Yo tengo una costumbre.
Cuando salgo de casa, me gusta despedirme con un beso.
Y cuando vuelvo, saludo y doy otro.
No importa si salgo para una hora o para toda la mañana. Tampoco si vuelvo cansado, con prisa o con la cabeza todavía en algo que quedó afuera.
Un beso al salir.
Otro al volver.
Nada extraordinario.
Nunca vino un periodista a preguntarme por eso.
Y espero que no venga.
Pero hace unos días me quedé pensando:
¿eso es rutina o es costumbre?
Parecen lo mismo.
No lo son.
La rutina repite un gesto.
La costumbre es lo que ese gesto, de tanto repetirlo, nos va dejando adentro.
La rutina no pregunta nada.
La costumbre, sin decirlo, guarda un porqué.
Uno puede lavarse los dientes por rutina.
Tomar siempre el mismo autobús.
Sentarse en la misma silla.
Hasta puede quejarse todos los días de las mismas cosas. También hay gente que cultiva el mal humor con una constancia admirable.
Pero hay repeticiones que tienen corazón.
El beso, por ejemplo.
Si un día me olvido, seguramente no ocurre ninguna catástrofe.
La casa seguirá en pie.
La puerta se cerrará igual.
Los problemas del mundo ni se enterarán.
Pero algo habrá faltado.
Algo pequeño.
Y las cosas pequeñas tienen esa manía de mostrarnos lo grandes que eran justo cuando ya no están.
Pasa con un “buen día”.
Con el “¿dormiste bien?”.
Con acercarle un café a alguien sin que lo pida.
Con esa llamada que hacemos siempre.
Con sentarnos un rato al lado de una persona mayor aunque no tengamos gran cosa que contarnos.
Con poner agua en el plato del perro.
Con regar una planta que jamás nos dijo gracias.
Son gestos mínimos.
Ninguno merece una estatua.
Menos mal.
Estaría el mundo lleno de monumentos.
Pero una vida sin esas pequeñas cosas podría terminar pareciéndose a una casa perfectamente ordenada donde nadie tiene ganas de volver.
Por eso no desprecio la rutina.
Aunque tenga mala fama.
“Otra vez la rutina”, decimos, como si nos hubiera tocado una condena.
Y a veces es verdad.
Hay rutinas que secan.
Conversaciones que repetimos sin escucharnos.
Saludos automáticos.
El “¿cómo estás?” mientras ya estamos mirando para otro lado.
Y también besos.
Porque se puede besar sin estar.
Se puede poner la boca y dejar el corazón en otra habitación.
Cuando pasa eso, la rutina se vuelve cáscara.
El gesto permanece.
Nosotros no.
Pero no toda repetición mata.
Algunas hacen exactamente lo contrario.
Sostienen.
Eso me lo enseñaron los años.
Cuando uno es joven cree que la vida está hecha con los días grandes.
El viaje.
El amor.
El trabajo nuevo.
La aventura.
La decisión que cambia todo.
Y claro que cuentan.
Pero después los años se amontonan y uno empieza a mirar hacia atrás.
Entonces aparece una sorpresa.
Entre aquel día inolvidable y el siguiente hubo cientos, miles de días en los que aparentemente no ocurrió nada.
Y resulta que allí estaba ocurriendo la vida.
Nos levantábamos.
Trabajábamos.
Volvíamos.
Preparábamos algo de comer.
Cuidábamos.
Discutíamos.
Nos reconciliábamos.
Dormíamos.
Y a la mañana siguiente otra vez había que abrir los ojos y ponerse de pie.
No recuerdo qué hice un martes cualquiera de hace veinte años.
Ni falta que hace.
Pero aquel martes también me trajo hasta aquí.
Hay días que parecen hojas en blanco.
Después descubrimos que estaban escritos con tinta invisible.
Tal vez ahí esté la diferencia entre la rutina y la costumbre.
La rutina pregunta:
“¿Qué hago siempre?”
La costumbre pregunta:
“¿Por qué sigo haciéndolo?”
Y esa segunda pregunta cambia las cosas.
Tomar café juntos puede ser rutina.
Esperar al otro para servirlo puede ser cariño.
Caminar todas las tardes puede ser rutina.
Pasar a buscar a alguien para caminar juntos puede ser amistad.
Sentarse siempre en el mismo banco puede parecer repetición.
Hasta que una tarde falta el de al lado.
Entonces uno descubre que nunca se había sentado solamente en un banco.
La madera sigue siendo la misma.
El banco, no.
Porque las costumbres guardan memoria.
Por eso a veces no extrañamos las grandes cosas.
Extrañamos una voz que venía de otra habitación.
Una radio encendida demasiado temprano.
Un plato puesto de cierta manera.
Unas zapatillas junto a una puerta.
El ruido de una llave.
Un “hasta luego”.
Un beso.
Y recién entonces descubrimos que la vida se había ido escondiendo en sitios donde nunca se nos ocurrió buscarla.
Las costumbres echan raíces sin pedir permiso.
No se ven.
Como tampoco vemos las raíces del árbol cuando nos sentamos debajo buscando sombra.
Miramos las ramas.
Las hojas.
Las flores.
Pero debajo hay otra historia.
Algo busca agua.
Se agarra a la tierra.
Resiste.
Sostiene.
Todos los días.
Quizás algunas repeticiones hagan eso con nosotros.
Nos sujetan cuando arriba sopla fuerte.
Nos recuerdan quiénes somos cuando el día viene torcido.
Nos devuelven a algún lugar conocido.
Nos devuelven a alguien.
Nos devuelven a casa.
Eso no significa vivir siempre igual.
Dios me libre.
Hay rutinas que merecen una buena patada.
Puertas que debemos abrir.
Ideas que toca cambiar.
Caminos que uno no conocerá si insiste en dar vueltas a la misma manzana.
Pero para salir hacia algún sitio también hace falta saber desde dónde salimos.
Hasta los pájaros, que parecen hechos para el cielo, vuelven al nido.
Tal vez el problema nunca haya sido la rutina.
Tal vez el asunto sea elegir qué cosas queremos repetir tantas veces que terminen formando parte de nosotros.
Yo ya elegí alguna.
Mañana saldré de casa.
Como tantas otras veces.
Y antes de cerrar la puerta daré un beso.
Cuando vuelva, daré otro.
Algún día, por una de esas bromas poco graciosas que tiene la vida, puede que uno de esos dos besos sea el último.
Y ninguno de los dos sabrá cuál.
Por eso no pienso guardarme ninguno.
Los besos no producen intereses.
No mejoran con los años.
No conviene dejarlos para después.
Así que, si me permiten una sola buena costumbre:
besen al salir.
Besen al volver.
Besen mientras todavía haya alguien del otro lado.
Porque uno nunca sabe cuál será el beso que, años después, alguien daría cualquier cosa por poder repetir.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













