Desde chico tuve debilidad por las cosas rotas.
Mientras otros veían algo para tirar, yo daba vuelta el objeto entre las manos, buscaba la falla y pensaba qué podía hacer con aquello. No sé de dónde me vino. Hay aprendizajes que entran en uno sin pedir permiso y se quedan a vivir para siempre.
A los doce años, en el seminario, aprendí a fabricar rosarios.
Un sacerdote de Rivadavia nos llevaba los materiales y era exigente con el trabajo. Las cuentas tenían que quedar bien, los engarces firmes, todo en su sitio. Aquellos rosarios fueron también mis primeros ingresos. Con esas monedas podíamos comprar, entre otras cosas, mermelada en la tienda.
No parece un gran comienzo para la vida de un artesano: rosarios y mermelada.
Pero por algún lado había que empezar.
Todavía hoy, si veo un rosario viejo o roto, enseguida me dan ganas de meter mano.
Un rosario usado ha pasado por demasiadas manos para ser solamente una cadena de cuentas. Alguien lo apretó mientras pedía por un hijo. Alguna abuela lo guardó en un cajón. Habrá acompañado una cama, una mudanza, una muerte.
Yo no conozco esas historias.
Pero cuando un rosario llega a mis manos, sé que antes estuvo en otras.
Y eso basta.
Muchos años después apareció otro maestro. Era uruguayo y trabajaba el hierro.
Con él llegaron la fragua, el carbón de piedra, el yunque y el martillo. Aprendí a hacer rejas, faroles y estructuras para los parrales de Mendoza. Aprendí también que el hierro tiene sus razones.
No acepta cualquier golpe.
Hay que calentarlo, mirarlo, esperar.
Aquel hombre tenía una cualidad que me fascinaba. Miraba una barra de hierro y veía algo que todavía no estaba allí. Donde yo tenía delante un pedazo de metal, él podía ver una hoja, una curva, un farol.
Después venían el fuego, el humo, los golpes y el brazo.
Pero primero había que verlo.
Con el tiempo hice mis propios trabajos. Parrales, faroles, rejas. Después llegaron los juegos de ingenio, algunos nacidos de simples clavos de encofrado; las varillas de radiestesia y el cromado, que dejaba ciertas piezas convertidas casi en pequeñas joyas.
Cuando quise vender aquellos trabajos en España tuve que demostrar que no era simplemente un señor que compraba cosas para revenderlas. Detrás de cada pieza estaban mis herramientas, mi oficio y mis manos.
La Junta de Andalucía terminó reconociéndome oficialmente como artesano.
Me gustó aquel papel, no voy a decir que no.
Pero mis manos ya lo sabían.
Después la vida les fue dando otros trabajos.
No todos se hacían con martillo.
Conocieron la tinta y los papeles. Cargaron maletas. Estrecharon otras manos. Trabajaron lejos de casa.
También conocieron la cárcel.
Y el exilio.
Hay golpes después de los cuales uno no vuelve.
Sigue.
Que es distinto.
Tal vez por eso, con los años, dejé de pretender que las cosas reparadas escondieran por completo sus cicatrices.
También nosotros llevamos las nuestras.
A mis ochenta años sigo haciendo alguna pieza cuando me la encargan. Ya no porque necesite vivir de ello. La hago por el gusto de comprobar una cosa que me produce una alegría casi infantil:
mis manos todavía se acuerdan.
Saben cuánto apretar. Dónde doblar. Cuándo parar.
Y mientras trabajo aparecen, sin que los llame, algunos de los que me enseñaron.
El sacerdote de Rivadavia con sus rosarios.
El uruguayo frente a la fragua.
Yo creía que me estaban enseñando oficios.
Tardé muchos años en descubrir que también me estaban enseñando a mirar.
Ahora observo mis manos.
No son bonitas. Tampoco tienen por qué serlo.
Tienen ochenta años, y siguen siendo grandes y fuertes.
Por ellas pasaron rosarios, hierros, papeles, valijas, trabajos y personas. Algunas cosas las sostuvieron bien. Otras se les habrán caído.
Pero todavía, cuando alguien pone delante de mí algo roto, hacen lo mismo que hacían aquellas manos de muchacho.
Lo toman.
Lo dan vuelta.
Miran.
Y antes de decir que ya no sirve, prueban una vez más.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













