Hay quienes dicen que cumplir años es despedirse de lo que fuimos.
Yo no estoy tan seguro.
Algo de despedida hay, claro. El cuerpo avisa. Las piernas negocian cada escalón. La memoria se esconde a veces detrás de una cortina. El espejo ya no devuelve al muchacho que salía a la vida con los bolsillos llenos de futuro.

Pero cumplir años no es solamente ir perdiendo.
A veces las canas nos enseñan a mirar de otra manera.
Con el tiempo uno aprende que no todo merece una pelea, que no todo silencio es derrota y que algunas pérdidas, aunque duelan, terminan devolviéndonos a lo esencial.
Cumplir años también es hacer las paces con uno mismo: con el cuerpo que nos tocó y con el cuerpo que nos queda.
Las arrugas no son manchas del tiempo. Son firmas de la vida. Tampoco las manos tienen la misma fuerza, pero todavía pueden acariciar, preparar un café, secar una lágrima o sostener otra mano cuando hace falta.
Hace falta coraje para aceptar que ya no somos los de antes sin sentir vergüenza. Para dejar de competir con nuestra propia juventud. Para poder mirarnos al espejo y decir:
Este soy yo ahora.
Más lento, quizá.
Pero mucho más verdadero.
La última etapa puede ser una casa más pequeña, pero con las ventanas más abiertas. Una mesa con menos gente, pero con conversaciones más hondas. Un camino más corto, sí, pero recorrido con una gratitud que antes, cuando corríamos tanto, ni siquiera sabíamos que existía.
No se trata de negar los dolores ni las ausencias. A esta altura de la vida todos llevamos alguna silla vacía dentro del pecho.
Pero tampoco pienso entregar estos años a la tristeza como si tuviera escritura de propiedad sobre ellos.
Mientras alguien pueda emocionarse con una canción, esperar una visita, recordar un amor, pedir perdón, dar las gracias, reírse de una vieja travesura o descubrir que todavía sirve para algo, la vida no se ha retirado.
Está ahí.
Más serena.
Más lenta.
Pero está.
Y quizá ese sea uno de los secretos: no confundir lentitud con derrota.
Viste que cuando uno va más despacio pisa mejor, mira mejor, escucha mejor y hasta quiere mejor.
Y entonces, cuando vuelve la mirada sin hacerse trampas, descubre que la vida no fue poca cosa.
Hubo alegrías.
Hubo logros, pocos o muchos, qué importa. Hubo proyectos que salieron bien y otros que se quedaron a mitad de camino. Hubo errores que todavía nos hacen bajar la cabeza y victorias que nadie aplaudió, pero que nosotros sabemos cuánto costaron.
Hubo días luminosos.
Y también noches que parecían no terminar nunca.
Pero aquí estamos.
Y, sobre todo, estuvo el amor.
El amor de pareja. El de los hijos. El de los amigos. El de los compañeros de camino. El de aquella persona que apareció justo cuando uno estaba por bajar los brazos. El amor que nos sostuvo cuando parecía que no quedaba nada y que todavía, cuando vuelve a tocarnos, nos acomoda el alma.
Porque quien conoció el amor, aunque también haya sufrido por él, no pasó en vano por este mundo.
Hacerse mayor quizá sea eso: mirar las huellas sin despreciar ninguna.
Las equivocadas.
Las dolorosas.
Las felices.
Todas forman el camino.
Todas dicen que estuvimos aquí.
Una vida no se mide solamente por lo que consiguió, sino también por lo que fue capaz de dar. Por las manos que tendió. Por las veces que se quedó cuando era más fácil marcharse. Por las pequeñas alegrías que dejó sembradas sin saber siquiera que alguien las recogería después.
Y cuando llegue la hora de volver la mirada, no veremos únicamente los años que se fueron.
Veremos rostros.
Escucharemos risas.
Recordaremos heridas que alguna vez creímos incurables.
Volverán canciones, abrazos, mesas compartidas, caminos recorridos, algún fracaso que hoy ya nos hace sonreír y esos instantes pequeños que, sin anunciarse, terminaron siendo los más grandes.
Entonces bastará con reconocer que estuvimos presentes.
Que quisimos.
Que luchamos.
Que caímos.
Y que, mientras pudimos, volvimos a levantarnos.
Si así viviste, solo te toca respirar profundo y sonreír.
Porque todavía hay camino.
Y cuando algún día vuelvas la mirada, te aseguro que podrás decirlo sin grandilocuencia, sin cuentas pendientes y sin arrepentimientos inútiles:
Valió la pena.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













