperio semejante?
La luz se apartó de la cabeza de Juan Arriaga cuando éste se reclinó en su silla, con la cabeza baja, como si inesperadamente se hubiera apoyado un peso enorme sobre sus hombros. Ninguna palabra salía de su boca. Ante sus ojos, un océano de grisura se abalanzaba, y presionaba sus sienes. Humberto lo observó y recomenzó a hablar con una insoportable morosidad. -Le decía que todo tiene sus códigos. Hay cosas que se aceptan y se toleran, por así decir. Hay acuerdos, pactos, contratos tácitos. Pero cuando se cruzan ciertos límites tenemos que actuar. Hubo dos matanzas que no podemos dejar pasar, Arriaga.
-Pero yo… Yo no tengo nada que ver- balbuceó Juan Arriaga apoyando las manos esposadas sobre la mesa, y exponiéndolas así a la luz indagatoria que colgaba del techo.
-¿Nada que ver? -el tono de Humberto fue seco y agresivo. -Usted participó en las dos, Arriaga.
-¿Yo? ¿En dos matanzas?
-Exactamente, ¿se las recuerdo? Una en la cocina del merendero en el barrio La Gloria, y la otra en la casa tomada de la Cuarta donde se refugiaba nuestro mayor informante.
-¿Cuál informante?
-El Mancha, por supuesto.
Juan Arriaga parpadeó. Algo tenía sentido en la argumentación de Humberto, eran como piezas de un juego absurdo, que al encastrarse unas con otras, laceraban la carne de las paredes y hacían brotar sangre. -El merendero… eran ratas- murmuró casi de manera inaudible.
-¿Ratas? Entiendo que en el mundo de ustedes se les llame ratas a los de las bandas rivales. Pero aunque usted lo dude Arriaga, eran seres humanos, y no es muy aconsejable masacrar a otros seres humanos de esa manera, ¿no le parece? ¿Y los demás? ¿Los de la casa tomada de la Cuarta? ¿Qué participación tienen en el negocio? ¿No habían cumplido alguna entrega?
-¿Usted -y en este momento Juan Arriaga empezó a tratar de usted a Humberto, que ya no era el joven tímido que lo había invitado una cerveza en la plaza. -¿Usted está hablando de la casa de los ofidios? ¡¡Eran víboras!!
Humberto se acomodó en su silla y miró directamente a Juan Arriaga a los ojos. En su mirada había tal negrura y tal inculpación que no admitían réplica, como si dos lanzas de acero oscuro, afiladas y rectas, surgieran de sus pupilas. -Víboras… qué poco aprecio por las vidas humanas, quién lo hubiera dicho de un profesor.
Juan Arriaga respiró hondamente y trató de serenarse lo suficiente como para encontrar una explicación, más para sí mismo que para responder a la inquisitoria de Humberto. Evidentemente había un malentendido tan monstruoso como los crímenes que se le imputaban, y que sin embargo coincidían de una manera ominosa con cosas que había hecho, pero no eran del modo como las relataba Humberto, habían sido otra cosa, misiones que le había encomendado Melchor Montoya, y que si bien eran extrañas, no le parecían absolutamente dañinas para ningún ser humano. Desde que había entrado en ese grupo enigmático liderado por Bilbao se había sentido bastante confundido, pero había hecho buenos amigos, Paco, por ejemplo. Y Rubí, la mujer más hermosa que había visto en su vida… ¿Todo había sido un engaño? Pero él no había estado drogado ni borracho cuando llevaron a cabo las misiones, no era posible que hubiera confundido seres humanos con animales. Algo no estaba bien, alguien mentía, o la realidad se había dado vuelta de tal manera que todo lo vivido aparecía como un sueño mal interpretado, como una ficción de la que nunca había encontrado la clave. Pero no, no era posible. Casacordero, Melchor, Paco, Rubí, Bilbao, hasta la misma Isabel Pereira, ¿acaso no eran reales? ¿O lo eran, pero de una manera que él no podía sospechar, y que se oponía totalmente a lo que él conocía de todos ellos?
-Hay poco para pensar, Juan Arriaga- dijo Humberto arrellanándose en la silla y cruzando las manos sobre el estómago. Usted está directamente implicado en dos masacres. Once muertos en total, nada mal para un principiante.
-Todo esto… todo esto debe ser un sueño. Una pesadilla como las que tengo en la casa de Isabel Pereira.
Esta vez Humberto se irguió en su silla y acercó su cara a la luz impiadosa que claveteaba la mesa. -Exactamente Juan Arriaga, ¿quiere decirme dónde escondió la soga con la que ahorcó a Isabel Pereira?
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












