Hay lugares donde el tiempo camina distinto.
No porque los relojes se detengan, sino porque los pasos se acortan, las manos tardan un poco más y algunas miradas necesitan recorrer muchos años antes de volver.
Una residencia de ancianos, como lo es la Casa Sacerdotal de Almería, puede parecer, desde afuera, un lugar de cuidados.
Y lo es. Medicinas, horarios, comidas, camas, dolores.
Pero con los días uno descubre otra medicina.
La caricia.
Y no hablo solamente de una mano sobre otra mano.
Una voz puede acariciar. Esperar sin apurar puede acariciar. Llamar a alguien por su nombre, acomodarle la ropa, preguntarle si tiene frío, escuchar por tercera vez la misma historia como si fuera la primera.
Eso también toca.
Quizá toca más adentro.
Porque se puede atender perfectamente un cuerpo y dejar sola a la persona que vive dentro.
Ahí aparece la música.
Entra sin pedir permiso y llega donde las palabras ya no pueden. Uno puede olvidar una fecha, una calle, hasta un nombre querido. Pero suenan cuatro notas y ocurre el pequeño milagro.
Doña Rosa llevaba días sin decir una palabra.
Estaba sentada junto a la ventana, las manos quietas sobre las rodillas, la mirada en algún lugar que no era esa sala.
Me senté frente a ella y empecé a tocar.
Al principio, nada.
Pero al segundo estribillo un dedo empezó a golpear despacio la rodilla. Después el pie buscó el compás. Después los labios se abrieron solos y salió una voz dulce que entonó:
“Aquel cerezo rosa que creció, en un rincón de tu jardín…”
Cuando terminó la canción me miró y dijo:
“Esa era nuestra canción, de mi marido y mía. La bailábamos el día que nos conocimos.”
Y en sus ojos ya no había una viejita.
Había una mujer de treinta años esperando en una esquina.
No se habían ido.
La música sabía dónde encontrarlos.
A mí también me pasa.
Hay una canción, “El alerón”, que aprendí de muchacho en el seminario y que después llevé conmigo a cumpleaños, reuniones y fiestas en tantos países que ya perdí la cuenta.
Cuando llega su momento respiro hondo, levanto un poco la voz y saco la mejor versión que me queda de barítono. Al rato cantan todos. Hay risas, palmas, voces que se animan.
Pero basta escuchar esa melodía para que el tiempo haga de las suyas.
Vuelven las alegrías.
Los compañeros.
Las fiestas.
Alguna tarde que creíamos eterna.
Tal vez las canciones tengan un escondite propio dentro de nosotros, un pequeño alerón del alma donde ciertas cosas se protegen de la lluvia.
Por eso me conmueve ver lo que la música hace con nuestros mayores.
Algunos no están escuchando solamente una canción.
Están abriendo una puerta.
Y uno nunca sabe quién saldrá por ella: una novia, una plaza, una cocina, una reunión, una casa que ya no existe.
Don Esteban se sabe todas las canciones.
Las canta con una dulzura que para sí quisieran muchos que todavía tienen la voz entera.
Cuando empieza a cantar uno deja de hacer lo que estaba haciendo y se queda quieto, porque hay voces que piden silencio a su alrededor sin pedirlo.
Pero en algún momento de la tarde Don Esteban se inquieta, mira hacia la puerta y avisa:
“Ya viene mi madre a buscarme para llevarme a casa.”
Uno aprende a no corregirlo.
Aprende a asentir despacio y a esperar con él.
Porque su madre, que seguramente se fue hace muchos años, sigue viniendo a buscarlo en ese lugar de la memoria al que nosotros no podemos entrar.
Y si él la siente venir, ¿quién soy yo para decirle que no?
Por eso cuidar a una persona mayor exige algo más que eficiencia.
Exige delicadeza.
Ese hombre o esa mujer no empezó su vida en esa silla. Viene de lejos. Trae amores que no conocemos, derrotas que nunca contó, pequeñas victorias, miedos, domingos, despedidas.
No estamos cuidando solamente un cuerpo cansado.
Estamos recibiendo una historia.
Y una historia merece respeto.
Una mano en el hombro puede decir: “Te veo”.
Una canción: “Todavía estás aquí”.
Quedarse al lado, sin apuro, puede decir algo todavía más importante:
“No estás solo. No estás sola.”
Quizá una residencia se vuelve hogar justamente ahí.
Cuando hay lugar para una canción, una risa, una señora que hoy quiere ponerse bonita, un hombre que recuerda una copla de hace sesenta años o alguien que cierra los ojos durante tres minutos y se va quién sabe adónde.
No hay que traerlo enseguida.
Déjenlo ir.
A lo mejor está bailando.
Después volverá.
La música sabe devolver a la gente.
Y algunas veces devuelve también al que canta.
Entonces aparece “El alerón” y con él aquel muchacho del seminario que todavía, por algún misterio, sigue viviendo dentro de este viejo.
Lo escucho.
Lo reconozco.
Y pienso que quizá, cuando a mí me fallen los nombres, las fechas y alguna esquina de la memoria, alguien vuelva a cantar esa melodía cerca de mi silla.
Y si muevo los labios, que no me interrumpan.
Porque a lo mejor no estoy cantando.
Seguramente estoy regresando.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













