
¿Acaso soy el único que se da cuenta? Algo malo viene hacia aquí, y no está lejos.
Se siente en el aire, hay una convulsión maligna que se apropia de la atmósfera, se cuela entre los edificios y hace oscilar tétricamente los árboles. No sé qué es, pero es malo. Desde mi ventana veo a los niños jugando en la plaza y estoy seguro de que los va a destruir. Va a destruir todo lo que está vivo, todo lo que sea humano. Se acerca, pero no sé cómo advertir a la gente, ni sé qué se puede hacer para detenerlo. Se huele, es como un tufo de suciedad, de sudor, de orina fermentada.
Voy a ir hasta la plaza y voy a advertir a las madres que se lleven a sus hijos, que los encierren en las casas y sellen las ventanas y las puertas. ¿Y ese anciano que cruza la calle con un bastón? Ésas van a ser las primeras víctimas. Lo aplastará como si fuera un insecto, va a dejar sólo una mancha en el pavimento. Tengo que avisarles.
Las mujeres me tomaron por loco, una de ellas alzó a su hijo y salió corriendo. Otra llamó a un policía que estaba cerca. El viejo se quedó mirándome como quien mira a la muerte que esperaba desde hace tiempo y no sonrió, hizo un gesto resignado, y siguió su camino. El policía me agarró del brazo y llamó a un patrullero. Yo no opuse resistencia, era mejor ir a la comisaría y explicarle todo a alguien responsable, que hubiera testigos de mi declaración. Por suerte bajé a la calle con documentos, siempre piden documentos, como si eso fuera garantía de algo. Lo que se acerca no va a necesitar documentos, se va a imponer por la fuerza, va a aniquilarnos a todos.
¿Por qué todas las comisarías son sórdidas? Este lugar donde me trajo el patrullero parece un anuncio de lo que va a venir. Todo pintado de azul. Odio el color azul. Me hicieron sentar en un banco de madera y ahí esperé no sé cuánto tiempo. Todo azul, azul y sucio. Al final me hicieron pasar a la oficina del comisario. Apenas lo vi, sospeché que pudiera estar al tanto de lo que estaba sucediendo, porque me miró con suficiencia, como si estuviera midiendo el peligro que yo podía representar para la catástrofe que se preparaba. Tal vez él también forma parte de una red de cómplices que preparan la llegada del mal. Estaba sentado detrás de un escritorio de lata unto y abollado; era un hombre grueso, con unas bolsas bajo los ojos que lo hacían parecerse más a un batracio que a un humano. Tenía bigotes compactos, renegridos como ala de cuervo, bajo una nariz gruesa y pruriginosa.
-¿Así que usted anda molestando en la plaza? -me dijo con una voz surgida de un océano de tabaco. -¿Por casualidad le gustan los niños? -agregó, acercando el busto por sobre el escritorio, exponiendo la enorme cabeza de escuerzo en dirección a la mía.
Entonces me puse a explicarle que yo había pretendido advertir a esas señoras para que se llevaran a sus hijos, porque algo se aproximaba a la ciudad, algo malo, muy malo, y corrían peligro.
-¿A qué cosa se refiere? ¿No será un atentado? ¿Usted no será un terrorista?
Le expliqué que yo soy un profesor, y que no sé nada de terrorismo, simplemente sé -o más bien intuyo- que un gran peligro se aproxima a la ciudad, que es invisible, pero que tal vez cuando ya esté entre nosotros va a tomar alguna forma, un rostro, una voz, no sabía, la verdad era que no sabía nada en concreto.
El batracio miró con sus ojos sin brillo al agente que permanecía a mis espaldas y volvió las empantanadas pupilas hacia mí.
-Profesor, ¿no? Bueno, vamos a ver si un par de horitas en la celda lo ayudan a aclarar sus ideas -dijo, y le hizo una seña al agente que estaba detrás de mí, que me levantó de la silla como si yo fuera una marioneta, y me llevó casi a los empujones hasta un pasillo al que se abrían dos celdas, inmundas, oscuras, húmedas. Abrió una, la que estaba vacía, y me arrojó dentro. Cerró la reja a mis espaldas y se fue. Me senté en una especie de catre mugriento y me agarré la cabeza entre las manos.
Es difícil creerme, lo entiendo. Pero es que si alguien supiera, si alguien sintiera lo mismo que yo, si alguien pudiera escucharme y dar crédito a mi presentimiento. Pero no es sólo un presentimiento, es una certeza: es el que viene, y es algo muy malo, se acerca a pasos agigantados, y dentro de poco, de muy poco, será demasiado tarde para escapar. Pero ¿dónde escapar? ¿fuera de la ciudad? ¿fuera del país? ¿acaso el que viene tiene fronteras? Es una fuerza informe, gigantesca, espeluznante, y cuando arrase la ciudad ya nada será igual. Va a exterminar todas las sonrisas, va a sofocar las voces, el aire se volverá putrefacto, los demonios escaparán de sus tumbas para legislar un nuevo orden perverso. Lo macabro será ley, y todo verdor desaparecerá.
La cabeza me estalla en mil imágenes de muerte, y esa sensación de inminencia retumba en mi cráneo como si alguien desde afuera estuviese golpeándolo con dos tibias estremecedoras.
Cuando levanté la cabeza, vi que en la celda junto a la mía, separada por una pared de rejas, había una mujer sentada, igual que yo, en el camastro. Era una travesti, y me miraba a través de unos ojos profusamente maquillados y los mechones de una cabellera iridiscente que le caían sobre la cara.
-¿Qué le pasó? -me preguntó con una voz semi grave, llena de noche.
Yo no supe qué decir. Contar otra vez lo que presiento, lo que sé, me parecía repetir una historia que nadie iba a creerme. Nuestra suerte estaba echada. Ella, yo, el comisario, los agentes, las madres con sus niños en la plaza, el viejo del bastón, todos estamos a punto de ser arrollados por esa entidad que ya debe estar a las puertas de la ciudad, que ya debe haber oscurecido el cielo y extendido su pestilencia sobre las calles, las casas, los parques, las personas.
-A mí me tienen encerrada desde ayer estos malparidos. Por estar en la calle nada más. Les molesta que sea lo que soy. Pero ya conozco cómo son estos tipos, y yo no puedo ser otra cosa que lo que soy -me dijo la travesti.
-¿Usted no siente algo? ¿No tiene la sensación de que algo malo se acerca?
-Toda mi vida lo he sentido, mi querido. Mi existencia se puede resumir en “algo malo se acerca”. Porque hay una cosa que todos ustedes, los demás, tienen, y que yo no he conocido nunca, y es la esperanza.
Me sacaron de la celda, la necesitaban para poner a otros más infelices, o más peligrosos que yo. Me echaron a la calle casi insultándome, y tal vez fue peor, porque entonces miré hacia arriba y supe que había llegado. Ha llegado. Una nube pestilente se apoya en los edificios y en los árboles y baja hacia las veredas, hacia los portales, hacia las personas. Repta como una baba, se pega a las cosas, asfixia el aire.
Ya no hay salvación.
Ya está aquí.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













