Nacieron de cuero fino, orgullosos de su lustre, soñando con pisar alfombras en misas de catedral. Nadie les había avisado que el destino tenía otros planes.
Los calzó Juan María Vianney, un cura flaco, recién llegado a un pueblo llamado Ars, donde no había alfombras ni mármol, solo barro y charcos, porque llovía seguido y los caminos entre las casas eran apenas promesas de calles.
Al principio protestaron a su modo, en ese idioma mudo que tienen las cosas. Otra vez el pantano frente al rancho del viejo Mathieu. Este hombre busca el agua a propósito. Terminaban las tardes opacos, salpicados, soñando con haber nacido zapatos de otro cura, de esos que solo van del altar a la sacristía.

Él nunca los miró. Salía antes del amanecer con una vela en la mano, directo al próximo charco, sin darles tiempo ni de secarse. Iba a ver al enfermo que no podía levantarse, al huérfano sin quién le calentara la sopa, al viejo que solo pedía un rato de compañía.
Con los años les pasó algo que tardaron en entender. Empezaron a reconocer los charcos. Ese de la izquierda era el de la viuda que siempre guardaba una sonrisa detrás de la puerta, y el barro dejó de pesar. El más grande, frente al rancho del huerfanito, lo empezaron a cruzar casi corriendo, con ganas, no por obligación.
Una noche el izquierdo le preguntó al derecho, bajito: vos también sos feliz de andar siempre sucio. Y el derecho, que había pisado el mismo barro toda la vida, le contestó algo que los cambió para siempre: yo ya no le llamo suciedad. Le llamo la huella de toda la gente que este hombre fue a querer.
Cuando el cura ya era viejo y su fama había cruzado media Francia, empezó a llegar gente de todas partes a sentarse frente a él, horas enteras, a confesarse. En esas horas los zapatos descansaban asomándose apenas por debajo de la puertita del confesionario, secándose despacio. Pero apenas él se levantaba, volvían al barro sin una queja.
Cuando lo despidieron, no le encontraron casi nada propio en la casa. Todo lo que juntaba se lo daba a los huérfanos, a las viudas, a quien no tenía con qué empezar el día. Fue rico para repartir y pobre para sí mismo, y los zapatos, que habían caminado ese secreto sin entenderlo del todo, lo entendieron recién entonces, quietos por primera vez en una vitrina.
Ahí siguen, junto a la iglesia, mirando pasar a cada uno de nosotros. No ven turistas que sacan una foto y se van. Ven, en cada uno que se detiene un segundo de más frente al vidrio, la misma pregunta que él le hacía en voz baja al que se sentaba a confesarse: qué te falta repartir todavía, qué bolsillo tenés lleno mientras otro está vacío al lado tuyo. Por eso nadie pasa del todo indiferente, aunque no sepa bien por qué se quedó mirando un poco más de la cuenta. Los zapatos, calladitos, ya lo saben. Ellos caminaron esa pregunta durante cuarenta años y no se olvidaron nunca de la respuesta.
Porque ahí aprendieron, sin que nadie se los explicara, que dar no vacía a nadie, lo llena. Que la alegría más entera no es la que se guarda, es la que se entrega. Y quien se queda mirándolos un instante de más, sin saberlo todavía, ya empezó a sentir esa misma alegría abriéndose paso adentro suyo.


Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













