Llegué a Quito con una valija y medio pulmón.
La valija traía poca ropa. El otro medio pulmón se había quedado en la Argentina, junto con todo lo demás. Los primeros días la altura me cobraba cada escalera como un peaje, y yo subía despacio, parando en los descansos, mirando ese cielo alto de la sierra que no se parecía a ningún cielo mío.
Uno no sale ileso de ciertos incendios. Cambia de país, aprende a nombrar de nuevo las calles, pero adentro sigue un humito terco que tarda años en irse.

Ecuador no nos hizo discursos. Nos alcanzó una silla, nos arrimó al fuego y esperó, con esa paciencia de la sierra que no pregunta de dónde venís hasta que vos tenés ganas de contarlo. Y nosotros, los recién llegados, gente herida pero no vencida, teníamos una sola manera de agradecer: trabajar con la mano abierta.
Así nació, en 1978, “Video Producciones Publicitarias”. Escritorios desparejos, una máquina de escribir que se trababa en la letra a, clientes que querían vender juguetes de plástico, pan dulce para Navidad, comida italiana a domicilio o pantalones vaqueros para una fábrica. Había que ganarse el sustento de cada día, y lo ganábamos.
Pero de noche, cuando se iban los clientes y los dibujantes, la oficina respiraba distinto. Quedaba otra cosa. Un fuego que veníamos arrastrando desde el sur y que no sabía vender nada. Solo quería sembrar.
De ese fuego salieron “La Pandilla”, en El Comercio de Quito, y “Muñequitos”, en El Telégrafo de Guayaquil. Cada sábado esas páginas entraban en casas humildes y se quedaban a vivir. Llevaban el nombre de un árbol, la leyenda de un volcán, la fiesta de un pueblo que ningún diario había mirado nunca.
Las cartas de las maestras rurales llegaban en sobres gastados, a veces con barro seco en las esquinas, como si hubieran bajado del cerro a pie. Una nos contaba la fiesta del santo de su pueblo y nos pedía que la pusiéramos en la página, “para que los chicos vean que existimos”. Yo leía esas cartas en voz alta en la oficina, y hasta el que de día hacía la publicidad del Chipote Chillón del Chapulín Colorado se quedaba callado.
La tinta tiene dos oficios.
Uno vende.
El otro abriga.
Un día se nos ocurrió algo más grande. Y como éramos exiliados, y ya no teníamos mucho que perder, lo hicimos.
Una agencia de publicidad, que había nacido para ayudarnos a comer, empezó a poner sus dibujantes, sus imprentas y sus horas al servicio de que los niños hablaran de la paz. No era poca cosa. Veníamos de un país que nos había expulsado por nuestros archivos, por nuestras ideas, por esa costumbre peligrosa de querer un mundo más justo. Y en el Ecuador, en vez de encerrarnos en la queja, nos pusimos a convocar certámenes internacionales de creatividad infantil.
Había una contradicción hermosa en todo eso. Gente golpeada por una dictadura, gente marcada por el miedo y el destierro, trabajando para que una juventud sana pudiera pintar, cantar, escribir y decir cómo soñaba el mundo. A nosotros nos habían querido quitar la palabra. Nosotros se la ofrecíamos a los chicos.
En junio de 1993, durante una semana, reunimos en Quito a más de trescientos niños. Fue la Primera Asamblea Iberoamericana de los Niños por la Paz, Quito 93, impulsada por Semilla de la Paz bajo tres palabras sencillas: Alegría, Creatividad y Amistad.
Todavía los veo en el Parque La Carolina, chicos de distintas provincias del Ecuador y de muchos otros países, echados sobre el césped con los lienzos abiertos, pintando sus símbolos de paz. El Congreso Nacional les abrió las puertas, y desde allí les pidieron a los líderes del mundo que se animaran, por fin, a hacerlo mejor. Esa semana el ritmo lo marcaron ellos, con sus cantos, sus pinceles y sus poemas.
Yo venía de un país donde los uniformes habían decidido quién se quedaba y quién se iba. Y allí veía a los uniformados prestando sus cuarteles para alojar a los chicos, cuidando que durmieran cómodos y seguros. Era como si el mundo de los grandes hubiera aceptado correrse un poco para dejar pasar a la infancia con todo su desorden sagrado.
Hubo organismos internacionales, siglas, nombres importantes. Ayudaron. Pero la verdad estaba en los chicos.
En una niña de Loja, con los dedos manchados de témpera, pintando una paloma porque su abuela le había enseñado que las palomas bajan donde hay pan y silencio.
En un chico que apretaba una quena prestada y decía, casi sin levantar la voz, que la paz sonaba como cuando llueve en el patio y nadie discute.
En otro que, después de bailar con una alegría que sacudía hasta las paredes del teatro, descubrió que su risa también podía subirse a un escenario.
Nosotros habíamos preparado credenciales, horarios, ceremonias, todo ese andamiaje con que los grandes fingimos que controlamos algo. Los chicos, gracias a Dios, no leyeron el programa. Cantaron en serio, pintaron en serio, dijeron verdades en serio.
Nosotros pusimos la mesa.
Ellos trajeron el milagro.
Muchos años después, ya en Almería, alguien me preguntó qué había hecho yo en el Ecuador. Pensé en la agencia, en los juguetes, en la publicidad, en la productora de videos comerciales, en los cursos de ventas que di, en las páginas infantiles, en los concursos, en aquella Asamblea donde los niños hablaron de paz con más autoridad que muchos ministros.
Y contesté lo único cierto: que allá aprendí que a uno lo pueden echar de su tierra, pero no de lo que lleva adentro.
Porque ese fuego, si no se lo encierra, tarde o temprano encuentra a quién alumbrar.


Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













