Historias canadienses con raíces argentinas
Lo narrado son fantasías que sucedieron.
Se trata de pinceladas incompletas -pero no falsas- de algo que imaginé.
Cualquier parecido con la realidad podría ser el sueño de otros, reflejado en el mío.
La primera vez que fui a comer a un restaurante en Canadá fue hace veinte años. En la ciudad de Toronto, la gastronomía es una invitación a la multiculturalidad. Desde restaurantes de comida francesa, uno de los primeros a los que fuimos al llegar, pero también recorriendo cada rincón del mundo, algunos impensados. En realidad, recién después de la Segunda Guerra Mundial empezaron a desembarcar chefs internacionales a la ciudad. Fue entonces que empezaron a florecer los negocios de comidas de todo el mundo en cada esquina. Así se incorporó como parte del paisaje y de la cultura local.
Antes de la guerra, los restaurantes eran parte de una tradición que se ofrecía en un combo de cena, una sala de baile, esto en el ámbito de un hotel. Más allá del uso que se les diera a las habitaciones del lugar, la cena era parte de la jornada social. La comida solía ser un pedazo de carne al horno, puré de papas con guarnición de arvejas y zanahorias hervidas. ¡Ah! Para beber se acompañaba con un vaso de leche. A ningún canadiense se le ocurría otra opción. Esa era la cena, era lo esperable.
Hasta que los soldados regresaron de la guerra con otras costumbres. Entonces, muchos volvieron con heridas físicas y no siempre declaradas dolencias del alma. Pero también con apetitos nuevos, nuevas costumbres. Además, el comercio internacional, que se incrementó de la mano del Plan Marshall, abrió el juego para todos. Los que viajaban a un mundo en ruinas tratando de encontrar oportunidades de negocios se alojaban en hoteles en ciudades francesas, italianas o alemanas y al volver comparaban el menú y se les fruncía el estomago. Alguien le fue con el cuento a los responsables de los hoteles locales. Fue entonces que se contrató a un chef francés, quien al llegar lo primero que hizo fue sacar el vaso de leche de la mesa e incorporar una botella de vino francés.

Desde entonces se ha venido acumulando mucha experiencia, sumada a la llegada de oleadas de inmigrantes de todas partes del mundo. Hoy elegir un lugar donde comer en Toronto es repasar un muestrario de países, con sabores y colores que activan las glándulas salivales y ponen a punto al aparato digestivo y al sistema gástrico.
Mi primera vez en Canadá fue en ocasión del 25 de mayo, que no es que fuéramos muy patriotas para celebrarlo, pero sí se transformó en una excusa para compartir en un ámbito más distendido que el de la redacción del diario y la radio. Sumando de aquí y de allá, armamos una mesa de nueve o diez comensales. La cita era en un restaurante argentino ubicado a un par de cuadras de la redacción. Al terminar el programa de radio marchamos a sumarnos a la mesa que ya estaba poblada.
Quiero decir que festejar los días patrios, ponerse la escarapela y utilizar otros símbolos de esa construcción social que llamamos Patria se hace para manifestar un sentimiento de pertenencia a ese ideal. Como me dijo una amiga ecuatoriana a propósito de celebrar la independencia: “¿…independencia de qué?”. Toda esta parafernalia se acentúa estando en el extranjero. Cualquier referencia al suelo pisado y al aire respirado, a la música y la gastronomía hace latir fuertemente el corazón. Sucede en cuanto se ha traspasado la puerta de embarque a cualquier destino lejos de Argentina y sin pasaje de regreso.
Hace poco más de diez años atrás, el grupo de quienes éramos impulsores del Club Argentina se planteó un desafío. La idea fue que ese locro multitudinario que yo hacía una vez al año en el living de mi casa se transformara en una actividad de los argentinos en Toronto. Conseguimos una “olla de chiste de caníbales” y con mucho esfuerzo y demasiadas horas de pocos cocineros amateur, lo hicimos. Invitábamos a toda la comunidad a compartir un plato típicamente argentino mostrando de lo nuestro, lo mejor. Como también el típico asado. No siempre daba frutos económicos, sí que ha servido para incrementar los momentos memorables. Pero esas historias las contaré en otro episodio.
Mi primer recuerdo de festejo en día patrio se remonta al 9 de julio de 1960 en el Monumento a la Bandera en Rosario. Íbamos desde Córdoba camino a Buenos Aires cuando mis padres decidieron desviar el viaje para pasar por allí. Pues nada, me agarré una bronquitis que me tendió en la cama con fiebre a volar. Mi recuerdo se limita a la ventolera y el frío a orillas del Rio Paraná.
El segundo recuerdo es el festejo del 25 de mayo en San Miguel de Tucumán, en la sociedad Sirio Libanesa, si no estoy equivocado. Fue en 1962 con un almuerzo criollo y “números en vivo”, guitarras, bombos y ponchos con imitación de Los Chalchaleros y Los Fronterizos, y un bailarín de malambo con boleadoras que tronaban contra el tablado de madera, haciendo poner de pie a los patriotas que, copa de vino en mano, gritaban: ¡Viva la Patria!
Seguro que podría hurgar más en la memoria, pero quiero compartir el festejo del 25 de mayo de 1981 en un pueblo pequeño de la provincia de Córdoba. Los vecinos llevaron a las mesas, puestas en la avenida principal, lo que cada uno preparó por la Patria. Las bocinas, esos inmensos parlantes de metal colgadas en los postes de luz carraspearon los acordes del Himno Nacional Argentino y hubo algunos uniformados que se pusieron firmes mirando el horizonte lejano de la patria naciente. Para mí, alejado de ese sentimiento, el compartir con los vecinos fue el momento más valioso. Nos pasábamos las fuentes de empanadas y chorizos humeantes entre bromas y anécdotas, algunas compartidas en voz baja por la presencia de los uniformados. Un sabor de patria distinto.
Poco de eso encontré en la mesa del restaurante argentino de Toronto en aquella primera vez. Lo que me impactó fue lo costoso que era comer en un restaurante. Entonces entendí que es un buen negocio eso de ofrecer la gastronomía que cada uno porta en el documento nacional de identidad. Uno, entra con la nacionalidad henchida y a cambio del fervor patrio recibe un mazazo al presupuesto.
A veces uno hace oídos sordos, porque la comida fue buena, la compañía fue mejor y el vino no desentonó. En esta cita faltó el vino. Mucho después empezarían a aparecer los vinos argentinos en los restaurantes. Hace veinte años con suerte se conseguía de Latinoamérica un vino chileno, de lo contrario había que elegir entre los italianos, algún francés y los de California. El gerente del diario, experto conocedor de vinos, sugirió que pasáramos por alto el alcohol pues estábamos en jornada de trabajo. Y me guiñó un ojo.
Estuve tentado de pedir un vino denominación de origen de Toronto, el torrontés, pero me contuve. Muchos años después se conocería públicamente la historia de este varietal.
La mesa estaba animada, había un aire de compinches entre los del cono sur, pues habíamos de Bolivia, de Chile y Argentina. Todos compartiendo tradiciones que los límites políticos han intentado diferenciar. Es muy fácil decir que tal o cual es de aquí o de allá cuando uno mira el documento. Pero aquí en Toronto si hablás español, que ya no castellano, se supone que debés beber tequila o mojito y seguramente usar sombrero de ala ancha. Y sí, al tiempo de estar aquí empezamos a defender al mexicano o al cubano como parte integrante de la identidad latino hispana. De alguna manera, quizás tímidamente nos unimos en torno a ese punto. También, hacia el interior de nuestra identidad podemos encontrar parecidos en la música, las empanadas y el locro. Es probable que el locro argentino difiera entre el del norte y el del sur, que a su vez serán más parecidos con algún plato del otro lado de la cordillera al sur. Como seguramente pasa cruzando el río La Quiaca, en la puna jujeño-boliviana.
Todos los comensales coincidimos aquella vez en que las empanadas eran viejas, recalentadas y secas. El asado parecía sacado del “freezer” y pasado por el microondas. Por tanto, había perdido todo rastro digno cercano al tradicional que esperábamos saborear. Parecía un trozo de estopa bañado en aceite o grasa. Más desagradable fue, según la opinión unánime, el precio que pagamos. Después supimos que estábamos pagando por la apariencia. Desde afuera se nos podía percibir como un grupo de periodistas celebrando, cuando en realidad éramos un grupo de trabajadores de medios de comunicación tratando de armar un proyecto periodístico con el apoyo de un empresario italiano.

La experiencia en el restaurante no fue la mejor. Tampoco fue la última. Aquella tarde regresamos con la cabeza gacha bajo el sol del mayo de Toronto. Ya antes de entrar en la vorágine del trabajo de cada uno, empezamos a planear nuevas salidas, nuevos encuentros.
Los que llevaban más tiempo en Toronto sugerían nombres y lugares y nos animaban a tomar partido en función de las exquisiteces que decían podíamos probar de diversas culturas. A esa altura, ya nadie pensaba en pasar por el papelón de ir a un restaurante argentino para comer una comida que nos dejara muy mal representados. Escuchaba el bullicio del intercambio de ideas, podía imaginar esos lugares, algunas calles que se mencionaban me resultaban conocidas. Hay algunas zonas que agrupan restaurantes de una determinada parte del mundo, hay griegos, italianos, del Medio Oriente, de Europa del este y del suroeste asiático. Sólo menciono algunos que ahora reconozco. En aquella tarde lo que me quedaba más claro era que teníamos el día de la Bandera, el de la Independencia, el día del Amigo y después alguien empezó a recolectar los cumpleaños para agruparlos por mes y entonces festejar un día a todos los del mes de septiembre, por ejemplo. Claro que cuando llegó ese mes el mundo había sido sacudido por las imágenes de la televisión, cuando dos aviones se estrellaron contra el emblemático World Trade Center en Nueva York.
Antes que el mundo cambiara para siempre por primera vez en este siglo, la vida alrededor de los restaurantes de Toronto había dejado de ser el rutinario “roast beef with mashed potatoes and peas and carrots” de la preguerra. Hace 20 años atrás Toronto contaba con la particularidad de tener una variada oferta de comida del mundo. Los bulliciosos o tranquilos ámbitos, para sorprender al paladar con nuevos sabores, eran la excusa perfecta para compartir las peripecias de la vida de inmigrantes. Con los que participábamos de estas celebraciones patrias, empezábamos a construir una nueva identidad de canadienses con raíces argentinas.
Toronto 28 de mayo 2021

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.










