Tenía doce años y una guitarra vieja, prestada casi por lástima, cuando empecé a pelearme con mis propios dedos en los recreos del seminario.
Al principio no se entendían.
Cada uno tenía su carácter y no quería saber nada del otro. El pulgar quería mandar. El índice se apuraba solo. El mayor se creía el más importante porque era el más alto. El anular era el más torpe, el que siempre llegaba tarde a la cuerda. Y el meñique, el más chico, ni sabía bien para qué servía.
Les pedía una nota y me daban un tropiezo. Un acorde y me devolvían cinco voluntades peleando por el mismo lugar. Y, de premio, las yemas ardiendo.
No estaba solo. Otros compañeros, con la misma guitarra o con otra parecida, se sentaban cerca a practicar. Nos consolábamos mientras esperábamos que se hiciera el callo, porque hasta entonces dolía. Y dolía en serio.
Esa espera compartida, ese aguantar juntos hasta que la piel se hiciera dura, fue la primera lección, antes de cualquier acorde: ni el dolor había que pasarlo solo.
Hubo que enderezar los dedos, uno por uno. Enseñarles que el mástil no era de nadie en particular, que la música no premiaba al que llegaba primero, sino al que llegaba junto con los otros.
Y un día, sin darme cuenta del todo, empezaron a bailar.
El pulgar aprendió a sostener sin ahogar. El índice, a esperar su turno. El mayor bajó la altura y se puso a la par de los demás. El anular encontró su paso, torpe todavía, pero paso al fin. Y el meñique, el más olvidado, resultó ser el que cerraba el círculo. Sin él, la mano entera se quedaba coja.
Cinco dedos andando por el mástil, sin tropezar, como quien por fin aprendió a caminar junto a sus hermanos. El callo ya estaba hecho. Ya no dolía.
Después de los acordes apareció la gente.
La guitarra bajó conmigo al Barrio San Martín, a aquellas noches de sábado junto al fogón, cuando los universitarios llegaban a trabajar en la bloquera y se quedaban después alrededor de la hoguera.
Allí no había que lucirse. Había que ser puntal, nomás. Sostener el fuego con música para que el frío de la noche se hiciera un poco más chico y la rueda aguantara despierta un rato más.
Con el tiempo, Chacay Manta se volvió mi llamado. Con esa chacarera inicié siempre mis presentaciones. Apenas sonaban sus primeros compases, la gente sabía que algo estaba por comenzar.
La mano izquierda buscaba su lugar en el mástil. La derecha no rasgaba: zapateaba.
Tal vez por eso nunca sentí que tocaba solo. En cada golpe sobre las cuerdas había una invitación, como si la guitarra dijera:
“Vengan, acérquense, que aquí cabe uno más”.
Porque una guitarra que suena, aunque suene apenas, tiene presencia. Convoca. Anuncia que se viene la chacarera y que ya es hora de arrimarse al fuego.
Cuánta amistad, cuánto compartir, cuánto reírnos y conocernos nació de aquel primer rasguido. Nada de eso habría nacido de una voz sola, cantando a capela, sin una guitarra que llamara a juntarse.
No pretendo más. Sé que mis cinco dedos no van a lucirse nunca. Su oficio es otro: sostener el compás para que la voz de al lado no se quede sola.
Y con eso me basta.
Sin embargo, hay noches en que llegan otros cinco dedos, movidos por una mano que sabe de verdad. Entonces se hace un silencio raro, un respeto que nadie pide. La guitarra se acomoda contra el pecho y aparece la voz del Gaucho más grande:
Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman,
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona,
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.
Y, sin darnos cuenta, ya estamos en otra cosa.
Uno trae una silla de más. Otro pone el mate y el pan. Alguien canta y otro le sale al cruce con la segunda voz. El cura Macuca, siempre atento, anima y sonríe.
Nadie decide hacer una fiesta grande. Se va haciendo sola, de mano en mano, de cuerda en cuerda, como se hace todo lo bueno: sin que nadie lo planifique del todo.
Esa noche, entre el que apenas sostiene el compás y el que hace llorar a la bordona, el fuego es el mismo fuego y la rueda de amigos, la misma rueda.
Cinco dedos que aprendieron.
Eso es lo que nos junta, sepamos mucho o sepamos poco: una mano que se abre y dice:
“Vení. Yo te llevo”.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













