Cada 11 de febrero, la Virgen de Lourdes me sonríe y me regala un año más de vida. Esta vez fueron ochenta. Lo digo sin solemnidad. Más bien con asombro.
A esta altura del camino uno siente la necesidad de dejar algunas cosas escritas. No para hacer balance. Ni para justificar nada. Simplemente para agradecer el camino.
Pienso en el pibe que fui.

Cuarto de siete hermanos. Tres mujeres primero y después yo, el primer varón. Mi viejo esperaba un hijo como quien espera la lluvia después de una larga sequía.
Después llegaron tres hermanos más, pero yo ya me había hecho un lugar. Tal vez por eso, desde chico, sentí que me tocaba abrir camino.
Mi primer viaje fue del coro parroquial al seminario. Entré siendo casi un niño, con una voz finita y un corazón lleno de preguntas. Aprendí griego, latín, filosofía escolástica y muchas horas de silencio.
Allí también crecí. Y conocí el Patronato de Menores, las villas de emergencia y la pobreza con nombre y apellido.
Mientras terminaba mis estudios de Filosofía, el seminario cerró sus puertas. Aquella decisión cambió el rumbo de mi vida. Yo ya había descubierto que mi camino era el servicio a los demás, trabajando y mezclándome con la gente, acompañando a quienes más lo necesitaban.
Comprendí entonces que mi vocación no terminaba allí. Simplemente cambiaba de forma.
Y otra vez hubo que empezar.
Vinieron la universidad, el trabajo, las asambleas, la militancia sindical.
Después el golpe militar, el secuestro, la tortura, la cárcel y el exilio. Sin anestesia. Me arrancaron de mi tierra y Ecuador me recibió con los brazos abiertos.
Viví allí dos décadas. Fueron años de reconstrucción. Emprendimientos, imprenta, publicidad, libros, amigos que terminaron siendo familia. Aprendí que la vida puede quebrarte, pero no necesariamente romperte.
Más tarde llegó España. Un cuarto de siglo despertándome con la luz de otro mar, con otras calles y con otra gente que también me abrió las puertas. Y otra vez la necesidad de reinventarme. Herrero, artesano del hierro, vendedor en mercadillos medievales, escritor de versos… lo que hiciera falta. Nunca me avergonzó trabajar.
Hoy vivo en una Casa Sacerdotal. Me rodean sacerdotes de noventa, de cien años, hombres que entregaron su vida a una vocación que sigo respetando profundamente. Los miro y pienso que llegar también tiene su mérito. No sé si será genética, providencia o simplemente la suerte de que todavía no te haya pisado un auto. Pero llegar merece celebrarse.
El cuerpo ya no responde como antes. Sería absurdo pedirle lo mismo que cuando era un muchacho. Pero hay algo que sigue amaneciendo intacto: las ganas.
Desde hace mucho tiempo, cada amanecer escribo un poema. A veces son apenas dos líneas. Otras veces una página entera. No lo hago para publicar. Lo hago porque escribir es mi manera de agradecer que sigo vivo.
Miro hacia atrás y veo más nombres en el recuerdo que en la agenda. Es ley de vida. Sin embargo, no siento nostalgia. Siento gratitud. Gratitud por mis padres, por mis hermanos, por mis hijos y mis nietos, por la familia grande que hay ahora, por los amigos que aún están, por los que quedaron en el camino y por tantos poetas que me enseñaron que las palabras también pueden abrazar.
Si hoy alguien me preguntara qué hice con mi vida, no mostraría medallas.
Mostraría mis manos.
En ellas todavía queda barro de la infancia, tinta de imprenta, hierro de la fragua, tierra del exilio y la caricia de quienes hicieron el camino conmigo.
He vivido.
Y todavía no terminé.
Aquí sigo… tan campante.
Porque mientras cada amanecer me regale un poema, seguiré pensando, sintiendo, diciendo… y, sobre todo, haciendo.
Con estas manos.

Las mismas que me acompañaron toda la vida.
Y si alguna vez necesitás una mano, no dudes en pedírmela.
Todavía tengo dos.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













