(viene de la edición anterior)
Rubí Morales bajó del Mercedes Benz azul metalizado tocada con una capelina de alas blandas y muy anchas color negro por fuera y crema por dentro, que le tapaba gran parte de la cara. Juan Arriaga se preguntó cómo hacía para mirar, pero enseguida quedó fulminado por sus tacos stiletto, que realzaban sus piernas bien torneadas, ajustadas en un vestido de raso negro, acompañado por una pequeña cartera negra y crema.
-Decididamente siempre es la reina de la fiesta- pensó Juan para sí, mientras junto con Paco y Melchor Montoya se encaminaban hacia la entrada principal del cementerio. Melchor había manejado el Mercedes Benz 220 de los años 60 de Rubí, y a Juan Arriaga le había parecido estar en una película de Jean Paul Belmondo.
El cementerio de Luján de Cuyo estaba casi desierto, los puestos de flores parecían madrigueras de peces de colores inesperadamente inmovilizados en el sol del mediodía. La entrada del cementerio se levantaba enorme, inútilmente pretenciosa y descascarada. Rubí se detuvo a comprar flores, y cuando atravesaron el pórtico, un oleaje de perfume dulzón la seguía, como un embrujo alrededor de su extraordinaria figura cinematográfica. Caminaron por el sendero central, y algunos pasos más adelante un hombrecito macizo, bajo, con unas manos enormes y una pala más alta que él apoyada a su lado en el tronco de un ciprés, los estaba esperando. Melchor se adelantó y le dio la mano.
-Cómo le va Jofré, ¿encontró el lugar?
El hombrecito, que tenía unos ojitos pequeños, redondos y negros como el alquitrán, respondió sin sonreir: -Qué cuenta don Montoya. Claro que lo encontré. Vamos-. Y tomando la alta pala se puso a caminar delante de la comitiva, casi como un monaguillo que encabezara una procesión. Paco llevaba el jarrón japonés, y en esos momentos Juan Arriaga pensó que al fin y al cabo ese jarrón no había sido cambiado por una urna tradicional, lo cual quizá quería decir que su elección, obligada por la escasez, había sido aprobada.
Caminaron al compás de los finísimos tacos de Rubí y de las emanaciones de los ramos de flores, hasta que terminó el largo sendero. Habían pasado las tumbas, los mausoleos, y parecía que el cementerio mismo hubiera decidido desdibujarse en un tierral cuyo horizonte eran viñedos lejanos. El hombrecito llamado Jofré se detuvo poco más adelante, y con una mano más gruesa que su propia cabeza señaló un lugar preciso en ese ilimitado baldío.
-Es aquí- dijo.
Juan Arriaga miró alrededor y se preguntó cómo podía Jofré señalar un punto tan exacto en medio de esos tierrales. Pero sus reflexiones fueron pronto interrumpidas por la voz de Melchor Montoya.
-Empecemos entonces.
Lo que siguió fue una escena extrañamente hipnótica. El sepulturero cavaba en la tierra pardusca como si estuviera sacando harina de un costal, con rigor y una fuerza admirable. A su alrededor todos miraban extasiados, parecía que en cualquier momento estaba por descubrirse un tesoro de Las mil y una noches. En ese marco, Rubí, con su atuendo, su capelina, sus profusos ramos de flores, semejaba a una diva de la Nouvelle Vague insólitamente llegada a un lugar que no aparecía en el libreto de su película. Juan Arriaga no supo cuánto tiempo transcurrió, y cuando el sepulturero dijo “llegamos” se dio cuenta de que al lado del pozo había un alto y voluminoso montículo de tierra.
El primero que se asomó fue Melchor Montoya, y tras mirar un instante exclamó: -Perfecto, éste es el cauce.
¿Cauce? se preguntó a sí mismo Juan Arriaga. ¿A qué se refería Montoya mientras miraba dentro del pozo que había hecho el hombrecito?
Rubí dio unos pasos hacia el extraordinario hueco, y dijo, acompañándose con un gesto de la mano enguantada: -Acérquense. Paco, dame el jarrón.
Todos se aproximaron al borde del pozo, mientras el hombrecito que lo había excavado daba unos pasos hacia atrás y se apoyaba en la pala, mirando con una indiferencia tal en los ojillos negros que se hubiera dicho que estaban hechos de obsidiana. Paco pasó el jarrón a Rubí, que a su vez le dio los ramos de flores a Melchor Montoya. Cuando se asomó al pozo, Juan Arriaga sintió un mareo que lo hizo tambalear, y Paco tuvo que sujetarlo de la cintura. En el fondo del pozo, que era mucho más profundo de lo que hubiera imaginado, corría un río turbulento. Y sin embargo, silencio.
Rubí no abrió el jarrón, sino que con ambas manos lo mantuvo suspendido sobre la boca del hondo agujero, y dijo estas palabras: -Virtus junxit mors non separabit. Y acto seguido dejó caer el jarrón cerrado, que en un instante fue devorado por las aguas y arrastrado a quién sabe qué profundidades. Todos se quedaron estáticos mirando el agua allá abajo, como si ésta debiera revelarles algo.
-Tal vez desemboque en el océano- se le ocurrió decir a Juan, y Rubí, levantando la cabeza y apuntando hacia él su cara sombreada por la extensa capelina, lo miró de una manera tan indefinible que él sintió un escalofrío y una suerte de terror que lo hizo trastabillar y otra vez la mano de Paco lo sostuvo al borde del abismo. Cuando Juan se estabilizó, Melchor arrojó en el hondo pozo los ramos de flores que habían perfumado el ondulante caminar de Rubí, y fueron engullidos con la misma avidez extraordinaria y silenciosa por ese cauce subterráneo e incógnito.
El regreso fue largo y silencioso. Juan Arriaga temía que Rubí se hubiera ofendido por su comentario, por eso cuando estuvieron solos con Paco delante de unas copitas de absenta se lo preguntó.
-Rubí es una persona que sonríe poco- dijo Paco. Es así, yo te aconsejo que no te obsesiones con ella, porque ella no va a responder a esa obsesión, al menos no como vos podrías esperar. Rubí no es de nadie, o tal vez ya no es de nadie. Tuvo un amante, pero de eso ya hace años. Desde entonces ningún hombre ni mujer se le puede acercar. Qué sé yo, a cada uno su infierno, ¿no? Creo que ya bastante ha pasado, y ha elegido la vida que ha elegido, nada más.
El resto de ese día singular, Paco y Juan Arriaga se mantuvieron encerrados en la casa del mago de la absenta, tomando y mirando libros de alquimia, leyendo pasajes de un compendio sobre Paracelso y estudiando imágenes de catedrales góticas, mientras las cotejaban con páginas de Fulcanelli. El tiempo no pasaba en ese refugio de libros donde no entraba ninguna luz del mundo exterior, la única iluminación la concedían pálidamente algunas lámparas apoyadas sobre un mueble o sobre pilas de libros. Había un tocadiscos que parecía más viejo aún que el resto de todos los objetos que atiborraban el espacio, y cada tanto Paco se levantaba de su poltrona para poner un disco de Buxtehude o de Gurdjieff. Eran músicas que Juan Arriaga no había escuchado nunca, pero que parecían haber nacido entre esas sombras metafísicas y se colaban entre los haces de luz coloreada, moviéndose junto con el pasar de las páginas y el rumor apagado de las copas de absenta.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












